|
|
Concierto en el Teatro de La Maestranza de Sevilla 17 de Abril de 2001
Texto de Carlos Hidalgo (Sevilla)
PALINDROMÍA INSUPERABLE
Llegaba Tarrés a Sevilla en una fecha un tanto especial para las nuevas apuestas. Con el incienso aún en las retinas y las casetas del Real de la Feria prácticamente listas para en dos semanas convertirse en el mayor tablao del mundo, Sevilla se balancea más que nunca en la eterna tradición que la hace tan especial. Sin embargo, el Teatro de la Maestranza presentaba un lleno indiscutible en la primera de las dos jornadas que Tarrés/Serrat iban a disputarse en la capital hispalense.
Si bien el palíndromo tiene raras costumbres, como ponerse el zapato en el pie incorrecto o caminar hacia atrás, hay que reconocer la virtud de su puntualidad, porque con menos de cinco minutos de retraso, Tarrés hizo aparición en el escenario, al son de una introducción a cargo de Kitflus y del violinista, Juan Aguiar, a la que se iría uniendo el resto de la banda.
Tras el saludo de rigor y la explicación de Tarrés del por qué de su antología de Cansiones, entonó la primera de la noche, "Yo sé de una mujer", sin duda, la más bella canción de cuantas se han escrito a una prostituta. Sin más preámbulos, Tarrés, sentado en una silla de su propio bar y al compás de las palmas, cantó "En la vida todo es ir", uno de los mejores momentos que recoge el último cedé de Tarrés/Serrat. Seguidamente, el punto en el que el alter ego de Serrat quiso dejar claro que el listón, aquella noche, iba a estar alto: "Fangal". Después llegaron "Tarrés" (magnífica interpretación en directo), "Soy lo prohibido", "Mazúrquica modérnica" (una de las Cansiones más celebradas por el público), "El último organito", "La maquinita", "Che Pykasumi", "El amor, amor", "De un mundo raro" y "La llamada", ésta última, una de las interpretaciones más esperadas de esta primera parte del concierto. Una primera parte en la que eché de menos "Sabana", pero, sobre todo, "El cigarrito", mi preferida del último cedé.
La segunda parte fue un parto de nostalgia. Cuando Tarrés ya se había despedido del público, la magnífica banda que le acompañaba tocó una bella pieza instrumental antes de que apareciese Serrat y le tomase el relevo a su palíndromo para cantar "Romance de Curro El Palmo". Una versión mucho más latina y aflamencada de esta pequeña joya que tanto le gusta al propio Serrat. Si me dan a elegir entre la versión convencional de 1974 y la nueva, me quedo con esta última. Es un reflejo de que Serrat es consciente de que los años que han pasado sobre algunos de sus temas hacen necesaria la renovación de sus arreglos. Era el comienzo de un desfile de canciones a las que el Nano nos tiene poco acostumbrados escuchar en directo.
Después cantó "Me gusta todo de ti (pero tú no)", en cuyos momentos finales, comenzó a notarse que algo empezaba a no ir demasiado bien. Al acabar la canción, el cantautor se dirigió con explícita ironía al público para decirle que le había pedido antes de comenzar el concierto "a quien corresponda" que por favor apagase el aire acondicionado de la sala, pero que no le habían hecho «ni puto caso», por lo que «estaba muy jodido». El enfado de Serrat era evidente y también quedó un tanto reflejado en la siguiente canción que interpretó, "Penélope", en la que con grandes esfuerzos lograba llegar a los tonos más altos. Después, llegaron un "Umbrío por la pena" totalmente calcado del disco de 1972, "Los fantasmas del Roxy" (canción con la que presentó a la banda), "Dondequiera que estés" (con una interpretación incluso superior a la del disco Sombras de la China) y la canción protocolaria de Serrat por excelencia: "Mediterráneo".
Pese a que muchos pensábamos que aquella noche el cantautor no se iba a prodigar mucho en los bises, volvió al escenario para regalarnos el momento más mágico y dulce de la noche: la recuperación de la mítica "Cançó de matinada", por la que no parece que hayan pasado sus 35 años de existencia. De nada importó que Serrat tuviera que comenzar la canción de nuevo al quedarse sin voz en sus primeros versos. La insistencia del público logró que Serrat saliese una vez más al escenario para recordar que Sevilla es cuna de grandes poetas, interpretando "Cantares". Sin embargo, el público, con su peculiar toque de palmas, pedía más y más, hasta que consiguió que Serrat pusiese el broche de oro a la noche junto al piano de Kitflus al son de "Lucía".
El resultado fue una velada diferente a las que el cantautor nos tiene acostumbrados, quizá embriagados por la estela de un Tarrés que estuvo, en algunos momentos, más a la altura de las circunstancias que su palíndromo.
|