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Concierto en el Teatro Falla de Cádiz 16 de Abril de 2001
Texto de Luis García Gil (Cádiz)
EL FULGOR DE UN CLÁSICO
Serrat volvía a Cádiz, cada vez más lejana en el tiempo su primera presentación en esta ciudad, un mes de agosto de 1969 en el desaparecido Cortijo de los Rosales y con el disco de Antonio Machado bajo el brazo. Yo no había nacido, pero las notas de la prensa local de la época dedicaban numerosos titulares al primer recital de Serrat en la capital gaditana.
A mis 26 años y muy lejos de ser un compañero de quinta de Serrat he encontrado en sus canciones el sendero emocional por el que tantas veces he transitado, la expresividad en la forma de decir, de contar, y un desbordante universo de emociones que siempre me ha parecido único e intemporal. Serrat está lejos de ser producto de un tiempo o de unos condicionantes determinados. Su trayectoria, lejos de anclarse, ha seguido evolucionando hasta ser el clásico que es hoy, uniendo a distintas generaciones en sus recitales, como demostró en su recital del Teatro Falla, un recital que como es marca de la casa había agotado las localidades desde hacía semanas.
Venía Serrat desdoblado, dividido en dos, pero siempre dibujando la misma serena impronta, la misma desnudez y riqueza en el matiz, en el gesto, en la manera de hacerse con el escenario. Daba igual que el juego se presentase así: Tarrés en la primera parte y Serrat en la segunda. Todos sabíamos con certeza que desde el principio asomaba el Serrat de siempre, haciendo propio un repertorio ajeno, saltando por diversas cadencias con idéntico aplomo, sin dejar de ser el que siempre fue, con su timbre de voz particular que parece rasgarse, pero que siempre deja esa huella profunda, sensible, reconocida ya como algo nuestro. Cádiz aguardaba a Tarrés y a Serrat como uno sólo, y por eso lo recibió con una ovación larga, surcada por tantas manos abrazadas al espiral terso y eterno de sus canciones, una ovación que sonaba a inmenso agradecimiento por haber sido el paisaje sentimental, lírico, de tantas vidas que crecieron y se hicieron escuchando sus discos como vigías del camino, como heraldos de tantas horas y momentos compartidos, de tantas dudas y sinsabores.
Como es habitual en esta gira abrió con "Yo sé de una mujer" y a partir de aquí fue recorriendo el nuevo disco con sutileza, con desahogo, dejando fuera "Sabana" y "El cigarrito". La magnífica acústica del Falla fue el marco idóneo para que el espectáculo medido, equilibrado, de Serrat apuntara alto desde su inicio. La perdurabilidad de Serrat es un milagro en estos tiempos que corren. Ha sabido darle cuerpo y forma a los hallazgos cotidianos de la vida, ha sabido mirar y mirarse en los espejos del camino, ha sabido reinventarse, enriquecerse con los años y conservar perenne ese manejo escénico envidiable, nunca mecánico, siempre desbordante y asombroso. Ha sabido amoldarse al modelo de su maestro Jacques Brel que odiaba repetirse, y su voz inteligente, lejos del academicismo impersonal, perecedero, está abierta a todos los matices, es una voz que crea atmósferas diversas, que recrea cada canción con una personalidad propia, refugiando las palabras en un tono íntimo, susurrante o liberándolas hacia el infinito cuando es preciso. Sus manos también hablan, recorren el escenario y se balancean como una corriente de luz que no se agota.
Todo eso lo volvió a demostrar en su recital gaditano, un recital que tuvo una primera parte brillante, a pesar de saber que este disco no ha llegado a calar en la memoria de sus seguidores. Tras "Yo sé de una mujer" cantó "En la vida todo es ir". El micrófono, mal ajustado, le jugó una mala pasada durante la interpretación de este tema, aunque salió airoso del contratiempo. A continuación el micro fue cambiado y en ese intervalo de tiempo Serrat se salió del guión y conversó con el público plagando su conversación de ocurrencias diversas, salpicadas por el ir y venir de las carcajadas y los aplausos del auditorio. Luego todo volvió a la normalidad, volvieron los extensos y ricos monólogos -otra marca de la casa- con citas oportunas para Eduardo Galeano y Alejo Carpentier. Y fue repasando gran parte de esas canciones latinoamericanas que ha recreado a su manera en su último disco.
