Concierto en el Velódromo de Montevideo - 28 de Enero de 2003

Texto de Alicia Oschendorf (Montevideo)




MUÑECA RUSA


   Voy a incurrir en un lugar común: cuando una va a ver a Serrat, va acompañada de todas las que fue, las dieciséis o dieciocho, tal vez veinte veces anteriores. Desde la estudiante con acné que tampoco se sentía extranjera en ningún lugar, a la casada y mayor de edad que hacía malabarismos para acomodar horarios, papillas, y hacerle sitio al concierto. Mientras la gente sigue entrando pasan por el recuerdo aquellos trajes de terciopelo lila o las camisas con arabescos estampados de un lado solo que lucía ese con quién sueña su hija, ese ladrón que os desvalija.

   Pasan promotoras y acomodadores, camarógrafos, y también distintos escenarios, y como en el metro una los ve: abiertos, cerrados, teatros, Estadios Centenarios repletos y con encendedores que alumbraban noches sin luna, Palacios Peñaroles donde más allá de la sexta fila no se entendía si cantaba en catalán o en castellano; buenos y malos sonidos que no hicieron mejores ni peores nuestros recuerdos. Pasan también los esfuerzos que una hacía por relacionarse con ese panadero catalán que era la única posibilidad de saber qué quería decir "Ella qui sap on és/ ella qui sap on para/ la vaig perdre i mai més he tornat a trobarla..."

   Una introducción murguera presagiando el febrero cercano acompañó la entrada del público que fue lenta. Diez al toque, compuesta por ex integrantes de Araca la cana y Contrafarsa, con la rara particularidad de contar con dos mujeres entre sus integrantes, tuvo el dudoso honor devolver los teloneros a los conciertos de Serrat. Creo que desde Camilo Sesto allá por el ’73, no hubo. Buenísima la murga, pero el público no estaba en condiciones de atender su arte y pasadas las dos primeras canciones la ansiedad se palpaba en el aire.

   Ocho columnas, cinco músicos, veinticinco canciones, y dentro de él se esconde otro que es como él, pero no es, y en ese otro se oculta otro, que esconde otro a su vez. El casi sexagenario cansado y con poca voz sabe sacar de adentro al que sigue teniendo veinte años y aún se le dispara el corazón por un instante de amar. Logra dejarnos ver debajo del elegante saco gris que aún vive aquel que se vestía de barricada. Va del “Señor de la noche” a “Hoy puede ser un gran día” y de “De cuando estuve loco” a “Aquellas pequeñas cosas”.

   Todo empezó pasadas las diez de la noche. En las primeras canciones le notamos la voz opaca y un poco cansada. Luego vemos que como un alquimista, mide, calcula y elige cuando lucir las reservas, como hace siempre con esa contenida seducción que siempre llega al punto justo. Conmovedora versión de “Llanto y coplas a la muerte de Don Guido”, que con Miralles luce tan igual a sí misma. Solo le faltan las patillas aquellas. En “Defender la alegría” olvida todas las opacidades y cansancios para lograr una versión que por su fuerza renueva y mejora lo que dice el texto. “La mala racha”, gana muchísimo en vivo y luce más arriesgada que en el disco.

   Luego de “Los Recuerdos”, salió apuradamente del escenario (¿la próstata?) para volver con “Penélope” que perdió los dejos tangueros del bandoneón de Mercadante y se parece más a la de siempre. Habría que ver si ella nos reconoce a nosotros o se queda sentada en su banco de pino verde.

   El listado se conoce y remarcar las preferencias siempre es arbitrario. Así que solo voy a señalar que una querría que cada canción tenga su doble, como Tarrés. Echa en falta un reencuentro con “Cuando me vaya”, con “Helena”, o “Amigo mío”, pero sabe que son inevitables y siempre disfrutables “Mediterráneo”, “Lucía” o “Pueblo blanco”. “Mediterráneo” porque siempre es igual y diferente a la vez y “Pueblo blanco” porque conserva más que ninguna la identidad y el rigor del primer día.

   Finalmente, destacar el violín de Alejandro Terán en “La cançó del lladre”, la guitarra, el alma y el humor de David Palau, especialmente en “La mala racha”, pero estuvo siempre al tope. Y también el contrabajo de Alex Hernández y el renovado look del maestro Miralles que ya no se viste de músico formal y agregó una parte de clarinete tan genial como sorprendente a “Fiesta”. ¿Y qué hace Paco García detrás de ese biombo transparente?


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