Concierto en el Teatro Jovellanos de Gijón
17 de Febrero de 2001

Texto de Joaquín Fernández (Gijón)




OTRA VEZ, EL VIEJO ZORRO


    Gijón tirita bajo un gélido viento racheado en esta tarde-noche del sábado 17 de febrero. Un ciento de ateridos madrugadores aguardan impertérritos a la puerta del Teatro Jovellanos la llegada por tercer año consecutivo de su ídolo; los más, sin embargo, prefieren esperar tomando algo caliente en el adyacente café Dindurra que se muestra a esa hora bullicioso y sofocante.

    El teatro está abarrotado hasta la bandera cuando se encienden los focos mientras el violín de Juan Aguiar y los teclados de Josep Mas desgranan los primeros compases que dan paso al escenario a este Serrat incombustible al paso del tiempo -traje negro, muy repeinado y rostro terso del que acaba de levantarse de la siesta- que entre el delirio del público inicia un monólogo hablándonos de un viaje de ida y vuelta, de su palindrómica relación con su "alter ego" Tarrés y también de su íntima comunión con la América de sus amores, aquí representada por arte y magia de un decorado acertadísimo en una crepuscular plaza colonial de vistoso colorido.

    Bajo la batuta invisible de Kitflus, el sonido gana intensidad y allí de pie en medio del escenario, "arregladito como pa' ir de boda" se arranca con ese tema tan íntimo, rítmico y bellamente poético que es "Yo sé de una mujer". Tal vez producto del frío, la voz le suena al principio un poco aguardentosa, pero allí está el agua mineral de Gijón para aclarársela; y así, engarzadas como las cuentas de un rosario van apareciendo las "cansiones" de su último trabajo discográfico.

    Al cuarto tema cambia el agua por una copa de vino del Penedés que olfatea y cata con deleite. —"Este Tarrés tiene un vino cojonudo"— dice chasqueando la lengua, mientras el respetable se parte de risa.

    Un servidor, cuya pasión por el tango ya le llega a la categoría de vicio, acepta de regular agrado estas transformaciones a baladas que ha hecho de "Fangal" y "El último organito" y hubiera preferido que les hubiera dado el aire y el ritmo porteño original; pero en fin, lo escrito, escrito está i prou!

    También a un servidor le hubiera preferido que no se dejara en el tintero una canción tan espléndida como "Sabana". Se la habría cambiado con gusto por "Soy lo prohibido", ese bolerazo infumable de letra empalagosa y ñoña.

    Llegados a este punto del concierto, hemos de resaltar la labor rítmica y melódica del grupo acompañante liderado por Josep Mas 'Kitflus' que le arropa magníficamente en todo momento. Sobresaliente para Marcelo Mercadante al bandoneón. Las notas de su "fueye" son un regalo impagable para el oído. Las percusiones, trastos y batería de Nan Mercader y Roger Blavia dan en todo momento el ritmo y acompañamiento justo. Muy bien José Antonio Romero y Miguel Rivera a las guitarras. Espléndidos Víctor Merlo al contrabajo y Juan Aguiar al violín. Josep Mas 'Kitflus', alma del conjunto, está como siempre que se sale.

    La segunda parte del concierto cambia repertorio y decorados. Con bastante fortuna ataca una novedosa versión de "Romance de Curro El Palmo", interpretada con delicada ternura que hizo que los asistentes se rompiesen las manos aplaudiendo. A partir de ahí, el delirio. Con un público así, totalmente rendido a sus pies, cualquiera sienta cátedra.

    Delante de mí, una morena treintañera se sorbe las lágrimas extasiada y manosea nerviosa un pañuelo mientras el noi de Poble Sec desgrana con su voz los acordes del tema "De cartón piedra".

    Y así, como si nada, fue repasando algunos de sus temas de hoy y de siempre: "Penélope", "Por dignidad", "Dondequiera que estés" -formidablemente interpretada- y esa narración tan plásticamente retratada que es "Los fantasmas del Roxy".

    Al final, un detalle para los que aguardábamos algún tema en catalán. Una versión un poco más melodiosa de lo habitual de "Cançó de matinada", que no se molestó en traducir:

    — ¿Para qué voy a traducirla si ya lo he hecho hace dos años? Además, el público de Gijón habla catalán perfectamente y no hace falta.
    — ¿Y si hay alguien que no es de aquí?—
le suelta uno con guasa desde la segunda fila del patio de butacas.
    — ¡Coño, pues que le pregunte a uno de Gijón!


    Las risas se oían hasta en Oviedo. ¡Qué viejo zorro se nos ha vuelto el Tarrés éste!

    Y así, entre canciones, lágrimas y risas fueron pasando las dos horas y cuarto que duró el concierto. Con todo el auditorio de pie, hubo de sacar de la butxaca tres bises para poder irse en paz: "Mediterráneo", "Cantares" y finalmente, con un Kitflus acariciando delicadamente los teclados, se despidió hasta la próxima con "Lucía".

    Afuera, el frío intenso del Paseo de Begoña nos devolvía a la realidad de no tenerle hasta otro año por lo menos.


principio de esta página