Concierto en el Teatro de La Maestranza de Sevilla
18 de Abril de 2001

Texto de Alicia Oschendorf (Montevideo - Uruguay)




TITIRITERO ALEHOP!


    De aldea en aldea el viento le lleva siguiendo el sendero...

    Milagrosamente a tiempo llegó el Titiritero... o llegaron Serrat y Tarrés al teatro de La Maestranza. Siguiendo el sendero, como si supieran que cinco mosqueteros que habían tomado Sevilla desde hacía unas horas, aguardaban impacientes. Casi dándose por enterados -Tarrés y Serrat- de la fiesta que se producía en la primera fila, a sus espaldas y sin ningún lugar a dudas, a su costo. Treinta años de Mediterráneo, tres a cero del Madrid, y el cantautor a un palmo, aunque no fuera la gloria vestida de azul... ¿Qué más se podía pedir? Entró -Tarrés... ¿o Serrat?- apenas detrás de Aguiar, que probaba su violín, y de Kitflus, que ya lo controlaba todo. La banda se fue reuniendo en el conventillo, dando el tono ideal a la corrala que ya todos conocemos, hasta que llegó el consabido cuento de los recuerdos de viaje, los pueblecitos que nievan aunque sean del Caribe, lo de siempre...

    "Yo sé de una mujer" nos ubicó en que el artista estaba un poco limitado de voz, y hasta lo vimos disimular, muy profesionalmente, alguna tosesilla. La guitarra, medio tono más bajo, confirmó que aunque las condiciones no fueran las mejores, el hombre de los atardeceres rojos, venía dispuesto a dar lo mejor. Se las arregló igualmente para bajarnos esa estrella que borra la huella de un recuerdo amargo. Es que sigue siendo de aquella raza...

    Probablemente, para alguien, éste haya sido el concierto número ochenta y tantos de una gira, y habrá justificado unas notas administrativas, unos dividendos, que jamás podrán aquilatar lo que realmente se cocinó. Hay conciertos a los que un artista llega en su plenitud y se encuentra un público cálido y generoso que facilita todo, y hay conciertos en los que hay que remontar un dolor de garganta, unos grados de fiebre, y un público poco dispuesto al sacrificio. Cuando uno de estos últimos sale bien, es cuando realmente se produce el milagro.

    La primera parte transcurrió como se esperaba. Nos ahorró el recitado de Galeano, por lo que le estaré eternamente agradecida, y también esa prueba de su destreza para los idiomas que es "Che Pykasumi". Faltó también "El cigarrito", que personalmente le habría cambiado pelo a pelo por "Sabana". Los tangos le salieron magníficos, y casi podría decirse que su estado físico colaboró para que "Fangal" luciera su mejor dejo canyengue. "De un mundo raro", impecable, un Serrat de los mejores, lo mismo que "Tarrés", un tema que antes no me gustaba mucho y que ha ido afiatando. Con "La llamada", la banda hace lo que puede, especialmente la percusión de Nan Mercader, pero ni Tarrés ni Serrat, por más que al tango lo borden, lograrán jamás un paso de candombe.

    Llegada la segunda parte, se retiró la corrala, y nos encontramos en casa, en un concierto de Serrat de esos que nadie querría que terminara. De los de siempre, y donde siempre uno asiste en presente pero cargando con los recuerdos de treinta años, que pasaron por ese "Mediterráneo", por esa "Penélope" ahora tangueada por el bandoneón de Mercadante. "Lecciones de urbanidad" también lució una puesta al día muy oportuna por parte de Kitflus, que nos viene tangueando y jazzeando muy bien al maestro, llevándolo por caminos más apartados de la tonadilla en la que le resulta tan fácil caer.

    Faltó "Umbrío por la pena", y se sintió la falta, aunque hubo un "Pare" de los más sentidos que me han tocado, que por sí mismo valió la noche. "La Saeta" -en Sevilla- y justo después de tantas saetas oídas durante la semana santa, fue el premio mayor. El premio con el que se conformaron los sevillanos. En el Río de la Plata le habríamos arrancado cuatro o cinco bises más, pensé... y me dediqué a arrancarle una promesa, una "Helena" ¡en Hospitalet!. Y el titiritero me dijo: "prometido". Ya caída la noche, y guardados los chismes en el viejo coche, supe que nosotros también fuimos titiriteros, que por una noche se produjo el milagro de que Sevilla no fuera solo de los sevillanos.


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