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Concierto en el Estadio Chateau Carreras de Córdoba (Argentina) 18 de Noviembre de 2000
Texto de Nicolás Ernesto Ravetti (Córdoba - Argentina)
ESTAR EN LA GLORIA
Córdoba está de fiesta. Se prestigia, se engalana la cartelera de espectáculos de la ciudad mediterránea con la llegada del músico y poeta más grande del mundo hispano: Joan Manuel Serrat. Ya tendrá Serrat, en algún momento de la noche, palabras de agradecimiento por el cariño de los cordobeses.
("¿saben? nuestro corazón está en esta ciudad..."), aunque no dejará pasar por alto que no todas fueron rosas, que también ha habido espinas ("los altibajos", las corridas, nuestros vengo-voy del pasado"(1))
Hoy, unos cuantos miles de cordobeses estamos... en la gloria, no importa que mañana el
destino nos devuelva a la vida que nos tocó en suerte. A esa cotidianeidad latinoamericana tan surrealista de la que nos hablará Serrat esta noche, antes de cantar "La Maquinita".
El día arranca temprano, con el diario local abierto de par en par sobre la mesa: "Serrat presenta a su amigo Tarrés". Y el "Nano" cantando "Las moscas".
Acuerdo por teléfono cómo vamos a llegar hasta el Estadio Chateau Carreras (construido para aquel olvidable Mundial de Fútbol 1978, situado a unos kilómetros de la ciudad). "¡Vení!... pero no abrís la boca, ¿eeeh?" me intima mi amiga Isabel. Lo que sucede es que, desde que llegué de Santa Fe, le he estado pasando tantos detalles del recital que la pobre teme perder el don de la sorpresa.
A las ocho y media estoy en su casa y partimos. Bien temprano. Llegar al estadio para un evento de estas características puede implicar una angustiosa caravana de autos que se mueve a paso de hombre. Y a uno se le crispan los nervios. La noche está calurosa y serena, y el Chateau -majestuosamente iluminado, allá, adelante- semeja la araña de un salón imperial. En el camino, me limito a decir todo el tiempo "Van a disfrutar muuucho" ... y "¡Hoy canta el Maestro!". Ese gramo de locura del que habla Serrat.
Ya estamos en la fila 2 del sector V.I.P. (horrorosa denominación). Falta un rato todavía. Todo el trámite insumió menos de lo esperado. Charlamos y nos tomamos fotos con la deslumbrante escenografía detrás. Isabel prueba mis binoculares y exclama "¡Ay...oooh!, pero si es como si todo se me viniera encima!". Nos reímos sanamente de una admiradora que está más allá -parada sobre su silla-, que ha entablado conversación con otros y que a cualquier pregunta responde... ¡con letras de Serrat!. Será insufrible esta mujer durante el transcurso del recital. Se pondrá de pie cuando todos nos sentemos y viceversa. De repente, recuerdo que es la misma que
tuve a mi lado hace dos años, y con la que tuve algunas palabras porque coreaba todo. Una señorita cordial (de la tarjeta auspiciante) nos invita con gaseosa y yo no puedo con mi genio "¡Lechón nos tendrían que invitar!", y aquí necesito aclarar que por estas plateas hemos pagado impúdicos cien pesos (cien dólares), siendo Córdoba el punto de la gira donde acude un espectador al precio de dos.
Se oscurece el estadio y se calientan las palmas. De golpe, en la popular hay corridas
que asustan. Los sectores que -podría pensarse- ocuparía el público de la
clase media están literalmente vacíos (metáfora viva de la realidad
argentina) y, entonces, la gente corre peligrosamente, tratando de ganar
algunos metros de cercanía. Cuando desde allí divisan a Serrat y los músicos enfilando, en la penumbra, hacia el escenario, el murmullo deviene en hermoso griterío. El recital está por comenzar y se palpa la emoción en el aire. Hay fuego en mi alma. Serrat pone pie en el escenario. El público lo viva con fervor, y él nos saluda con una reverencia. Viejo
hechicero, que cruzas todos los mares, que atraviesas todos los tiempos. Siempre tan artista y tan digno.
