Concierto en el Teatro Gran Rex de Buenos Aires - 14 de Enero de 2003

Texto de Claudia Franco (Buenos Aires)




SENTIMIENTOS EN LA BOCA


   El teatro se pone en penumbras a las 21:45. Aparecen los músicos, una breve introducción y allá entra Serrat. Las paredes se estremecen y arranca con su “Bendita música”. Le sigue “La bella y el metro”. Saluda al público y nos agradece que estemos allí. Le siguen “Benito”, “Sin piedad” y “Muñeca rusa”.

   Con un sentido del humor a flor de piel, presenta a sus músicos. Cuando saluda Miralles, el aplauso fue cerrado. Le seguirán “Los fantasmas del Roxy”, “De cuando estuve loco”, “Llanto y coplas”, “Defensa de la alegría” (uno de los momentos de mayor emotividad), “Los recuerdos”, “Señor de la noche”, una hermosa canción en catalán del siglo XVIII “Canción del ladrón”, “Es caprichoso el azar”, “Mala racha”, “Dondequiera que estés”.

   A continuación despista al público con una particular introducción de “Hoy puede ser un gran día”. Intenta cerrar el espectáculo con “Fiesta”, por supuesto no lo dejamos. Regresa con “África” y después llega “Cantares”. Se despide. No hay caso, cede ante nuestro reclamo y allí está de vuelta. Ahora es el turno de “Penélope”.

   Saluda, tira besos por doquier, pero su público, al grito del consabido "Una más y no jodemos más...", lo invita a regresar. Él, complaciente y respetuoso de su gente como siempre, accede una vez más. Le siguieron “Lucía”, “El último organito”, “Pueblo blanco” y “Aquellas pequeñas cosas”. Ahora sí, con todo el dolor, esta vez sí, lo dejamos ir después de disfrutar de 26 maravillosas canciones y dos horas y media de alegría compartida.

   Capítulo aparte merece el excelente trabajo del iluminador Oscar Gallardo que lograba siempre los climas adecuados en los momentos correctos. También vale destacar la labor de los encargados del sonido: fue impecable a lo largo de todo el concierto. En lo que se refiere a lo estrictamente musical la dupla Serrat-Miralles es brillante. Volvimos a disfrutar del Serrat clásico con el que crecimos. Me fui del teatro pensando que estuve disfrutando de las canciones de Serrat en una reunión de amigos.

PERLITAS:

   Mientras esperaba para entrar volví a comprobar la eficacia de lo que yo llamaría “el embrujo del Serrat". Entre el público podían verse tres generaciones (abuelas/os, madres/padres y nietas/os), hombres con trajes impecables y mujeres con peinados de peluquería, gentes con reminiscencias hippies, personas recién salidas de sus empleos, amas de casa, profesionales y la lista podría seguir. Es poco frecuente ver este fenómeno con otros artistas.

   Fue una noche por demás calurosa. La temperatura rondaba los 30 grados. El aire acondicionado no daba abasto. Todo era bueno para abanicarnos. Sin embargo Serrat cantó todo el recital con su saco puesto. Asombroso.

   Como es habitual en cada una de sus presentaciones, la gente le acerca al escenario cartas, flores, osos de peluche. Esta vez le acercaron una bolsa plástica. Serrat la levanta, mira su contenido y se sorprende. Se pone de espaldas al público y ahora mira con más detalle. De pronto gira y dice al alguien del público: “¡Señora, que hay menores en la sala!”. Apoyó la bolsa sobre el piano y siguió con el show. ¡Mi reino por saber que abría ahí dentro!

   Alguien del público lo invita a quedarse a vivir en Argentina. Serrat no escucha bien y pide que le repitan. Me pongo de pie y yo le grito que se quede a vivir con nosotros. Su respuesta fue: “¿Entonces para que hacen tanta cola para pedir el pasaporte?”. Una vez más logró el milagro: que yo enmudeciera.

   Me acerqué hasta el garaje para verlo irse. Otras quince personas tuvieron la misma idea. Me encontraba parada frente a la camioneta que lo trasladaría. Cuando sale Serrat, estiro mi mano para estrechar la suya. LO CONSEGUÍ. Eso sí, debí parecerme a los insectos que hay en las rutas, ya que terminé prácticamente aplastada contra el parabrisas. No importa, valió la pena.

   No creo que a Serrat le queden dudas de cuanto lo amamos. Desde que pisó nuestro aeropuerto de Ezeiza las muestras de cariño fueron innumerables. Como ejemplo, fue conmovedor ver a un hombre de aproximadamente la misma edad del Nano que le sale al cruce en el aeropuerto, lo abraza y le dice: “¡Vos tenés que ser inmortal!”. Serrat entre agradecido y sorprendido le responde con un argentinísimo: “¡No jodás!”. No hace falta.

   Es cierto que tenemos muchos defectos como sociedad, pero evidentemente hay uno que no tenemos: No nos olvidamos de aquel fiel y entrañable amigo que nos abre su corazón y nos permite entrar en él.


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