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Concierto en el Teatro Gran Rex de Buenos Aires 2 de Febrero de 2003
Texto de Marina Contardi (Buenos Aires)
UN ABRAZO-SALVAVIDAS
Primero: es un dato de la realidad que estamos en el Titanic.
Segundo: el capitán nos comunicó que ya chocamos con el iceberg.
Tercero: el primer oficial avisó que ya no hay más botes salvavidas.
Cuarto: el navegador advirtió que la temperatura del agua es gélida.
Quinto: el representante del armador nos notificó que se nos devolverá el importe de los pasajes... en patacones...*
Y frente a esa realidad, el Nano salió a escena a las 22.00 del domingo 2 de febrero en el Gran Rex. Fueron cinco o seis minutos de aplausos cerrados, con el público de pie, sin palabras. Él con los brazos abiertos, recibiendo y dando su abrazo, a modo de tibio salvavidas para el alma. Fue, así, de abrazo en abrazo desgranando las primeras canciones y vino el comentario, el de la lluviosa noche que nos convocaba en el teatro a la que precedieron días de 40 y 44 grados de sensación térmica en Buenos Aires.
Justo esta noche, justo este día, San Pedro descargó una torrencial lluvia sobre la ciudad y a Serrat se le ocurrió decir...“nos han caga’o la fiesta..., pero va bien, va bien...” A bordo del Titanic, hundiéndonos y mojados, la cuestión es que aquí estamos. Y de verdad, va todo bien. Porque Serrat se subió voluntariamente a este barco y ha elegido seguir, si se quiere e in memoriam, el heroico ejemplo de los miembros de la orquesta. Y la orquesta y su voz, sonaron como nunca.
Un poco de versos en la boca, un poco de nostalgia en los perennes e inolvidables “himnos” de siempre, que en la Argentina suenan más veces que el Himno Nacional. Mujeres de todas las edades le han confesado su amor a como dio lugar. Hombres de todas las edades enrojecieron sus manos en aplausos. Y los más jóvenes, desde la popular cantaron junto a la voz que acunó sus sueños infantiles.
Con la humildad que sólo tienen los grandes, el Nano se inclinó a recoger las bolsas con regalos que el público puso a sus pies. Una mujer de unos setenta y cinco años luchó hasta donde pudo por alcanzarle la bandera catalana. No pudo. Pero se quedó ahí, de rodillas casi junto al escenario. Me sorprendí a mí misma haciendo llegar desde la segunda fila mi voz sobre el final de “Lucía” ("y tu sombra aún se acuesta en mi cama con la oscuridad... entre mi almohada y mi soledad...") fuerte y clara “yo te acompaño, amor”, provocando su risa.
¡Qué nos van a cagar la fiesta, Nano! La sala estaba inundada de amor, de un soberano amor de ida y vuelta, de una felicidad profunda, auténtica, rotunda; de ese abrazo tibio que funcionó a modo de salvavidas para cada uno. La sala estaba repleta –al punto que no cabía un alfiler- de gente aprendiendo a nadar. Si hasta David Palau emanaba felicidad con nada nota que arrancaba de las cuerdas y no paró de sonreír de comienzo a fin. Si hasta Serrat tocó solito su guitarra para cantar a medias con el público “Aquellas pequeñas cosas”. Si se fue, volvió, se volvió a ir, volvió a venir, en un vaivén emocionante. Qué nos van a cagar la fiesta...
Todo el público de pie para aplaudir, todos los que pudieron: arrodillados en los pasillos entre las butacas, como en oración, para escuchar, para verlo un centímetro más de cerca. Los había de setenta... pero también de quince. Estoy segura que eso es lo que agradeció silenciosamente, a brazos abiertos, con luces encendidas, mirando hacia arriba, donde los chicos se negaban a moverse de sus sitios. “Una más y no jodemos más”. Él y nosotros sabíamos que era mentira. Absolutamente mentira. Son treinta años escuchando lo mismo en el mismo lugar. Nos hemos visto mutuamente crecer, sufrir, ser felices, volvernos grandes. Ya no podemos engañarnos. Vimos como se llevaron su guitarra. Pero aún seguimos reclamando. Vinieron los músicos por sus instrumentos: señal de que ya no volvería. Sin embargo, a capelas, en una respetuosa e inusual despedida, con la emoción a flor de piel, el público solito cantó “La saeta”, de principio a fin, mientras los músicos emocionados tiraban besos desde el escenario.
Con ese salvavidas para el alma, salimos a la calle y, aunque no sea parte del recital, la fiesta continuó en los bares y pizzerías cercanas al teatro... hasta que, poco a poco, salvavidas puesto, cada uno salió a su mar.
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