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Concierto en el Estadio de Atlanta de Buenos Aires 25 de Noviembre de 2000
Texto de Noemí Gilda Giovagnoli (Buenos Aires)
CANSIONES ATLÁNTICAS
Un recital de Serrat en un estadio es diferente. El sonido de un teatro es lógicamente mejor, pero el clima de fiesta que se vive en una cancha es incomparable.
El día empieza temprano, con el campamento en las inmediaciones de la Cancha. Todo es muy organizado: los primeros en llegar (en este caso a las 8 de la mañana) van armando una lista de la cola, que permite idas y venidas respetando los turnos. Se lee el diario, se toma mate, se come como en un picnic, y se cambian chismes. La cola también sirve como punto de encuentro con viejos compañeros de espera, que comentan sus experiencias de esta gira.
Ya dentro del estadio, el mismo decorado de toda la gira, sólo que sin superponer paños como en el escenario del teatro, y con dos pantallas a los costados, que mediante tres cámaras compensaban con primeros planos a aquellos que estaban más lejos. Los espectadores, según los distintos diarios oscilaron entre 17.000 y 20.000.
Como en toda la gira, la primera parte fue dedicada a presentar “Cansiones”. Comienzo con “Yo sé de una mujer”, “En la vida todo es ir”, “Sabana”, “Fangal” (ya confiado, después de un mes de cantarla en distintas ciudades argentinas), y “Tarrés”.
Tal como se rumoreaba, en “Soy lo prohibido” apareció la primera invitada de la noche, Adriana Varela, que no estuvo a la altura de los acontecimientos. Más allá de una entrada a lo diva y el rechazo del público, su interpretación no quedará en la historia. Al comienzo incluso fue difícil saber que estaba ahí, y Serrat no llegó a presentarla ni antes ni después. Besos varios, pasos de baile, ramo de flores al final, y Serrat preguntando si Tarrés había estado bien.
Siguiendo con la rutina de Cansiones, “Mazúrquica modérnica” fue precedida por la introducción en la que habla de palíndromos y esdrújulas. Como novedad citó entre los palíndromos al ex presidente Menem, provocando las esperadas reacciones del público que lo llevaron a cerrar el griterío diciendo: “será lo que sea, pero es un palíndromo, eso es innegable”.
Había llegado la hora de un segundo invitado, esta vez aprobado por el público. Después de mencionar el sueño cumplido de llevar el bar al escenario, y ya sentado a la mesa, contó:
“He quedado aquí, con un ser humano que es especialmente sensible. Es lo que diríamos, tanto artística como humanamente, un hombre en el mejor sentido de la palabra, bueno. Bueno, la verdad es que del que es amigo, pero amigo, amigo de verdad, es de Tarrés. ¡Siempre este cabrón escoge lo mejor! Tiene unos amigos envidiables. Y fue a Tarrés al que se le ocurrió la idea de darle la responsabilidad de los arreglos cuando Serrat trató de cantar tangos. Entonces dijo: “Si no te lo arregla Mederos no te lo arregla nadie”.
Entró Rodolfo Mederos, ovacionado, le sirvió su copita, “como si fuera el programa de Dolina”, y asistimos a una magnífica versión, en bandoneón y voz, de “El último organito”.
Los aplausos estallaron antes de la repetición del último verso, pero Serrat, después de repetirlo, hizo una señal de silencio mirando al bandoneón de Mederos, que consiguió que el estadio completo escuchase hasta la última nota para aplaudir recién después.
Más cansiones: “La maquinita” y “Che pykasumi” con las introducciones que vienen acompañándolas en toda la gira, y “El amor, amor”, esta vez con Marcela Morelo, en un dúo que no aportó demasiado, pero tampoco llegó a molestar, quizás por el clima “festivo” de la canción.
Cerrando la primera parte, “El cigarrito”, “De un mundo raro” y “La llamada”.
“Se va, se va, pero nosotros nos quedamos”, dijeron Serrat y Tarrés. Sin retirar la escenografía, a diferencia de los otros recitales y con la bonita melodía de “No hago otra cosa que pensar en ti” como fondo, se dispusieron a presentar a los amigos de la mesa del fondo, y a su invitado especial, Víctor Heredia, otro de los bien recibidos por el público.
Esta canción la cantó Tarrés. Fue teñida de miradas de precaución cada vez que era Heredia quien decía: “No hago otra cosa que pensar en ti” y, para confirmar que era Tarrés quien cantaba, esta vez el vecino no hacía otra cosa que rascarse la bragueta. Heredia usó un atril al que recurría para ayudar su memoria. En ese momento sonó extraño, pero faltaba ver lo que vendría después.
Siguió “Romance de Curro El Palmo”, con el público cantando y resistiéndose a los nuevos arreglos, y llegó el momento más temido de la noche: “A ver, ¿quién sabe decirme cuál fue la primera canción que Serrat cantó en América?” ¡Penélope! Esto hace unos cuantos años. La verdad es que fue un éxito considerable. Lo que realmente es impresionante es que cerca de 30 años después esta canción volviera a tener un éxito importante y prendiera en generaciones más jóvenes.
Esta justificación basada en el “éxito” dio paso a Diego Torres, que insistió en desnaturalizar la canción, forzándola a ese tono monocorde que supo imprimirle. Como si todo lo que temíamos fuese insuficiente, hasta se equivocó en la letra.
Tratando de volver todo a su cauce, en medio de pedidos, y tras explicar que sólo era necesario que coincidiese lo que nosotros pedíamos con lo que ellos planeaban tocar, llegó “Lucía” y fue, como siempre, uno de los puntos más altos del recital.
A continuación, otra de las que no estuvieron en todos los recitales de esta gira, “Me gusta todo de ti”, y el siguiente invitado, precedido de una adivinanza, rosarino, hincha de Central: Fito Páez.
Previniéndonos sobre lo que vendría, Páez le agradeció por enseñar a escribir en castellano, y avisó: “Tú tienes una banda de borrachos y yo me emborraché ahí atrás”. Sólo eso puede explicar la versión de “Aquellas pequeñas cosas” que perpetró al piano y con su voz peor que nunca.
Como un coro de más de quince mil voces no podía desafinar más que Páez, “Cantares” fue interpretada casi íntegramente por el público. Durante la mayor parte Serrat se limitó a dirigirlo, hasta tuvo compañía en el recitado.
Había que calmar un poco los ánimos, y eligió la intimidad de “Dondequiera que estés”, para volver a otro pico del show con la última invitada, Ana Belén, y “Mediterráneo”.
Ya en tren de bises siguieron “Princesa” y “Cançó de matinada”. En esta última se le notó sorprendido porque el anuncio de una canción en catalán fuese aplaudido desde las primeras líneas del campo, y repitió la ya habitual explicación sobre los hábitos catalanes, que los llevan a hablar en catalán, cantar en catalán, etc.
Para terminar esta fiesta faltaba precisamente eso, “Fiesta”, cantada por todos a coro y con los consabidos ¡NOOO! después de “se acabó” y “el sol nos dice que llegó el final”. Había que respetar ese pedido, y para que ese no fuese el final, hubo una más: “La saeta”.
Al día siguiente lo esperaba todavía un Gran Rex (postergado por el paro general), pero esta noche “atlántica” sonó a despedida. Fins aviat, Serrat!
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