Concierto en el Polideportivo León Coundou de Asunción (Paraguay)
2 de Diciembre de 2000

Texto de César González Páez (Asunción)




LO ESCUCHAMOS CON LOS OÍDOS DEL CORAZÓN


   Joan Manuel Serrat se vistió de traje negro para enfrentar al numeroso público que se dio cita en el León Coundou a quienes, por otra parte, ya los tenía en el bolsillo desde antes de comenzar su espectáculo. Es interesante observar que la gente que fue a verlo fue completamente variopinta, desde adolescentes que le gritaban que cantara "Penélope", hasta aquellos que lo escucharon y crecieron con él: nos referimos a esa franja que va de los cuarenta a los sesenta.

   Cuando Serrat apareció en el escenario lo primero que hizo fue advertir el pésimo sonido del local. "Es tan difícil como cantar adentro de una cacerola", se disculpó. Pero, de todos modos, ya estaba encendido el hechizo que genera este hombre, que tiene un registro de voz que es su sello personal y por su bien ganada fama de gran compositor.

   Serrat enciende la fantasía de muchos espectadores -en especial de las espectadoras, como debe ser, ya que era su público mayoritario-. Esto ocurre por desgranar, más que todo, una sinceridad natural y un sentido del humor que puede abrevar en lo político, o en los aspectos cotidianos en los que estamos sumergidos todos, y que van que desde los arrebatos o alegrías en el amor hasta la tristeza saludable de los que sufren de melancolía.

   Serrat es un artista que canta para el público, claro está, pero es de esos casos singulares que en realidad canta para cada uno de los que están sentados en la platea. Cada canción suya el espectador la lleva incorporada a sus propios recuerdos. ¿Quién no ha entonado alguna vez una de sus canciones?. Desde "Lucía", un himno para ciertos enamorados, hasta las más recientes como "Princesa" en donde se destila su acento narrativo. Porque Serrat, en sus múltiples temas, nos está contando historias en donde destila sinceridad y por ese motivo llegan mejor. Cuando un artista se da de esta manera espontáneamente natural, pero con contenidos, es muy difícil que el público lo ignore y lo olvide.

   Serrat cantó una canción "Matinada" en catalán y como bien suponía que muchos no lo entenderían pidió que escuchen la canción "con los oídos del corazón".

   Pero vayamos por el principio, es decir por la presentación de los temas que Serrat recopiló del cancionero latinoamericano en su álbum "Cansiones" que tituló con esa deliberada falta de ortografía como para indicar que son canciones que recopiló en la noche, en la informalidad de las mesas compartidas con amigos. Ninguna le pertenece, pero les imprimió su estilo y adaptó algunas para que sonaran con su sello de balada, como el caso de "Che Pykasumi", la canción más aplaudida, por jugar como local y por esa singularidad de escuchar al "Nano" cantando en guaraní. Este tema resurgido por la varita mágica de su fama, será, creo, un himno para defender ante los estrados internacionales de la UNESCO que la cultura guaraní sea declarada Patrimonio Intangible de la Humanidad.

   A pesar del mal sonido que no permitía escuchar algunas de las anécdotas que desgranaba preludiando cada canción, Serrat tenía "carta blanca" que da el entusiasmo por volverlo a ver en un concierto, primero con las "Cansiones" de su nuevo álbum, luego por un recorrido por sus temas emblemáticos como "Mediterráneo", "Una mujer desnuda" cuya poesía pertenece a Mario Benedetti o uno de los temas más recurrentes de su repertorio, "Retrato", cuya letra pertenece al poeta español Antonio Machado.

    En su recital Joan Manuel Serrat jugó con la idea del doble, ese reprimido que todos llevamos dentro. Él, según parece, ha terminado por comprenderlo hasta llegar a afirmar que "no sería nada sin él y él nada sin mí". "Todos tenemos un doble -sostuvo el autor de "Tu nombre me sabe a hierba"-, ustedes tienen el suyo, yo tengo a Tarres". Ese tal Tarres es su contracara, su apellido al revés. "Hay palabras que se leen igual del derecho y del revés", ese doble hace todo lo que Serrat como hombre serio no haría. Sale de parranda, canta con sus amigos, molesta al vecindario, deja una mujer desconsolada y cuentas sin pagar.

    En un momento del recital Serrat se sentó en una mesa de bar y bebió una copa de vino, dijo que se había sacado el gusto que quiso darse alguna vez: llevar un bar al escenario. Pero claro, le echó la culpa de eso al tal Tarres. Cada canción de Serrat fue celebrada con estridentes aplausos. Se los merecía y retribuyó el entusiasmo del público saliendo varias veces antes de concluir su espectáculo.

    Interesante y llamativo el fondo del escenario que reflejaba "una esquina cualquiera", con el bar y las casas antiguas conviviendo con rascacielos. El público juvenil le pedía que cantara "Penélope" que es una canción que ha prendido mucho en ellos gracias, entre otras cosas, a la versión de Diego Torres, pero el "Nano" -como le llaman sus amigos- hizo oídos sordos, ¿habrá sido por el mal sonido?


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