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Concierto en el Auditorio Alfredo Krauss 21 de Marzo de 2001
Texto de Antonio Aláiz (Las Palmas)
VOY A HACERME UN CIGARRITO
Llegué tarde. El monólogo de Serrat sobre Tarrés (¿o era al revés?) estaba casi acabando, todavía alcancé a oír aquello de "Serrat es el que viaja y sale a cantar y Tarrés es el que hace que merezca la pena". El decorado me recordaba a una mezcla colorista de ópera criolla y cafetines de Buenos Aires, que sólo he visto en fotos, y se prestaba a las confidencias que Tarrés iba haciendo entre canción y canción.
Serrat aúna en esta gira el espectáculo musical y el "puro teatro", tan adecuado para el tema del doble. Por el mismo precio (tres mil) pudimos ver durante la primera parte al actor y al personaje. Dos sombras de la China. De Serrat lo sabíamos casi todo, a Tarrés lo descubrimos en este espectáculo. Tarrés es un criollo sentimental que no paga las facturas, pero sí las deudas del corazón. Joan Manuel, ya en el año 74, expresaba su intención de elaborar un disco recopilatorio del folclore hispanoamericano. Tarrés con Cansiones cumple esa deuda de cariño treinta después: "un sueño hecho realidad, un sueñecito", como el de poner, por fin, dentro del escenario su propio bar. La atmósfera y la estética del espectáculo intentan ser íntimas y acogedoras, y lo serían, si no fuera porque el cafetín es en realidad un auditorio y la orquesta no es una orquesta de cafetín.
La voz de Serrat estaba bien, la orquesta estaba muy bien, pero juntos, no tanto. Especialmente en temas como "La llamada". A lo mejor es el segundo anfiteatro del Alfredo Kraus, no lo sé, el caso es que mi vecina de fila le decía a su acompañante "No se le entiende" (y no sonaba entonces "Che Pykasumi", que conste). La verdad es que los mejores momentos de la primera parte, además de los monólogos intermedios, se lograron cuando los arreglos musicales no tapaban al cantante, "Soy lo prohibido" o "El cigarrito", por ejemplo.
La segunda parte fue distinta: la dificultad para oír / entender las letras se reducía porque le tocaba el turno a los "clásicos" de las cuatro décadas, nada más y nada menos, que Serrat lleva cantando. Comenzó con "Pueblo blanco". Aunque la música volvió a "tapar" al cantautor en "Niño Silvestre" o "Lecciones de urbanidad". La prueba de lo que digo fue "Pare" ("es bien sabido que en Las Palmas de Gran Canaria hablan todos catalán, incluso el entrenador de la Unión Deportiva, Kresic") o "Lucía" que sonaron muy bien gracias a la ausencia de percusión. Bien con el acompañamiento de la guitarra de Miguel Rivera o el hallazgo del violín de Juan Aguiar o los solos con el piano de 'Kitflus'. Y así, la segunda parte (hubiese preferido otra de Hernández como prometía el programa de mano y no "Para la libertad") resultó muy breve, nos dejó con ganas de más. Hubiésemos aceptado de buen grado otras tantas canciones además de "Los fantasmas del Roxy", "Mediterráneo" y "Cantares".
El público pedía más. Gritaban: " ¡ Fiestaaa !, ¡ Penélopeee ! (¡ Pedrooo !-pensaba yo-) ¡ Paraules de amooor !... ("me las sé casi todas", apostillaba el Tarrés ¿o era Serrat?)
Tal vez como hicieron sus coterráneos de Triclicle, nos gustaría a sus seguidores -un sueño, un sueñecito- ver un espectáculo de Serrat a la carta en el que pidiésemos además de estas canciones, otras como: "Helena", "De cartón piedra", "Vagabundear", "Conillet de Vellut", "Mis gaviotas", "20 de Març" (día que actuaba en Las Palmas, por cierto), o las de Salvat Papasseit, todas las de Miguel Hernández, las del Encontre,... Un sueño, ya digo, un sueñecito.
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