“Ya no viene Serrat a la Malagueta”
decía mi hermano.
En Málaga, mi ciudad,
cambiaba escenario El Nano.
Ya no te miro desde mi balcón
ensayando la tarde del concierto,
ni adivino a los otros
si lucirás o no tu traje negro.
Ya no persigo matrículas con B
por los alrededores de la plaza
para verte venir (y no venías),
-claro que ya tampoco tengo yo
los años que tenía-.
Ahora te envuelven los palcos del Cervantes
y las alegorías de un pintor malagueño.
Todo parece más legalizado,
como admitido a un mundo reducido
a mil espectadores de teatro.
Pero ahí suena mejor la que te grita “¡guapo!”
y sus luces reflejan el brillo de los ojos
de un impávido público que se individualiza,
y te imagina docto de aliviar sus locuras,
y te cuenta en dos horas cómo le va la vida,
y tú con tus poemas
le enseñas que no siempre
lo bueno es la cordura.
Y además, tú te encargas de recordar quién eres,
a pesar del solemne teatro que te integra,
recogiendo mi ramo de gran sabor a “yerba”
y poniéndole nombre (y me explotan las sienes).
Y cuando todo acaba
con gesto de cansancio,
agradecido,
como siempre que estás,
sin compromiso,
como pez en el agua,
entre el gentío
de la puerta trasera del recinto,
dices a todos que has de estar tranquilo,
que la salud no siempre está a la altura.
Pero cambian su solidaridad contigo
por su pasión por ti y no te escuchan.
Y mientras dices que quizá mañana…
fotos y bolis pasan por tus manos.
Y firmas sin mirar. Ya es madrugada.
(Acaso más cercano
que un director de banco).
Saliste al escenario
con tu “Bendita Música”
y te dije al oído: “podías seguir así”,
pero me contestaste
que estaba allí mi hermano,
con su mujer “Lucía”,
y que quería escuchar “Mediterráneo”.
Y les pasé el testigo,
y les cantaste fiero,
con la misma frescura
de un último trabajo.
A los poetas, un guiño.
En el disco de Machado
había más que “Saetas”,
(por fin te lo han perdonado)
y nos calmas con Don Guido
y nos exaltas con Mario
y “defiendes la alegría”
en estos días tan trágicos.
Y por si no fuera mucho
nos interpretas “Cantares”
para cantar con nosotros,
(aunque yo compartiría
la de “El Carrusel del Furo”).
Y responsabilidad que obliga
a traernos nuevos hijos
que son “Versos en la Boca”
(¿y cuándo no fueron versos?
¿y cuándo no fue en tu boca?).
Y los mimas, los presentas
a sus hermanos mayores,
a esos oídos que escuchan
con aires renovadores.
Y con respuesta de agrado
a los oídos renovados
los trasladas al pasado
desgarrando tu garganta
con “Penélope” en tus labios.
(¿y si mecieras un poco
al rock’n roll en tus brazos?.
Ya me callo.)
Recabas obras maestras
para estos temas tan serios
que son el mar y la guerra.
Y retrocede la música,
y tu voz ya se adelanta
a traducirnos tu “llanto
a ese mar” que nos desangra,
(ese mágico momento
de traslación de palabras
en que yo desearía
que siguieras traduciendo
o cantando en catalán todo el concierto.
-Dicen que la vida es sueño-).
Pero “Hoy ha sido un gran día”,
y te has traído al “Benito”,
y a ese guapo “mayordomo”
que recuerda a los señores
que llevan en la cartera
junto a un carné que no nombro
la entrada pa tus canciones,
que habría que tener vergüenza.
No vi tanto esta noche
de esos rostros confusos
que miraban tu cara y el techo del teatro
como si fuesen ellos los que os redescubrieran
aunque nunca los encontré sentados
en sillas de madera
de mi plaza de toros.
Buscaba sus vergüenzas, pero no las tenían,
tan sólo pretendían confundirnos a todos.
Anoche no vi tantos de esos tipos duros
(con lo que hubiera dado por ver sus reacciones
cuando te despegaste el lema negro y rojo
y “Algo personal” surgía entre vosotros).
Y se acabó…
tu voz nos dijo que llegó el final,
pero creo que nunca se olvidó
que cada uno es cada cual.
“Dondequiera que estés”
te gustará saber…
QUE TE QUISE OLVIDAR
Y NO HE PODIDO.
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