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Concierto en el Auditorio Nacional de México D.F. (México) 11 de Mayo de 2001
Texto de Luis Ernesto González 'León Felipe' (México D.F.)
EL CONCIERTO 100
Es la primera vez que dispongo de un caudal de información muy completo sobre las diferentes presentaciones realizadas en las giras de Serrat. Por eso, cuando ocupé mi lugar en el Auditorio Nacional la noche del viernes 11 ya sabía más o menos el repertorio que nos esperaba a los 8 mil (¿o serían casi 9 mil?) esdrújulos ahí presentes. Pero siempre hay dudas. Finalmente, un concierto de Serrat nunca es igual a otro, aunque éste haya sido ya el número 100 de las Cansiones. Yo quería escuchar, en especial, tres interpretaciones: "El cigarrito", "Cançó de matinada" y "Umbrío por la pena". Cantó dos. Bueno, dos de tres es un buen porcentaje de bateo para cualquiera. Los rumores sobre el estado de su voz añadían incertidumbre a la noche.
El Paseo de la Reforma de la Ciudad de México donde se localiza el Auditorio es símbolo y escenario de la vida de la capital. El emperador Maximiliano (venturosamente efímero) lo llamó Paseo Miravalle y lo embelleció para que por él se fueran sus ojos, cada mañana, desde el Castillo de Chapultepec hasta la Alameda Central, y para que los reales carruajes de su esposa Carlota transitaran en el regocijo de la sombra y la amplitud. Su nombre cambió al actual para celebrar los esfuerzos de Benito Juárez y su grupo por darle al fin una fisonomía propia a la joven nación. Porfirio Díaz decidió erigir en una de sus glorietas (rotondas, le llaman en otros países) el más querido de los monumentos nacionales: el llamado Ángel de la Independencia. Grande, señorial, el Paseo de la Reforma es algo así como nuestro Champs Elysées.
Caía la noche cuando nos encontramos Javi y yo en la explanada de entrada del hermosamente iluminado Auditorio, con ese estilo arquitectónico que algunos quieren ver como heredero del mundo prehispánico. Un abrazo, palabras atropelladas. La emoción previa. Fue sólo un pre-saludo. Más tarde lo volvería a ver, ya con sus compañeros de aventura: su padre, su hermana, un buen amigo y, claro, nuestra Arantza. Vi también a Eduardo, con Mary e Ícar. Ícar iba bien preparado para la ocasión, con una herramienta por demás necesaria, dadas las dimensiones del inmueble en cuestión: unos prismáticos (catalejos, miralejos, gemelos...). Fue Ícar quien nos movilizó a todos para ocupar nuestros lugares y dejar la charla. Yo iba acompañado por cinco de mis más viejos amigos... A 26 filas y algo ladeado de la muy famosa plaza donde se asienta el bar Tarrés, la experiencia comenzó. Bueno, comenzó para todas las filas.
Intimidad. Un violín. Luego Kitflus. Luego Serrat. "Yo sé de una mujer". Tal vez el volumen estaba un poco bajo, lo que a la postre fue defecto y virtud del concierto: no alcanzó la potencia de otras ocasiones pero por ello resultó más delicado, más fino al oído, más cerca de los sentimientos de complicidad que habitan en el susurro, en el guiño, en la lluvia mansa, en el bandoneón de Merchante y el violín y la mandolina de Aguiar, en las percusiones de Mercader y Blavia, en el contrabajo de Merlo, en las extraordinarias guitarras de Romero y Rivera, en la sabiduría de un Kitflus que, alquimista, nos dio arreglos extraordinarios sin desarmar los antiguos sonidos a los que estamos acostumbrados.
