Concierto en el Club Patronato de Paraná - 26 de Enero de 2003

Texto de María del Pilar Mestres (Paraná)




Para quien nació frente al mar...


   Paraná se había preparado intensamente durante tres meses para recibir por primera vez a Serrat. Y toda ella estuvo “a punto” este domingo 26 de enero para que el concierto fuera de lo mejor.

   Amaneció un día de verano inimaginable: cielo límpido, temperatura agradable, el río manso resaltaba la verdura de las barrancas de mi ciudad e invitaba a navegarlo... Tal vez lo hiciera nuestro personaje, al menos eso me pareció entenderle cuando dijo “para quien nació frente al mar, estar junto al agua, junto a tanta agua, y tan bellos parajes, realmente ha sido un día de fiesta que termina con una fiesta hermosa”.

   Y llegó la noche, fresca y estrellada, complemento inmejorable del escenario que se había levantado en la cancha de fútbol del Club Patronato, donde estuvimos -sin dificultad alguna- las 7.000 personas que elegimos pasarla con el catalán.

   Anunciado para las 21 horas, los músicos ingresaron al escenario a las 21,15, comenzando los juegos de luces de colores en las ocho columnas que -con un fondo negro que las resaltaba- fueron la compañía perfecta para las melodías que íbamos a gozar. Minutos después, por la derecha, hace su aparición Joan Manuel, con su “uniforme” de esta gira: pantalón y chomba negra y saco gris claro.

   Minutos antes el intendente le había entregado -fuera del escenario que es solo suyo- la copia del Decreto Municipal número 28 por el cual se lo designaba Huésped de honor de la ciudad.

   “Bendita música” fue la pionera, pasando imperceptiblemente a “La bella y el Metro”. Notábase la huella que ¿el tiempo?, ¿el cigarrillo?, ¿el alcohol? han dejado en su voz, percibido tal vez solo por quienes lo hemos seguido desde siempre, porque David Palau, Alejandro Terán, Francisco García, Alex Hernández y Ricard Miralles supieron salvar la falla con habilidad, mostrando su calidad e integración grupal.

   Primer descanso. Saludos y agradecimientos iniciales, donde no faltó aquello de: “...estamos muy contentos de estar en tierras entrerrianas, aquí en Paraná -aplausos- No aplaudan. Eso lo decimos siempre. En todos los conciertos yo siempre digo donde estamos, lo importante es acordarse de dónde uno está, pues hay veces en que uno, pues... ¡si confundes el lugar es terrible!”, lo que le acarreó muchos más aplausos.

   Predispuesto a escuchar lo que el público le decía con silencios expectantes, el concierto se encaminaba por un lugar especial. Serrat estaba como en las mejores épocas, entregado al público. Parecía que había perdido por algún lado ese mal humor con el que otras veces nos hizo sufrir.

   “No hago otra cosa que pensar en ti” y “Muñeca rusa” habilitaron el segundo descanso, para las presentaciones: “Por lo general, por lo que uno tiene visto, el vocalista de la orquesta -es decir yo en este caso- acostumbra a presentar a los componentes de la banda -o sea estos caballeros- cuando el espectáculo está próximo a finalizar. No se preocupen, este no es el caso. Yo prefiero anticiparme. No porque tenga la menor duda de que el espectáculo va a llegar brillantemente a su fin, sino más bien, porque... miren, yo soy de los que creen que lo que está hecho, está hecho y no quisiera olvidarme de algo tan importante como es presentar a mis compañeros. Es que a medida que esto va avanzando, pues... uno, ¡qué quieren que les diga!, se va perdiendo en los vapores de su cariño, en la borrachera de los aplausos... Bien pudiera ser que se me fuera el santo al cielo. Aunque la verdad, a mí, el santo es difícil que se me vaya a ningún la’o, porque hace mucho tiempo que no sé dónde lo perdí. Y no obstante, quisiera decirles que esto lo hago, sobre todo, por una cuestión de respeto, a Uds., porque siempre es bueno saber con quién está uno pasando la noche, o como mínimo, saber como se llama”. Dicho esto, el clima fue de absoluta intimidad.

   Los acordes del piano del maestro Miralles -a quien calificara como quien los sometía a un estricto control de calidad- nos llevaron hacia “Los Fantasmas del Roxy”.

   Tomó su guitarra -acompañado solo de piano- y regaló “De cuando estuve loco”. “Señor de la noche” lo mostró cansado y habilitó el tercer descanso.

