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Concierto en el Teatro Gran Rex de Buenos Aires - 16 de Enero de 2003
Texto de Carlos Salerno (Buenos Aires)
Cosecha diciembre 1943: Beber con alegría
Cuando en 1972 realizaba sus tempranas presentaciones en los carnavales porteños, Serrat no bordaba el escenario como hoy en día. Enfundado en sus parcos trajes de terciopelo, caminaba unos pasos hasta el centro de los improvisados escenarios; micrófono en mano, realizaba nueve o diez canciones, prácticamente sin saludar al público, tanto en su entrada como en la salida del recinto o estadio de turno. Ritmo al tempo del Rey Momo, de dobles presentaciones en una misma noche. Época de crisis y saturación para el joven cantautor.
Han pasado más de treinta años, “febril la mirada” uno busca, en los recuerdos, aquellos años primeros. Hurga en la memoria. Finalmente sopesa aroma, color y cuerpo; antes de probar el sabor, compara. Como un buen vino debidamente reposado, llega el momento de escanciarlo en las noches calurosas de Buenos Aires. Es costumbre, entre los buenos catadores porteños, elegir el Gran Rex como el recinto donde habrá de celebrarse la ceremonia ritual. La gran sorpresa no es encontrar un mayoritario público femenino dispuesto a probar el bouquet, se está acostumbrado a verlo; pero cuando el degustador del buen vino también es un público más joven, llama la atención. Si sumamos que lo aguardan fervores, ovaciones, afectos y una gran avidez por su presencia, con seguridad, podemos aseverar que el tiempo de añejamiento ha sido el necesario, que es hora de probar el resultado. Y, en este ensayo de años (ensayo para la vida), Joan Manuel Serrat ha aprendido a bordar el escenario, a dosificar fuerzas, a servirse de pequeños trucos y artimañas (como lo confesara en la última conferencia de prensa) para que el público pueda disfrutar de la fiesta.
“Ocupen su localidad y presten todos atención, a punto está de levantarse el telón” (Joaquín Sabina)
Los telones no abundan en la carrera artística de Don Joan Manuel Serrat. Seguramente prefiere ese golpe inefable que produce, en una noche de enero, la brisa en el rostro. Brisa semejante a la “Bendita música” que prosiguió a la introducción de Ricard Miralles y su especie de orquesta de cámara, como la definiera Alex Hernández, uno de sus músicos.
Bendita música como un agradecimiento a la vida que, como bumerang, le devuelve una nueva oportunidad de hacer aquello que más le gusta al coherente catalán: hacer canciones y cantarlas. Le siguieron, “La Bella y el metro” - en su condición de voyeur-. Luego, el saludo a su público: “Buenas noches a todos, menos a uno… Buenas noches a todos y bienvenidos todos a su casa, en nombre del Sr. Cordero y el nuestro propio les damos la bienvenida a esta histórica sala del Gran Rex, donde tantos artistas de renombre han pasado… Y, por encima de cualquier cosa, quede constancia de nuestra gratitud, al Sr. Cordero, a los artistas que pisaron el escenario y a todos ustedes que han decidido invertir esta noche de su vida, esta noche única e irrepetible de sus vidas (“único sos vos”, una voz femenina replica desde la platea) han decidido invertirla y compartirla con nosotros…” Saludo que precedió a “Benito” para demostrar, por primera vez en la noche, cómo debe bordarse el escenario. Tantas veces despojado de sus calcetines, otra vez Benito se empeña, afortunadamente, en volver de la mano de un Serrat histriónico, simpático y hasta cruel con esos pies que quedarán nuevamente desnudos a merced del río que sigue creciendo…
Con Benito ya a merced de las aguas, Serrat ataca con “Muñeca Rusa”. Seguidamente, los acordes de “Los Fantasmas del Roxy” como base de la presentación de los músicos. Serrat apela a un largo y ameno monólogo: “Por lo general el vocalista de la orquesta, en este caso un servidor de ustedes, acostumbra a presentar a los componentes de la banda cuando el espectáculo está próximo a finalizar, forma parte de alguna manera de la trama, yo no quiero esperar. No es que… La verdad no es que tenga dudas acerca de terminar el espectáculo, lo he conseguido siempre, a lo largo de muchos años, no creo que hoy vaya a cambiar; pero, saben, por si acaso, ¿no? por lo que puta pudiera, ¿no? Uno a medida que avanzan… yo me entrego y la conmoción y el cariño del público, la borrachera de los aplausos… que, en fin, que se me puede ir el santo al cielo; aunque la verdad es que no creo; no, no creo que se me vaya el santo a ningún lado: hace años que se me fue el santo. La verdad es que no lo echo de menos tampoco; es otra vida, distinta… sin santo. O sea que no sé pa’qué mierda lo celebro. Y, también, yo quiero presentar a los compañeros pronto, porque en esta vida es bueno que todo el mundo sepa con quién está pasando la noche o, como mínimo, cómo se llama. O sea, respetable y estimado e imprescindible público, es para mi un honor y privilegio compartir este escenario con…” Los aplausos para los músicos fueron sostenidos y fervorosos; pero Ricard Miralles, como era de suponer, se llevó el mayor estruendo.