Abre con "Yo sé de esa mujer", y luego se suceden, con prólogos y aplausos, una a una, las otras trece canciones que integran "Cansiones" (2). Esas que él ha definido como "unas pocas plantas aromáticas recolectadas en el inmenso jardín que es Latinoamérica".
Entre una y otra canción, nos enseña qué es gramaticalmente un palíndromo: "Amor a Roma", "Dábale arroz a la zorra el abad". Y se viene una silbatina feroz cuando cita otros ejemplos menos simpáticos, tales como "Menem", "Oro", "Soros"... El público disfruta con el juego y el Nano lo sabe. También, por supuesto, nos explica quién es ése tal Tarrés. Nos cuenta que cuando él lo define palíndromo, Tarrés lo mira cabrero, como si le hubiese faltado a la madre, en cambio, sonríe contento cuando lo trata de noctámbulo, alcohólico, caótico. Pero aclara que, en el fondo, Tarrés tiene un corazón magnánimo, espléndido, simpático, romántico. Aunque parece que le deja mucho trabajo: consolar a las mujeres que se dejaron engañar ("...eso Serrat lo hace voluntariamente...") y cargar con la resaca porque "Tarrés nunca tomó ni un Alka-Seltzer". Cierra dejando en claro que ambos se necesitan simbióticamente, que sin el tal Tarrés esta maravillosa vida no tendría absolutamente nada que valiera la pena ser vivido.
Una instancia graciosa. Durante la interpretación de "El cigarrito" -tan simple y tan dulce- que generaría un momento impresionante en Santiago de Chile por ser la tierra de Víctor Jara, nos reímos mucho, no de la canción -por favor- sino de la ocurrencia de unas diez señoritas de la fila 3 que a cada "ay, ay, ay me querís..." de Serrat gritan al unísono, en medio del silencio, un atronador "¡Síííí!". Como para que no queden dudas.
La segunda parte del recital es, seguramente, la más esperada por los serratianos. Llegan esas historias sin tiempo, las incuestionables canciones de siempre, esas que hemos atesorado, que nos gustan, y nos emocionan tanto... que ya no reparamos en el sonido deficiente ni en la estafa de la que hemos sido objeto por parte de los organizadores. Comenzando por "Romance de Curro el Palmo", "Una mujer desnuda y en lo oscuro", "Cançó de Matinada", "Umbrío por la pena", "Los fantasmas del Roxy", "Dondequiera que estés", "Mediterráneo" y, ante el reclamo desesperado, llegan los bises ... "Princesa", "Lucía", "Fiesta" para regodeo de todos. Aplausos a raudales.
El recital toca su fin. Este público, que lo ha consagrado a cada paso con su admiración y cariño, lo ovaciona y quiere más.
Sorpresivamente, Serrat -que ya ha abandonado el escenario junto a sus músicos, y se está retirando del estadio- vuelve sobre sus pasos, sube y se dispone a cantar una más, que sí será la última. Es que es difícil no sentirse vulnerable ante una tribuna repleta de gente eufórica que lo sigue con la mirada, no cesa de corear su apodo cariñoso "¡Naaanooo... Naaanooo!" y lo saluda sacudiendo su diestra como si la fuera a perder.
Y la última será esa pieza de antología, la contundente "Cantares". La alta poesía de Machado inunda de voces el Chateau "... golpe a golpe, verso a verso...". Todos cantamos eufóricos, emocionados...
En la popular, muchos prenden sus encendedores. Imborrable postal serratiana.
Nos vamos felices, más que reconfortados, procurando bajar del "setè cel" (ése que hemos engendrado en nuestras cabezas)..., tratando de dejar la gloria..., con las retinas y los oídos
cargados de Serrat. Ahora, todo parece haber concluido... ¿concluido?
(1) Se refiere al recital de junio del 95, fallido por la sobreventa de entradas. Al año siguiente, Serrat ofreció un excelente recital gratuito.
(2) Ver crónica del concierto del pasado miércoles en Santa Fe de la Vera Cruz.
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