Saludos al público. Oh, oh, su voz parece más cómoda al cantar que al hablar (eso sólo le pasa a los cantantes, ¿o será travesura exclusiva de Tarrés?). "En la vida todo es ir". "Sabana". "Tarrés". A veces la voz no le da para emitir por completo las palabras. No, no, amigo, no te esfuerces demasiado... "El último organito". De pronto baja el negro telón de fondo y eclipsa la plaza colorida. Serrat lo justifica: "es que Tarrés no sabe que Serrat también canta estas canciones". Y el público reconoce a "Penélope" y viene la primera gran ovación de la noche. Su voz (siguen las paradojas) se acomoda mucho mejor en los clímax. "Me gusta todo de ti". Risas. "Lucía". Termina el eclipse de plaza. Las presentaciones entre canción y canción son más o menos las del guión de los conciertos que otros esdrújulos han reseñado en la página de Paco y en el buzón de los serratamigos. Quizá el maestro viene hoy un poco menos abundante. Dos pantallas colocadas en los extremos del escenario nos acercan los gestos de ese rostro tan expresivo, tan conocedor del fenómeno de la comunicación, sustituyendo palabras por mímica.
"Mazúrquica Modérnica" desata la risa. "Soy lo prohibido" (fuerte ovación). "El amor, amor" (animación general, movimiento en las butacas). "Un mundo raro..." Cantar a José Alfredo en México tiene un efecto inmediato: se "rompe el hielo" entre la gente, circulan los comentarios entre los vecinos de asiento que hasta hace una canción eran desconocidos; la gente trata de adaptar su versión mariachi a ésta que propone el viejo sabio. Baja el telón de fondo, esta vez de manera definitiva y Serrat sale de escena... Kitflus se da vuelo. Es la señal del fin de la primera parte. ¡No cantó "El cigarrito"! Claro, de seguro se lo fumó antes del concierto.
Llega el "Romance de Curro el Palmo". Lo esperaba. Mucho se ha escrito sobre el arreglo que le hizo Kitflus. Me gustó. Y en el "ay, mi amor, sin ti mi cama es ancha", la voz suena tremendamente conmovedora, poderosa, entera. Magia pura. Luego llegan las "Lecciones de urbanidad", siempre adecuadas porque las cosas, maquillaje y elecciones democráticas aparte, no cambian, no cambian. Con "Princesa" canta la jovencita que está a mi lado izquierdo (a mi derecha están mis viejos amigos). Tendrá veinte años. ¿Qué le dirá la canción? "Los Fantasmas del Roxy". Presentación de los músicos. Aplausos vastos. "Dondequiera que estés..." ¡qué bien cantada, cuánta intimidad logra! En círculos de luz, parece que hay hojitas otoñales, verdes, azules, hojas de luz. "Mediterráneo" (griterío). Fin. ¿Fin? ¿Y la Cançó y el Umbrío? ¿0 de 3 para mis canciones esperadas?
No. Los primeros bises son.... ¡Cançó de matinada en un arreglo magistral! (queremos grabación) y "Cantares". Medio Auditorio canta. También la chica a mi lado. Larga ovación. El maestro y sus músicos salen y demoran mucho rato (subrayo el mucho; pesan 100 actuaciones). Saborean la noche de éxito. Regresan y sorprenden a todos con "Una mujer desnuda y en lo oscuro". Y luego "Aquellas pequeñas cosas", Serrat totalmente solo, con su guitarra. Se despide de nuevo. Se encienden las luces, algunas personas comienzan a buscar la salida. Los demás aplaudimos a rabiar. Otra vez pasa largo rato. Y de pronto, de nuevo van todos los músicos a escena: "Fiesta". Un largo "Noooo" contrapuntea la frase "Se acabó, el sol nos dice que llegó el final". Fin. Ahora sí es el fin, piensa la mayoría. El Auditorio se ha vaciado casi a la mitad cuando, gracias a la resistencia de las palmas ya enrojecidas de los más fieles, Serrat aparece otra vez, llama a sus músicos y advierte: "De un poema de Miguel Hernández..." Llegó. Llegó la canción más esperada por mí. Y así fue. Cantó "Umbrío por la pena" y la mitad de los asistentes originales se la perdieron. Hermoso arreglo, entrega total. La voz resistió. La iluminación, exquisita. El ánimo, entregado.
La jovencita a mi lado me comenta: "Serrat canta desde mucho antes de que yo naciera... (sonrisa maliciosa). No sé por qué me gusta tanto, pero lo que dice es muy importante para mí". A la salida me esperaba todavía el abrazo de Arantza y Javi. Ya no vimos a Eduardo y familia. Alcancé el añejo y bello Paseo de la Reforma y me recibió con una lluvia mansa. El concierto de intimidad continuaba.
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