Concierto en el Teatro Albéniz de Madrid el 3 de Diciembre de 2002

Texto de Luis García Gil (Cádiz)




SEÑOR DE LA ESCENA


   A Serrat, como dijera hace algunos años el crítico musical Álvaro Feito, los años le han deparado una suerte de virtuosismo que algunos nostálgicos de la épica y la lírica de los años 70 quizá no advertirán pero que es algo plausible, que se evidencia cada vez que quien esto escribe tiene la suerte de verlo en escena.

   El estreno de "Versos en la boca" en Madrid volvió a demostrar que la figura de Serrat en escena sigue agigantándose, que parece que los años no desgastan su presencia, que aunque los sesenta ya se aproximen en el horizonte y el tiempo sea implacable y no deje de pasar y de hacer mella, su voz, su forma de hacerse con el escenario, de comunicar, parezca no agotarse y en cada nuevo reencuentro surjan nuevas revelaciones que parecían imposibles.

   Después de la ligera decepción de "Cansiones", disco que supuso un paréntesis creativo, Serrat ha vuelto a la senda compositiva y lírica con "Versos en la boca", disco encomiable que resume la madurez de contenidos que su obra ha sabido alcanzar desde "Nadie es perfecto". Madurez, que una vez más los nostálgicos de otros tiempos y otros espacios sentimentales no sabrán advertir, pero que tiene que ver con la sabia evolución que Serrat ha sabido emprender, con los naturales altibajos, desde "Tal com raja", allá por 1980.

   Afortunadamente Serrat no ha vuelto a ningún punto de partida con su último trabajo. "Versos en la boca" se ha vendido como una vuelta a las raíces, algo que no es cierto porque Serrat nunca ha abandonado esas raíces pero las ha sabido insertar en ese concepto de evolución que todo creador importante debe asumir. Pensaba en estos días que mi disfrute del recital de Serrat iba a ser completo porque no tengo ese problema de comparar cada nueva obra con ese pasado pluscuamperfecto y advierto que Serrat tampoco lo tiene porque compone sin mirar atrás, sin estancarse en fórmulas ya exploradas, sin dejar de ser por ello fiel a su estilo, a su impronta.

   Lo que sí ofrece "Versos en la boca" es la vuelta de Ricard Miralles, lo que sí supone un retorno a ciertas fuentes, a cierto talante en la forma y en el fondo de vestir las canciones, que a mí, una vez vista la propuesta en directo, me ha resultado muy positiva, aunque soy de los que valora enormemente la aportación de Kitflus en los últimos años. Pero no hay que olvidar que Miralles viste las canciones siguiendo la pauta asentada en los años 80, años de madurez en la sonoridad de los discos de Serrat, y por tanto no hay en ningún caso una vuelta a los arreglos de los años 60 y 70, arreglos que en algún caso han quedado algo anquilosados como ha reconocido el propio Serrat en distintas ocasiones. ¿Por qué si no su voluntad de querer grabar algunas de aquellas canciones de nuevo? Adiós a ayer, por lo tanto, y mirada felizmente renovadora que sigue enriqueciendo el material clásico del cantautor barcelonés, convenientemente mezclado con las nuevas canciones, algunas de una maestría indudable como “Los recuerdos”, una de las mejores canciones que Serrat ha compuesto en toda su larga singladura, lo cual es decir mucho porque todos sabemos cuántas gemas pueblan su denso y rico repertorio.

   Más de dos horas de recital intenso, más de horas en las que Serrat desplegó una vez más su expresividad en escena. Como de costumbre el triunfo fue absoluto. La temperatura del recital se encaramó a lo más alto desde sus primeros momentos. Baudelaire decía que no se podía ser sublime sin interrupción. Las canciones, la interpretación de Serrat volvieron a alcanzar esa sublimidad que es territorio y privilegio de muy pocos. Canciones de ayer y de hoy que fueron desplegando su itinerario sentimental, su poética de lo cotidiano, inspirada y certera.

