Concierto en Cartagena el 28 de Octubre de 2002

Texto de Antonio Marín Albalate (Cartagena)




LOS DIRECTOS DE UN DIRECTO


   Forjadas con güisqui y violines, estas palabras de madrugada (instante y sustancia que persigo) para la página de Paco Martín y Joan Manuel Serrat. Palabras que vienen a ser, sobre todo y a modo de crónica, el cálido reflejo de un concierto reciente. Palabras, acaso, para detener el tiempo (como dejó dicho en su libro de Adonais, mi amiga Juana J.), en el umbral del sueño y a cuatro pasos de noviembre.

   Palabras sobre canciones de ahora y de siempre, testificando, “Bendita música”, la voz de este juglar de toda una vida que fluye como un río de potencia decibélica entre las ocho columnas del escenario, ese templo de magia, directo a la imaginación, que se erige cada noche en distintos lugares pero con idéntica alma en absoluta complicidad con quienes acudimos a compartir el cancionero del maestro.

   Así podemos dar fe de “La bella y el metro”, pasando a través de nuestros ojos, como un torrente de contrastes. La bella esa, tan sagrada y sublime; el metro, tan de metal y oscuro, tan de todos. El metro que deriva en cualquier estación hacia personajes como el “Benito”, directo a la conciencia.

   Por cierto, cuántos Benitos en la vida, para recordarnos la respiración de la miseria más allá de la miseria misma.

   “Así en la guerra como en los celos”, es la cuarta entrega de la noche. Frente a nosotros, el mejor Serrat de siempre. Luego llegaría la “Muñeca rusa” meciendo, entre el cielo y el infierno, el peluche del poeta. Y a continuación, Hernández con su iluminada “Elegía” para dar a los pocos minutos con la “Defensa de la alegría” del bueno de Benedetti. Ah, los poetas filtrándose a través del bardo Joan Manuel, ese mago malabarista, directo a la memoria, manejando como nadie “Los recuerdos”.

   Y esos músicos que el maestro nos presenta. Ese retorno a los mejores orígenes de aquel Serrat de los setenta (¿cómo éramos, que no me acuerdo, Cartagena y yo treinta años atrás?), digo, bajo la supervisión y el alma del gran Ricard Miralles. Un lujo, sin duda (y sin menoscabo del magnífico Kitflus) para esta gira 2002 / 2003.

   Y una de fantasmas, “Los del Roxy”, ya se sabe, Bacall, Bogart, entre nosotros y… ¡de cine esta noche! Y más canciones, “De cuando estuve loco”, qué gran acierto, siempre, el tándem Joan Manuel Serrat / Tito Muñoz.

   Y, a cuenta gotas, una escasa dosis (siempre se queda uno con ganas de escuchar tres o cuatro más) de catalanismo musical, “La cançó del lladre” (parece ser la elegida para esta gira), un nuevo regalo para los oídos, como podría haber sido “La tieta” o “Pare”, por ejemplo.

   Y el himno del agua toda, “Mediterráneo”, flotando en la atmósfera, esa inmersión en la pura belleza donde anidan paisajes, materia y memoria.

   Y ya sobrepasando el cenit del concierto, “Es caprichoso el azar”, mi hijo Antonio J. (diez años de niño único entre tanto adulto) vencido por el cansancio, que no se duerme. “De cartón piedra” podrían quedarse tal vez otros niños, pero él no.

   Luego, son los acordes de “La mala racha”, bajo cinco conchas de luz desdramatizando sombra y números.

   Y dando paso a “Dondequiera que estés” (canción de antología donde las haya), por el aire, una diáfana y muy personal densidad de perfumada melancolía acercándome el cálido recuerdo de cierta muchacha, otro directo del maestro.

   Y como “Hoy puede ser un gran día”, pego un brinco en el asiento y pienso en lo que aún resta por vivir de sueño y piel.

   Porque, “Qué sería de mí” (de nosotros, digo) sin ese sueño y sin esa piel…

   Y así como queriendo acabar, pero no, “Fiesta”. Y el otra, otra, del público aplaudiendo.

   Y generoso como siempre, directo de nuevo al poema, esta vez García Montero, con “Señor de la noche”, todo un regalo como preámbulo al tan esperado “Cantares”, donde ya no cabe más hondura.

   Tan sólo queda el colofón de “Penélope”, ese trallazo de belleza trazado con hierro y a fuego en las manos de quienes le brindamos el último aplauso de la noche.

   Y todo ello añadido a la estatura humana de este irrepetible y singular artista, a su poética del gesto y a su amistad, me apetece decirlo, con la que me honro si le nombro.

   Joan Manuel, maestro: a tu salud este güisqui de ahora, (tan de madrugada ya) con el que te mando un abrazo, ahora el directo es mío, de hermano en el agua y la palabra.


principio de esta página