“De cuando estuve loco”, composición a la cual muchos atribuyen un estilo “sabinero” en la letra, continuó en el programa. La guitarra electroacústica reemplazó a aquélla de tinte flamenco que se escucha en la grabación de “Versos en la boca”. Una precisa versión, donde “el vocalista de la orquesta” presentó una voz más fresca que en la original de estudio.
Seguidamente, Serrat realiza dos invocaciones: un llamado a los orígenes, a las fuentes que lo han enriquecido; y, en los versos de Benedetti, una invocación a la vida.
Fue un set musical que alcanzó grandes momentos de emotividad, tanto por los temas escogidos como por la interpretación de Serrat, quien entregó una de las más sentidas interpretaciones de la noche en “Defensa de la alegría”:
“A lo largo de muchos años me dio siempre por poner música a algunos versos ajenos, quiero decir que esto es una constante a lo largo de toda mi producción discográfica; con mayor o menor fortuna, pues, musiqué algunos versos de Machado, de Miguel Hernández, de Joan Salvador Papasseit, de Mario Benedetti, y de muchos otros. Esta noche me gustaría, parafraseando aquí los versos de Miguel Hernández, decir aquello de “a las aladas almas de las rosas/ del almendro de nata te requiero”, y les requiero que vengan a compartir este escenario como han compartido tantos magníficos años de este oficio mío, ayudándome tanto en el camino. Para estos conciertos hemos preparado un poema de Machado, “Llantos y coplas a la muerte de Don Guido”, y otro poema de Mario Benedetti, la “Defensa de la alegría”. Muchas gracias.”
Fue en la interpretación del poema de Benedetti cuando Serrat descerrajó su mensaje al público argentino: al borde del escenario, extendiendo los brazos, cantando para la platea, levantando la vista hacia el pullman, predicando la necesidad, la indispensable necesidad de defender, aún en estos magros tiempos, la alegría.
Como un quiebre necesario, le siguió, quizás, la mejor composición de su último trabajo: “Los recuerdos”. Si bien Serrat se mostró exultante en “Defensa…” y emocionado a lo largo del show, no permitió que los aplausos lo cobijaran, y se retiró brevemente entre bambalinas. El programa continuó con “Señor de la noche”, otro de los grandes temas del álbum, donde Ricard Miralles descolla en los arreglos y alcanzan su máximo logro.