   El guión fue el esperado, el que más o menos ha ido trazando desde el inicio de la gira en Salamanca. Abrió la delicada arquitectura de “Bendita Música”, siguió la enérgica “La Bella y el Metro”, un magnífico tema de ascendencia breliana en los crescendos, continuando con ese canto a los desheredados, irónico y brutal a un tiempo que es “Benito”, otra de esas canciones que ejemplifican las excelencias compositivas de las últimas entregas de Serrat.

   Así ha ido construyendo los primeros pasos de cada recital. El grupo de músicos que le acompaña resulta magnífico sabiendo ser delicado e íntimo en los momentos más sosegados y enormemente plástico y atrevido en canciones de corte y ejecución vibrante como “Defensa de la alegría”, “Señor de la noche”, “Hoy puede ser un gran día”, “Cantares” o “Fiesta”. Al margen de Miralles hay que destacar la aportación espléndida de la guitarra de David Palau que añade savia nueva y grandes dosis de frescura y espontaneidad a muchos de los temas.

   Serrat nunca ha sido un cantautor al uso, con guitarra, voz y escasa inventiva melódica. Siempre ha tratado de huir de tratamientos melódicos previsibles y reiterativos que aquejan a muchos cantautores y que tienen que ver más con cierta herencia en la canción de autor que sigue pesando y equivocando los conceptos y reduciendo el término cantautor a una serie de tópicos formales en los que para nada ha entrado nunca Serrat, siempre más cercano a Brel que a Brassens en sus maneras. La formación actual de músicos de Serrat prolongan esa necesidad de abrirse a distintos niveles expresivos que está prácticamente en el origen de la propia obra del cantautor que nunca pretendió anclarse en un discurso en el que la letra estuviera muy por encima de la música sirviendo esta de mera apoyatura, sin matiz alguno.

   En la gira de presentación de "Versos en la boca" hay ese clasicismo inconfundible en las formas y en las instrumentaciones que es el que siempre ha acompañado a Serrat pero también hay innovación, apuntes cercanos al jazz, líneas acústicas pero también eléctricas en el tratamiento de algunos de los temas, un exquisito talante en las baladas intimistas y ese aire de singular mediterraneidad que no olvida tampoco otra serie de influencias sonoras que vienen a sintetizarse y que se suman a la propia y caudalosa personalidad interpretativa del cantautor catalán.

   Había cierta preocupación por el estado de la voz de Serrat en algunos recitales de arranque de la gira. Pero por lo visto en Madrid no hay motivos para la preocupación. Serrat estuvo espléndido de voz, fue de menos a más pero mantuvo un buen tono vocal a la hora de las dos horas largas de recital. Habló menos de lo que acostumbra, abandonando el precepto de Aznavour y prefirió ir al grano, a la médula de sus propias canciones. No somete Serrat a las canciones a mudanzas excesivas que traten de limar exigencias. “Mediterráneo” sonó poderosa -como siempre- ahora matizada por el saxo de Alejandro Terán. Impecable se reveló “Defensa de la alegría”, de lo mejor de "El sur también existe", que ha sido recuperada con acierto por Serrat y multiplica sus efectos en esta nueva revisión en directo. La voz de Serrat llegó sobrada en una interpretación enormemente plástica del tema con todos los músicos perfectamente compenetrados.

   Sutil y emocionante fue la interpretación de “Llanto y coplas” destacando la exquisita hondura que confiere a este tema el piano de Miralles. “Los fantasmas del Roxy” -otro clásico indiscutible de su repertorio- sirvió de presentación para los músicos y el recital siguió creciendo en intensidad, en esa otra vuelta de tuerca que Serrat siempre sabe ofrecer en sus presentaciones en directo, donde su espíritu siempre parece renovado en esa dimensión atemporal que su obra y personalidad ha alcanzado.

   En catalán cantó la tradicional “Cancó del Lladre” que cambia la forma de interpretarla en relación con la gira de "Sombras de la China". Ahora Serrat prende su guitarra, toma asiento en su histórico taburete, se acerca al piano de Miralles y termina interpretando el tema acompañado también por las delicadas notas del violín de Alejandro Terán con un tratamiento acústico, preñado de sensibilidad y de buen gusto que reaparecerá en diversas partes del recital...