En la introducción de "La maquinita", por ejemplo, aprovechó para comparar Cádiz con México porque Cádiz también tiene mucho de surrealista y también acá André Breton, paradigma del surrealismo, terminaría siendo un escritor costumbrista. Como ya se ha dicho en otras crónicas la propuesta gana mucho en directo, la expresividad de Serrat en escena les da nueva vida a estas cansiones que han marcado la memoria sentimental de Serrat como sus canciones han marcado la nuestra. Sus versiones discurrieron con calma, sin prisas, jugando con el matiz y la expresión, saltando con acierto del tango -espléndida su interpretación de "El último organito"- al bolero, pasando por todo un muestrario de ritmos y sonoridades. Destacó su interpretación de la "Mazurquica Modernica", que parte del público demostró no saberse pues aplaudió antes que la histórica canción de Violeta Parra terminase, y también se sintió muy cómodo con "De un mundo raro", una de las canciones que más ha llevado a su terreno, realizando una versión antológica. No faltó el entusiasmo del público con "El amor, amor", el tema más festivo de toda la noche y con "La llamada" que puso fin a la primera parte del recital.
De pronto la corrala se desvaneció y los músicos, excelentes toda la noche y perfectamente compenetrados con Serrat que les recriminó, eso sí, en alguna ocasión, varios desajustes en el sonido, marcaron un vibrante preámbulo musical. Poco después emergió el Serrat reconocible y reconocido, que en realidad nunca había dejado de estar, y Josep Mas Kitflus inició los acordes de "Romance de Curro el Palmo". La interpretación de Serrat de este clásico de su repertorio fue memorable. Los arreglos de Kitflus han revitalizado este tema que oscila ahora en lo musical entre su estructura original que limita con la copla, mucho más marcada en los arreglos de Miralles, con los fraseos jazzísticos actuales. El tema se enriquece notablemente, el lirismo no se pierde, la guitarra española de Miguel Ribera irrumpe en momentos puntuales y la voz de Serrat nos llega matizada, profunda, durante toda la canción.
Luego vino el primer guiño a Sombras de la China con esa guajira cargada de ironía que es "Me gusta todo de ti", un tema fresco que ejemplifica la creatividad del anterior disco de Serrat. Y de repente estalló la inevitable "Penélope" y el público, ya ganado para la causa desde el mismo inicio del recital, clamó y aplaudió al identificar los compases de esta historia desgarradora, triste, que Serrat cantó sobrado de voz, recorriendo primero el escenario de un lado a otro y luego sentado en su taburete para dejar a Penélope olvidada en ese andén, irreconocible, en una ausencia eterna que sigue conmoviendo más de treinta años después de su composición.
Y sin tiempo para la tregua, Kitflus introdujo "Umbrío por la pena", esa pequeña joya recuperada del disco de Miguel Hernández y llegó uno de los mejores momentos de toda la noche. Este "Umbrío por la pena" donde la música de Serrat se ajusta a la perfección al lacerante y sobrecogedor soneto del poeta de Orihuela con ese crescendo final poderoso en el que Serrat alza su voz y vivifica el lamento de estos versos heridos. En esta versión se respetan los imponentes arreglos que en 1972 firmara Francesc Burrull con ese epílogo musical pleno de lirismo, de sugerencias, mezclado con los aplausos cerrados de un Teatro Falla ya entregado.
Y vinieron en un orden parecido al de otros recitales de esta gira "Los fantasmas del Roxy", "Dondequiera que estés" y "Mediterráneo", sucesión de clásicos que iban ya al encuentro del final del recital. Un recital que dejaba ir sus últimos fulgores por caminos más previsibles pero siempre intensos. Se echó de menos alguna sorpresa, alguna recuperación fuera de guión de algunas de esas canciones extraordinarias que hace tiempo que Serrat no recupera. Pero no ocurrió así.