Alguien del público le grita “genio, hace años que lo digo”; otro, “vamos, maestro, vamos”; y luego el tan repetido “grande, Nano”... “Un gusto… desahóguense. Todo lo que sea para bien de la salud, vale. Es muy importante, no somos nada sin salud, con salud a veces tampoco. La “Cançó del Lladre”, es la que sigue. “Canción del ladrón”. Es una canción popular catalana de siglo XVIII, que los estudiosos agrupan dentro del conjunto conocido como canciones de bandoleros. Todas, más o menos, a caballo entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Todo esto se lo cuento porque este concierto aspira a ser algo cultural ¿no? Algo que pueda contar cuando salgan de aquí ¿no? Pues cantó una canción popular catalana del siglo XVIII. Eso da dique, entienden. Es curioso ¿no? que hubiera tantos bandoleros en el XVIII; probablemente había, más o menos, como doscientos, quizás proporcionalmente ahora más. Bueno, ahora porque nos afecta directamente y seguramente porque son otro tipo de bandoleros. En primer lugar, a los bandoleros del siglo XVIII el pueblo les escribió canciones, y, aparte, tenían la delicadeza de desvalijar a la gente con la cara tapada, iban embozados, a diferencia de nuestros contemporáneos que son muy pocos delicados en ese sentido... La canción cuenta, en primera persona, la vida y prodigios de uno de estos bandoleros, desde su tierna niñez hasta su final en el cadalso, pasando por algunos momentos brillantes de su anecdotario; entre ellos, el asalto a un mercader muy conocido, al cual desvalija - evidentemente para eso lo asalta -, y también el robo a una muchacha; bueno, el robo de una muchacha, a la cual, según sus propias palabras, roba con falsedades, prometiéndole matrimonio. La verdad, dijéramos, como argumento se sostiene poco ¿no? O bien la muchacha era un poco pelotuda, o era muy viva. Hoy en día, esto la verdad no funciona. Bueno, respetable público, vamos a cantar, que para eso estamos aquí…”. Si quien escribe tenía algunos prejuicios sobre esta canción, debe confesar que el tratamiento que se le dio fue brillante. La introducción de piano y violín fue realmente soberbia.
La noche continuó con “Mediterráneo”, una versión con apoyo de saxo. El teatro estalló nuevamente en un fervoroso aplauso, y hasta volvió a escucharse desde la platea “Dios”. Esta vez no hizo preámbulos mencionando a Noa, y atacó directamente con “Es caprichoso el azar”. Le continuaron “Disculpe el señor” (el día anterior había escogido “El último organito” en su lugar), “La mala racha”, “Dondequiera que estés”, “Hoy puede ser un gran día”, una versión diferente, donde hizo más lento tramo de los primeros versos, para retomar el ritmo habitual de la canción inmediatamente; “Qué sería de mí”, “Fiesta”, donde ya se anunciaba, como era de suponer, el principio del final. En el estadio anterior a los bises, sentado en su taburete, brindó primero “Sin piedad” y luego “Cantares”, donde permitió la complicidad del público en el estribillo.
Y llegaron los bises: “Pueblo blanco” (esta vez, nadie cortó el clima final de la canción, como ocurriera un par de días antes); “Lucía”, “Penélope”. Serrat se retira del escenario para el repetido juego de la demanda: la gente de pie, aplaudiendo y vivando durante un par de minutos, lo trae para que, a solas con su guitarra, termine la noche con “Aquellas pequeñas cosas”.
Una noche donde se vio a un Serrat visiblemente emocionado en algunos momentos; entero, pese al cansancio; aclamado por un público enfervorizado de manera; aplaudido y vivado hasta por algunos de sus músicos; sostenido por Ricard Miralles por instantes; bien porteño en varios pasajes del recital.
Y el público, que previamente a “Aquellas pequeñas cosas” había prometido la archiconocida “una más y no jodemos más”, volvió nuevamente a vivarlo, a aplaudir durante minutos pidiendo su presencia, sólo para una última despedida:
Ya sin su saco, se asomó y caminó unos pasos hacia un costado del escenario, para brindar el saludo final, en la última noche de esta primera etapa en Buenos Aires, para dar la puntada final al bordado que comenzara algo más de dos horas antes. Porque Serrat no posee, por razones obvias, la voz de antaño; porque debe esgrimir artimañas de zorro viejo para capear los años, pero es indudable que cada día lo borda mejor, y sus cómplices lo saben. La borrachera post recital es cosa de otro relato, más cuando el buen vivo pasa la prueba de la catadura.
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