Concierto en el Estadio Cubierto de Unión de Santa Fe (Argentina)
15 de Noviembre de 2000

Texto de Nicolás Ernesto Ravetti (Santa Fe - Argentina)




EL RITO DE SIEMPRE, ESTA VEZ EN SANTA FE DE LA VERA CRUZ


    Otra cita obligada para la vasta feligresía serratiana que habita esta ciudad de la llanura argentina, que -además- está de cumpleaños (427 años de la fundación). Ya tendrá Serrat un saludo afectuoso para Santa Fe, a la que calificará de hermosa y entrañable, y hasta bromeará sobre la fundación: dirá que él no tiene la más mínima responsabilidad, a pesar de que tiene un vecino suyo que se llama Juan de Garay, y que no cree que tenga algo que ver, que es un buen tipo, muy cuidadoso con la familia, que manda los chicos al colegio.

    Hoy estamos -unas seis mil almas entusiasmadas, "entregadas de antemano"- en el Estadio Cubierto Club Unión para conocer personalmente a Tarrés, y vivar al Serrat de siempre. La emoción me embarga de entrada. Al tener frente a mis ojos la deslumbrante escenografía... esa calle pintoresca de La Habana (porque es -finalmente- La Habana, ¿no?)... balcones, ventanas, columnas, carteles,... colores, colores.

    A horario, Serrat hace su aparición sobre el escenario sin sorpresas. De negro formal, nada de chalequitos ni bombines. El público -de pie- aplaude a rabiar (lo hará en más ocasiones), y él nos da la bienvenida y nos invita a emprender ese viaje de ida y vuelta que comprende las trece canciones latinoamericanas más Tarrés. Ríe la gente con ganas cuando explica que Serrat y Tarrés se dedicaron a recolectar canciones a diferencia de la gente que vuelve con las maletas llenas de ceniceros, de cajitas con cerillas... o con esas horribles bolas de vidrio que siempre contienen un monumento local y que cuando les das vuelta nieva... les haces tuc, tuc... y siempre nieeeva.

    Abre el recital con "Yo sé de esa mujer". Seguro, tranquilo, con una mano en el bolsillo. Intacta su voz. Luego viene "En la vida todo es ir", que conecta perfecto con la mítica "Cantares", "Sabana", esa hermosa canción al terruño y el tango "Fangal", aquí no le quito los binoculares de encima. "¡Caraaay...!". En medio de "Fangal", una voz joven grita: "¡Viva el tango!" y me emociona. A continuación, y después de cerrados aplausos, nos cuenta que Enrique Santos Discépolo decía que el tango era un sentimiento que se baila... es, entonces, cuando una señora muy resuelta le larga: "¡Yo quiero bailar con vos!". Entre risueño y divertido, el Nano le contesta: "Pooobre infeliz...". Estalla en risas el público otra vez. Serán muchas sus ocurrencias a lo largo de la noche, y todas festejadas.

    Llega "Tarrés", para seguir retratando a ese bandido indeseable pero indispensable, "Soy lo prohibido" y la destacada cansioncica "Mazúrquica Modérnica" de Violeta Parra. Sentado ahora a la mesa del bar, previo jugarnos el tierno chiste de que ha cumplido el sueño del pibe al traer el bar al escenario, nos entrega su impecable versión de "El último organito". "¡Cuánto sentimiento... si parece el polaco!"¹.

    Y llega el corrido "La Maquinita". En su prólogo, y por las características de la letra, recomienda a la gente, a los espíritus sensibles que los hay, que prudentemente se retiren de la sala y se desplacen a sus hogares... a la casita, al hogaaar, la familia, la paz, el reposo... prendan la television... vean "Crónica" (el más sensacionalista y temible de los noticieros argentinos). Risas, muchas risas.

    Tras la dulce "Che Pykasumi", suena "El amor, amor" y aquí el público bailotea sentado y hace palmas. Serrat mismo se permite unos movimientos pudorosamente sensuales y la concurrencia femenina se expresa con fervor. Faltan "El cigarrito", "De un mundo raro", que me toca el corazón y me llena los ojos de lágrimas, y "La llamada". Por allí había leído que el candombe en vivo difería notablemente del compacto, por la imposibilidad de reemplazar la participación de Hugo Fatorusso y La Calenda Barrio Sur. Pues no noto absolutamente nada de eso. Y hasta lo actúa como lo habia imaginado. Disfrutamos a mil...