   “Ponerle música a poemas de otros me pareció desde que empecé a escribir canciones, una manera hermosa de contar aquellas cosas que uno quería contar y alguien lo había dicho con palabras tan hermosas. Así me animé y le puse música a algunos versos de Machado, otros de Hernández, de Mario Benedetti o un poema de León Felipe y algunos otros. En fin, con mayor o menor fortuna, muchos han sido los intentos de convertir en canción hermosos poemas. Esta noche hemos preparado para este concierto un poema de Antonio Machado “Versos y coplas a la muerte de Don Guido” y otro de Mario Benedetti “Defensa de la Alegría”.

   Hizo aquí la mejor defensa de la alegría que he visto. Cantó con alma y vida. Todo su cuerpo parecía apostar a esa defensa. Sumamente expresivo, sus manos y su rostro especialmente, fueron la muestra cabal de lo que estaba diciendo. Inmejorablemente apoyado por sus músicos y las columnas luminosas.

   Y después de tanto desgaste, el ritmo bajó para “Los recuerdos” (acompañado con un solo de piano) y “Penélope”.

   Una escapada fuera del escenario (¿) permitió el deleite del grupo de guitarra, saxo, batería, bajo y piano que lo acompaña y regresó anunciando que cantaría en Catalán “Canción del Ladrón”. “Es una canción tradicional del siglo XVIII y no quisiera que vayáis a pensar que narra una historia contemporánea. Resulta que esta canción forma parte de todo un legado de canciones que los musicólogos aglutinan en lo que llaman “Canciones de bandoleros” todas ellas aparecidas a caballo de los Siglos XVIII y XIX. Parece ser que era una época muy abundante del negocio del bandolerismo. Sí..., ahora también..., está bien. Esto va con el ser humano -dijera Borges-. Pero hay diferencias mire Ud., hay diferencias. Porque a los bandoleros del Siglo XVIII el pueblo les escribía canciones, ahora como mucho les escriben pintadas en las paredes. Y hay otra diferencia muy sustancial, que es que los bandoleros del Siglo XVIII eran gente delicada, que tenían el buen gusto de asaltar y desvalijar a la gente con la cara tapada, cosa que actualmente no sucede, sino que reinciden y a cara descubierta”. Y explicó “de qué va la historia” (muy pocos en Paraná saben Catalán), cantándola acompañado magistralmente por Miralles y Terán al violín.

   A esta altura parecía que “el maestro” había llegado al momento mejor, pues casi sin interrupción alguna (salvo otra escapada fuera del escenario) nos entregó “Mediterráneo”, “Es caprichoso el azar”, “Disculpe el señor”, “La mala racha” (con coros de Paco García y de David Palau), “Dondequiera que estés” -yo recordé a mi amiga Alicia-, “Hoy puede ser un gran día”, “Qué sería de mí” (con solos de violín y bajo) y, como siempre, para marcar el final: “Fiesta”.

   Nadie iba a permitir que se fuera. Los osados de siempre que se arrimaron al escenario le arrojaban vestimentas (abrigos, chalinas, etc.) y tomando algunas para devolverlas inmediatamente a sus dueños, dijo “Hay que asumir que uno se está poniendo viejo, antes me tiraban ropa interior”. Como por arte de magia aparecieron una bombacha -con un mensaje escrito en ella que leyó y contestó riendo con complicidad con un “yo también”- y un corpiño -respecto al cual comentó al devolverlo “linda talla”-. Y pretendiendo finalizar llegó “Sin piedad”. El bis insistente y el cerrado aplauso nos lo devolvieron, con “Pueblo blanco” y “Lucía”.

   Todo el estadio de pié y aplaudiendo durante minutos larguísimos, lo obligó a regresar con nosotros. “Muchas gracias. Ya les dije cuando empezó el concierto que esto iba a terminar en una fiesta maravillosa, sabía que Uds. me iban a hacer disfrutar de esta noche y la verdad es que para mí la música es mi oficio, pero es un oficio cargado de placeres y -como todos los placeres- solamente es realmente gustoso, cuando es compartido. Yo quiero agradecer que me hayan permitido disfrutar de mi trabajo cosa harto difícil en esta vida”. Como para sostener el clima de intimidad lanzó: “Quiero agradecer especialmente a la muchacha que arrojó las bombachas porque debe estar pasando un poco de frío” y con “Aquellas pequeñas cosas” pareció querer abrigarnos.

   Dos ingresos más ante un público que pese al frío de la noche no se iba, nos permitió oírlo en “El cigarrito” y “para que la cosa no quede renga con una canción chilena... voy a hacer para ustedes “El último organito”.

   Y fue la última. Pese al reclamo de otra y muchos más aplausos, no regresó. Estuvo con nosotros durante dos horas y media.

   Paraná se quedó con la presencia de Serrat en sus anales. Y yo con su voz sonando en mis oídos...


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