Concierto en el Teatro Nacional de La Habana (Cuba)
18 de Mayo de 2001

Texto de José de Jesús Bu Hernández (La Habana - Cuba)




EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO


    La noche se inició con un sólo de violín que automáticamente paralizó las 4000 almas reunidas, a como dio lugar, en la oscuridad de la Sala Avellaneda, del Teatro Nacional de Cuba. Había llegado la noche del viernes 18 de mayo y los habaneros, los que entraron, y los que quedaron fuera, volvían al encuentro del hijo pródigo. La magia que encierra tres decenios de encuentros y desencuentros, atiborraba cada una de las lunetas, pasillos y escaleras de aquella sala que muy al fondo guardaba un pedazo de Barcelona o de Beltchis o de cualquier lugar del mundo donde pueda existir un café, donde los parroquianos se sienten a rumiar sus alegrías y tristezas, y que lleve por nombre Tarrés.

    Al principio el público fue descubriendo las nuevas canciones del último trabajo discográfico, mientras el cantor explicaba y nos hacía querer de un modo extraño cada uno de sus yos. Esto de presentar un disco siempre provoca que el público se quede ensimismado, tratando de descifrar la nueva propuesta, la gente casi no aplaude, meditando al cierre de cada tema la metáfora alcanzada, la melodía sentida, es quizás como una manera, a la de los corredores de fondo, de reservarse para aquellos temas que son clásicos y que resulta imposible no premiar con minutos de aplausos y ovación.

    De esa forma Serrat nos habló de él, de sus planes y de los que Tarrés materializa, de sus sueños y de los que el otro despierta, de las deudas y quien las paga, de los amores y de sus soluciones, todo entre estas cansiones y esa pizca de humor que se crea después de tantos años de complicidad.

    Quedaba claro desde el principio que el viaje contaría de lo nuevo y de las cosas imprescindibles, y asi arrancó, transcurridos aproximadamente veinte minutos de nuevas canciones, sonaron los primeros acordes de "Penélope" y ya la sala nunca volvió a ser igual, el público se regaló con su canto y Serrat o Tarrés o los dos, vieron maravillados, como toda una nueva generación, no nacida por los albores de 1972, cantaba aquellas canciones y les eran tan suyas como nuestras. Se acrecentaba el jubileo por saber de nuevo al hijo pródigo en casa, él daba las gracias y confesaba sentirse satisfecho de volver a estar en ella, su casa.

    Después vinieron una ensarta de temas del ayer y se cantó "Lucía", y se cantó "Pueblo Blanco", el placer desbordaba y el público pidió y pidió hasta la saciedad, que fue la hora en que Joan Manuel confesó: " ... todo lo que empieza, debe terminar" y las almas reunidas empezaron el proceso psicológico del fin.

    Los bis fueron tres, uno para "Cantares", el segundo para "Aquellas pequeñas cosas" y un tercero y último que como era de esperar fue "Para la libertad", rondaban las 11:30 de la noche y La Habana sintió como una profunda inhalación, de aquellas gentes que salieron al aire puro de la inmensa explanada de la Plaza, con un pedacito de alma entregada al hijo pródigo.

    La noche había terminado, la ciudad daba las gracias e iniciaba su cuenta regresiva hasta volver a encontrarnos con ese Serrat desde siempre y para siempre...


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