    Se va Tarrés bajo una lluvia de aplausos. Se desarma la escenografía y, mientras los músicos interpretan una música que me resulta una vieja conocida, calmo a algunos a mi alrededor que -desesperados- creen que la fiesta se termina.

    La segunda parte es, será... ¡sacramental!." Llegan esas gemas sin tiempo. Serrat abre con "Romance de Curro el Palmo". De golpe, extraño la introducción original, pero -en cambio- me enamoro de las inflexiones nuevas que le imprime a las palabras en estos versos: "Ay! quien fuese abrigo, pa andar contigo", "entre cantares por soleares"..., "canta sus males por celestiales". Y después, esa desafortunada niña tan mimada por nosotros: "Penélope". El público musita la letra como un suave coro, y, sobre el final, delira, ocasionando un verdadero desbarajuste de aplausos y gritos.

    Ahora, un descanso. Recibe una nota con el nombre de... ¡sus perros!. El Nano, desconcertado. Aclara que el "chico" no se llama Damián, se llama Demian... Demian Mastropiero (deduzco que le gustan Les Luthiers), y el otro no se llama Brahms... se llama Gregorio Brahms. Nos lo dice por si tenemos que escribirles... o cualquier cosa, para que les llegue la correspondencia. Porque a ellos les gusta recibir cartas del extranjero, coleccionan sellos... son filatélicos y les encanta..., ¡aunque luego se las coman! Aplausos, risas, aplausos.

    Seguidamente, nos envuelve el especial romanticismo (¿o erotismo?) de "Una mujer desnuda y en lo oscuro", esa bella poesía del querido Mario. A continuación, Kitflus pone en marcha "Por Dignidad", pero Serrat -para mi sorpresa- indica otra cosa. Y viene "Umbrío por la pena". Casi ni respiro. El silencio se corta con cuchillo. No podría haber sido más grande la recompensa, y éste es el momento cumbre para quien escribe esta crónica.

    Siguen "Los Fantasmas del Roxy" y "Dondequiera que estés"... sin echar al fuego ni uno solo de los besos que me diste. Muchos aplausos, siempre aplausos... Hay una chica que le ha estado gritando: "¡Mi pooollo!" toda la noche. Tierna. Otra, seguramente más osada, le ha largado varios: "¡Potrooo!". Ahora, empieza la clásica "Mediterráneo", esa que me hizo amar un mar lejano sin conocerlo. Al concluirla, se escuchan incontables "¡Bravo, Nano!". Silbidos. Los aplausos son sostenidos y estridentes. La ovación se extiende, exactamente, tres minutos.

    El primer bis es "Princesa". Ya abandoné mi butaca 3 en la fila 7 y estoy agolpado contra el escenario, rodeado de mil y más hermosas muchachas de la pampa gringa. El Nano les besa la mano cual caballero, y ellas... mueren. ¡Grande, genio... maestro... genio!! Hay, por todos lados, alaridos de felicidad, y el reclamo desesperado: "¡Otra, otra!".

    Él se sienta en el taburete -que me parece otrora hizo de Benito- y, muy cerca de Kitflus, nos acaricia con "Lucía". Y aquí, permítanme..., dejando de lado cualquier tipo de objetividad, estamos escuchando la canción de amor más bella que jamás haya sido escrita.

    A todo esto, he disparado mi camarita, en un intento por retener estas imágenes, queridas imágenes. La ovación es grande y, ahí nomás, llega "Fiesta"... puro gozo, memoria, figuras de la poesía. Cantamos todos, casi desaforadamente. "¡El Nano no se va ... no se va... El Nano no se va!" grita el Polideportivo entero.

    Vuelve para regalarnos una canción -a su decir- bien veterana, que escribió no sé en qué período de la historia de la Humanidad (otra fina humorada), y que se titula "Cançó de Matinada". Serrat saluda, acompañado de sus músicos, y todo el público está de pie aplaudiendo. El recital ha terminado, inexorablemente.

    Me voy solito, entre transido y alegre, por esas calles de Santa Fe haciéndome esa misma pregunta de siempre: ¿cómo es posible?... ¿cómo puede un mismo hombre reunir tantas calidades... carisma, estilo, prestancia, talento, inteligencia, agudeza, originalidad, sencillez, intuición...? Y su voz seguirá resonando como singular e infinito eco en algún lugar de mi corazón, aun cuando por hoy se haya apagado en su garganta la última nota de la última canción.


¹El Polaco — referido a Roberto Goyeneche, un bastión del tango con sentimiento.


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