Llegó la "Cançó de matinada", resplandeciente siempre, vieja compañera de equipaje de nuestro cantautor, pero siempre nueva, siempre viva, siempre recién compuesta. El tiempo no altera lo que ya nació inquebrantable. Dijo Serrat que esta canción había que escucharla con los oídos del corazón, aunque a continuación ironizó y dijo que el corazón no tiene oídos y poco íbamos a escucharla de esta manera. Dijo que, de todos modos, en Cádiz, todo el mundo habla catalán, aunque ya a partir de Chiclana eso no sucede. Él mismo puso un ejemplo de lo que acababa de decir: al llegar al Teatro Falla le recibieron varias personas con un "Bona nit". Tras esta presentación vino la "Cançó de matinada" en la que la compenetración de Serrat con todos sus músicos resultó modélica. De nuevo nos entregó la lírica enorme de esta canción y los hallazgos descriptivos, musicales, volvieron a llenar de emociones inexplicables el auditorio con un tema eterno, el único en catalán que nos regaló en un recital que ya se balanceaba hacia sus últimos suspiros.
Y éstos vinieron de la mano de "La Saeta", infaltable en los recitales de este sur de añoranzas y esperanzas, de risas que ocultan las penas cotidianas, este sur que olvida los versos de Antonio Machado y que sigue cantándole más al Jesús crucificado que al que anduvo milagrosamente sobre las aguas. "La Saeta" que Serrat coronó de matices, que alzó con fuerza en una progresión vocal vibrante y ajustada que levantó al público de sus asientos.
Y todo terminó con "Lucía", los recuerdos del amor perdido recorridos por la voz cercana, emotiva, de Serrat que parecía mejor a cada momento que avanzaba el recital. Nos la dejó ahí entre la almohada y la soledad, como un recuerdo que lejos de doler acompaña y permanece. De nuevo el Falla irrumpió en una ovación final clamorosa, volvieron las palmas por bulerías, reconocibles siempre en esta tierra de honda raíz flamenca, palmas que pusieron punto final a otro de esos recitales memorables del cantautor del Poble Sec.
Luego, tras dos horas y cuarto de ensueños, sales a la Plaza del General Fraguela donde está emplazado el Teatro Falla y contemplas la noche estrellada y miras cómo la luna ilumina las azoteas, cómo la ciudad se abraza a los sones del agua del mar, cómo todo parece reposado, distinto, mágico, como si también de la ciudad se hubieran apoderado las canciones y el talante de Serrat. Y tienes una sensación extraña y pones la vista ya en su próximo recital, en su próxima gira, y deseas que siga por muchos años subiéndose a un escenario, creando esas atmósferas imprevistas, latentes, que él sólo sabe crear. Todo se acaba y hay que volver a la realidad del día a día. Durante las dos horas y cuarto del recital lo abandonamos todo y fuimos partícipes de algo que por mucho que lo repitamos siempre nos parece como la primera vez.
A Serrat siempre se le espera, y reencontrarse con él es reencontrarse con ese viejo amigo al que uno se confía y al que uno se entrega sin remedio. Es reencontrarse con parte de uno mismo, con parte de mi itinerario vital y emocional, estético y ético, con parte de mis sentimientos más íntimos, desde que en esas primeras soledades de la adolescencia supe arrimarme a su voz, a sus canciones, en medio de noches desabridas, de pensamientos tristes, de novias imposibles perdidas para siempre o en medio también de instantes de felicidad, de optimismo o de entusiasmo. Y supe encontrar en sus canciones ese amparo necesario, esa geografía de palabras y melodías que se entrecruzan y en donde no puede concebirse el lamento ni la desdicha, donde sólo cabe mirarse y encontrarse y ver que en cada canción estamos nosotros mismos, porque formamos parte indisoluble de ellas como ellas forman parte indisoluble de nosotros.
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