Concierto en Madrid el 8 de Diciembre de 2002

Texto de Manuel Moreno (Madrid)




“la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro”


   Llegados a este punto, podemos concluir que quien haya desvirgado su inocencia musical y poética en un concierto de Serrat no precisa de cronistas de tres al cuarto como yo que le intenten explicar lo inefable. Azuzado no obstante por el bey de las bibliotecas serratianas y habiendo adquirido tamaño compromiso ante numerosas personalidades, procederé a cubrir el expediente, como un pequeño personajillo de Gulliver, sabedor de la altura de la suela de los zapatos de Luis García.

   No digo yo que mi enfermedad pueda acogerse a excusa alguna. De hecho, tenía las entradas compradas casi dos meses antes... Pero esta vez me he "pegao" una auténtica panzada: “6 conciertos 6” seguiditos como miuras encastados. Y a 40 euros de vellón (o dólares, para que los del otro lado del charco hagan mejor las cuentas y resuelvan disputas pecuniarias). No sé a cuánto estará ya una asignatura de Farmacia, pero entre esto y los remasterizados seguro que he pagado media, con prácticas incluidas.

   Digamos que la sarna aunque pique, sigue gustando igual. Uno, en fin... ya se sabe... acude esperando alguna joyita descolgada como si tal cosa, llevando cariños de la mano, compartiendo intimidades... Porque acudir solo a un recital de Serrat es una práctica onanista que no se disfruta igual. Con los años, gusto de acompañarme de oídos inmaculados, porque las loas son más contundentes y parece que lo valorasen más. Dicen que las conversaciones de los quirófanos mientras los médicos trabajan, rematarían al paciente. Algo así sucede entre "eruditos" después de un concierto: sencillamente lo destripamos. Bueno, forma parte del ritual.

   Poco puedo añadir a lo ya comentado por otros compañeros cronistas. Dejadme exponer simplemente algunos hechos que acontecieron el domingo.

   Podría pensarse que es mucho más difícil que a Miralles se le vaya una nota en “Cantares” que a Serrat le dé por cantar “Helena” estando Paco y yo presentes. Pues bien, apuesta nuevamente perdida, porque sucedió lo primero, pero no lo segundo. La eterna decepción, trae a veces sus contrapartidas, porque tener a ese "peazo" músico a menos de cuatro metros, y verle y oírle trabajar durante dos horas es un lujo que siempre compensa, y más si interpreta a su modo, tal vez premeditadamente.

   Otra alegría añadida es que no sacó “África” al escenario. Por lo demás, recalco las alabanzas de “Señor de la noche” y las recuperaciones magníficas de “Defensa de la alegría” y “Hoy puede ser un gran día”.

   Pensaba yo titular la crónica "Nueva traición", "Seis días sin Elegía", o tal vez "Helena va a costarte caro". Pero posteriores acontecimientos me hicieron cambiar de opinión. No es que yo vaya ya a los conciertos a escuchar un sólo tema... pero casi. Digamos que ha habido noches, muy contadas, que han merecido la pena por una sola canción. Y por probabilidad, y además con petición de por medio, pensé que obraría el milagro. Y éste llegó, aunque no en la forma esperada, sino con un clásico en el repertorio. Lo que durante tantas noches durante años fue un “Pare” amigo y compañero pero previsible, esta vez arrasó los rostros de los más duros.

   Comentábamos tomando unas cañitas a la salida, con Paco y el autocar de Huelva que se trajo (las buenas compañías), que uno ya nunca sabe si el último concierto al que asiste será el postrero. A juzgar por lo del domingo, pareciera que eso fuera algo muy lejano. Derrochó voz templada y potente, como hacía mucho tiempo. Y también sentimiento.

   Porque emociona cuando yerra, cuando improvisa, cuando baña la lengua en corazón... porque algunos notamos (no es jactancia sino constatación humilde que sólo dan los años de seguirle y perseguirle) aún sin necesidad de verle más de una vez en la misma gira, cuando lo que suelta está en el guión o brota directamente de su pecho partido. El domingo, algunas mejillas sabían a agua y sal, como el mar... y perfumaditas de brea.


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