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Concierto en la Cancha de Rosario Central (Argentina) 16 de Noviembre de 2000
Texto de Darío Biselli (Rosario)
UN LUJO PARA EL ALMA Y EL OÍDO
Con la excusa de presentar su último trabajo, "Cansiones", Joan Manuel Serrat pasó por Rosario renovando el idilio con su público.
Ante más de 15 mil personas, Joan Manuel Serrat demostró una vez más por qué es uno de los artistas que siguen convocando a tanta gente.
Con un espectáculo soberbio, fino y lleno de imágenes americanas, el catalán renovó el idilio que mantiene con el público rosarino, y obviamente, argentino.
El concierto se dividió en dos sets bien diferenciados. Luego de su aparición sobre un escenario que intentaba reflejar un conventillo en el que se podía apreciar claramente el Restaurante Bar Tarrés -álter ego del español que no dejó de citar a lo largo del concierto- el catalán comenzó su faena con "Yo sé de una mujer". Gran interpretación de una bella canción de amor, dejando entrever que la noche sería maravillosa.
Luego llegaría una seguidilla de temas pertenecientes a la última placa, en la que sobresalieron "El último organito", "La maquinita", "El amor, amor", un vallenato devenido en aires flamencos y "Che Pykasumi", una hermosa canción, basada en una leyenda guaraní. Aquí Serrat citó previamente a Eduardo Galeano y una de las páginas de su libro "Memorias del fuego".
Sentado en una mesa de cantina, con una copa de vino, Serrat o Tarrés aseguró que la posibilidad de traer el bar al escenario era realmente "el sueño del pibe", lo que generó un aplauso general del público, compuesto por varias generaciones de serratianos que abarcaban desde chicos de 12 años junto a sus padres, entonando las canciones de generaciones que crecieron con aquello de "Mediterráneo", "Aquellas pequeñas cosas" y Penélope" a señoras cuarentonas que no cesaron de piropearlo.
Haciendo constantes alusiones a su doble Tarrés, fue contando intimidades de
cómo era la convivencia con un tipo vago, noctámbulo, adepto a trasnochar y
mujeriego. Dejando en claro finalmente que era Serrat quién debía soportar
las resacas y las culpas de las correrías de Tarrés.
"La llamada" cerró la primera parte del show, un candombe maravilloso que recrea los anuncios del Carnaval montevideano.
Luego de un pequeño intervalo, apareció nuevamente en escena para deleitar con temas que sorprendieron a más de uno al no ser canciones que Serrat acostumbra a interpretar en sus recitales. "Romance de Curro el Palmo", "De cartón piedra" y "Penélope", las tres de brillante factura interpretativa y las que más me conmovieron (perdón por el tinte personal que me permití en esta parte de la crónica).
Más tarde llegarían "Lucía", "Aquellas pequeñas cosas", "Por dignidad", "Dondequiera que estés", "Princesa" (estos dos temas quizá los regaló como una pequeña disculpa por su ausencia involuntaria del año ‘98, cuando debió suspender la función por una lluvia inoportuna).
Para el final nos regalaría "Cantares" a dúo con el público, "Fiesta" y un
bis que no estaba previsto: cuando Serrat y sus músicos ya se habían
despedido y salido nuevamente dos veces a obsequiarnos sendos bises, ya casi
al borde de la escalera que los depositaría en los camarines, el Nano, en un
gesto que lo pinta de cuerpo entero, decidió volver sus pasos hacia el
escenario para ahora sí, cantar la última canción. "Cançó de matinada", una
de sus primeras composiciones, tema en catalán que el mismo se encargó de
aclarar irónicamente que todos los presentes la entenderían por ser
rosarinos, pero que el problema lo iban a tener los oriundos de la localidad
de Las Parejas, pueblo natal de Jorge Valdano, amigo del Nano. Luego de esta
humorada, pidió que escuchen la letra con los "oídos del corazón", que son
los únicos que no mienten.
Serrat paseó nuevamente su magia por Rosario. Quien estas líneas escribe, no
logró contener algunas lágrimas al escuchar a este verdadero juglar, un tipo
que podría ser tranquilamente nuestro vecino o un tío de esos de los que te
encariñas muy fácilmente.
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