Concierto en el Pabellón de Deportes de Palencia
25 de Junio de 2001

Texto de José Luis de Román (Palencia)




EL MITO SE RETROALIMENTA


    Faltan unos minutos para que empiece el concierto. Serrat se viste en su camerino y mira algo sorprendido por la indiscreción de una puerta abierta. Afuera, cerca del escenario, "Kitflus", el director musical, hojea relajado una revista mientras el pabellón termina de llenarse. El calor se humedece. Son algo más de las nueve. Serrat aparece y echa un vistazo. Lo de la última vez ya está olvidado. La vida tiene esas cosas, dice entre bastidores. Sus manos son suaves, alargadas, y estrechan con franqueza. El cuerpo, quizás algo más leve que entonces, se cubre de ropas negras. La mirada, igual de risueña, con las mismas ganas y las mismas fuerzas. Un esdrújulo público y la noche esperan.

    Frente a lo que pudiera parecer, "El Nano" no cantó el lunes en Palencia. Sí, se acercó hasta aquí, pero al cabo de un rato nos trasladó a otro lugar. Casi sin darnos cuenta, nos condujo a su barrio, y allí, junto a la terraza del restaurante-bar "Tarrés", compartimos vino y melodías, y entre charleta y canción volvimos a reencontrarnos con los recuerdos, con el amigo y sus cosas, y también una bendita esquizofrenia que Serrat y Tarrés nos contagiaron para bien.

    Ahora el escenario es su sitio, su calle, su playa, y ya sin chaqueta, los brazos desnudos se agitan, te cuentan, te traen y te llevan, y desde una silla, como afirmando la palabra, te hablan de un viaje de ida y vuelta y de que "En la vida todo es ir". Y también habla la voz, templada, en su justa e inconfundible cadencia, y uno se deja arrastrar cuando se hilvana en las notas, pero también cuando llega sin más vestimenta, y no te cansas de oír, y la forma de decir y el decir mismo te alimentan, y parece que el tiempo no transcurre en la terraza mientras el cantante y su otro yo se dedican a interpretar las piezas de su última grabación, a las que trenzan con aquellos temas que ya habitan en la memoria colectiva de la gente de más de...

    La brisa de la nostalgia.

    Entonces "Penélope" se vuelve a sentar en un banco en el andén y a sobrecogernos con su historia de amor; y "Lucía" llega con la brisa suave de la nostalgia en una carta, para conseguir en unos aplausos multiplicados el reconocimiento a toda la carrera musical de ese hombre hoy vestido de negro, a todo lo que ha transmitido y ha hecho sentir. Una especie de agradecimiento condensado por su hacer y su talante, y por haberse acercado una vez más para llevarnos con él.

    Otra vez se ha sentado. Vuelve a saborear la copa de vino, y con ella juegan Tarrés y Serrat, en su dualidad permanente, mientras explican con humor su esencia palindrómica e invitan a contestar cuando un móvil suena a lo lejos. Te dicen que Serrat es quien decide dónde se va, y Tarrés el que hace que ir valga la pena. Y ya está. Y ya es de noche en el barrio, y al ritmo de las palmas no nos acordamos de la muerte, y él lo canta, y entonces pienso que nada objetivo podía salir de esta crónica, aunque apenas lo intento.

    Con Joan Manuel Serrat ocurre, como con otros, que los conciertos son eso, y algo más, que tienen un valor añadido, una carga sentimental que logra unificar un estado de ánimo dentro de una especie de círculo donde todos comparten contraseña. Y a veces ocurre que la magia tiene su día y todo lo redondea, y así el reencuentro del lunes en Palencia no pudo ser más apropiado, más entrañable y redondeado. Público y artista se entendieron y entablaron un diálogo que recuperó lazos y dejó un regusto tan dulce que será difícil olvidarlo. Lo mismo que ocurrió veinte años atrás, en el mismo sitio, y que no sucedió más tarde en otros conciertos. Pero ahora, sí. Todo volvió a su natural estado, y no se hizo extraño el amigo que tanto echamos de menos.

    Entrega incondicional.

    Serrat, acompañado por su inseparable "Kitflus" -también conocido como Josep Mas-, de Víctor Merlo, José Antonio Romero, Miguel Ribera, Roger Blavia, Juan Aguiar y Marcelo Mercadante, volvió a sonar espléndidamente en un recinto que se llenó hasta la última grada. Los nuevos ritmos, los arreglos nuevos a temas antiguos, la puesta en escena y la dinámica general del espectáculo consiguen un equilibrio que sólo precisa de la entrega incondicional de sus seguidores para conformar algo parecido. Los que lo conocían no esperaban menos, y todos los que acudían a verlo por vez primera, seguro que querrán repetir con un poco más de esto.

    Al final del viaje, Serrat agradeció el cariño y las muestras de afecto con que había sido acompañado durante toda la noche, y la terraza se volvió playa y el "Mediterráneo" se llegó hasta las gargantas, y de pronto todas las almas eran marineras.

    Una ovación de varios minutos y el público en pie fue argumento más que suficiente como para retener un momento más a los músicos y al cantante, quien interpretó "Pare", en catalán, y el tema "Cantares" a medias con todos. De nuevo los aplausos tiran de él y vuelve.

    Ahora se queda solo en el escenario. Pero igual lo llena. Hace una seña a sus técnicos de sonido. Una más. Toma su guitarra. Se entiende que es la despedida, y hasta el calor se calla. Suena el arpegio de "Aquellas pequeñas cosas", y la canción te hace cantar para adentro, y desgranar una vez más cada frase, cada acorde. Apretar fuerte el nudo de ese momento y guardarlo para siempre, como una cosa grande.


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