   De "Versos en la boca" cantó diez de las once canciones. Dejó fuera “Así en la guerra como en los celos”, uno de los temas más endebles de su nuevo disco. Las canciones de "Versos en la boca" mostraron sus calidades y fueron ejemplarmente distribuidas a lo largo del recital. Serrat sabe controlar los tiempos de cada recital, jugar con los temas, distribuirlos, dosificarlos, con excelente criterio. La jazzística “Sin piedad” desprendió aroma a derrota y a humo, a dolor y a desgarro reafirmando que es otro de los temas importantes de su nuevo disco. Conmovió la ternura exquisita de “Es caprichoso el azar”, otro momento cenital de "Versos en la boca", cantada por Serrat sin preámbulos, sin alusiones a Noa que no andaba por allí, con la voz limpia, transparente, llena de calidez y sin ninguna fisura.

   “Los recuerdos” marcaron otro momento álgido, de extraordinaria sensibilidad y ropaje musical hermosísimo. Y “Dondequiera que estés”, el guiño necesario al imprescindible "Sombras de la China", llegó ahora con nuevos matices gracias al piano de Miralles. “La mala racha” y “Muñeca rusa” pusieron un justo contrapunto y volvieron a poner de manifiesto la capacidad interpretativa de Serrat dominando el escenario de una punta a otra. “Qué sería de mí” resultó bellísima en directo con esa capacidad de Serrat de conmover con versos sencillos que siguen ejemplarmente las lecciones machadianas de concisión y hondura. “África” fue quizá el momento más discreto de todo el recital, un tema excesivamente largo y previsible que Serrat tampoco cantó de la mejor forma.

   La recta final fue, como siempre, memorable. “Señor de la noche” derramó toda su intensa épica, canción dramática, impecablemente construida, donde Serrat musicaliza con extraordinarios resultados el poema "Canción de brujería" del gran poeta granadino Luis García Montero. “Señor de la noche” es otra canción antológica, de desbordante imaginería expresiva donde parecen latir los arreglos barrocos de otro tiempo. La interpretación de este tema merecería un capítulo aparte. Serrat bordó la canción que cierra su último disco y ya se sabe que Serrat suele situar al final de sus discos la canción que más le gusta.

   “De cuando estuve loco” se reveló espléndida en directo con una musicalidad que demuestra que Serrat sigue siendo capaz de ofrecer nuevas lecturas melódicas de enormes sugerencias con la mirada sensitiva puesta en el sur que tanto moviliza el alma de sus canciones. Aquí la guitarra de David Palau se incorpora con maravillosos resultados.

   La apoteosis llegó, como es norma y como establece el clímax de todo recital, al final. Volví a echar en falta algo más de riesgo en la recuperación de canciones clásicas. Lamentablemente faltó “De cartón piedra” que la lleva incorporada en el repertorio de esta gira. Fueron infaltables “Hoy puede ser un gran día”, “Cantares”, “Lucía” -de nuevo en esa comunión hermosa de la voz de Serrat dialogando ejemplarmente con el piano de Miralles- y el cierre con “Aquellas pequeñas cosas” con Serrat a solas con su guitarra en medio de una marea de sentimientos agolpados que terminan estallando.

   Mención especial vuelve a merecer la cuidadísima escenografía y la iluminación que crean una atmósfera acertadísima en cada uno de los temas. Forma y fondo que se entrelazan con primoroso efecto. Puede ser un detalle de menor importancia pero el único punto gris habría que buscarlo en el vestuario de Serrat que ha abandonado la elegancia de anteriores giras por un terno poco favorecedor que ciertamente choca porque Serrat ha cuidado en los últimos años su presencia en escena.

   Recital, en definitiva, memorable donde Serrat volvió a demostrar que sigue estando en primera línea en la canción que se hace en este país y que no es pasado esplendoroso sino afortunadamente presente trocado en auroras que citando a García Lorca parecen que no van a acabarse nunca. Y que sigan fulgiendo esas auroras hechas canción y temblor por muchos años. Y que nosotros, los de siempre y los que seguirán viniendo, lo podamos seguir viendo.


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