Concierto en el Teatro Falla de Cádiz
18 de Marzo de 2003

Texto de Luis García (Cádiz)




DE ANTOLOGÍA


   Quien escribe estas líneas no está de vuelta, tampoco lo está el heterogéneo público que Serrat supo congregar en el Teatro Falla de Cádiz donde no hubo concesiones a la nostalgia, donde hubo un recital inolvidable a salvo de los que siguen buscando el Serrat de otro tiempo en los viejos discos de vinilo. Que sigan así, bebiendo sorbo a sorbo el vino dulce y melancólico de lo que ya no vuelve. Serrat volvió a Cádiz con "Versos en la boca", sin comerciar con la citada nostalgia y con una voz espléndida, clara, como pocas veces he tenido la oportunidad de verle, una voz que parece sacudirse el peso inapelable de los años y que llenó de sentimientos y estelas un recital inolvidable. Uno quedó francamente empapado entre tanto fervor, entre tantas muestras de afecto y devoción del público asistente. Cádiz fue especial, fue tango y ternura, mar y lágrimas, seda y licor, lumbre y suspiro para el cantautor. Uno trata de ser objetivo y busqué en los otros, en los que me acompañaban, una opinión meditada para ver si la euforia podía restar rigurosidad a mis palabras. Pero todos coincidían, todos se deshacían en elogios y el cronista se queda sin palabras aunque haya que buscarlas para salvar esta crónica.

   Qué lejos queda este Serrat de aquel otro que a finales de los 60 cantaba en el Cortijo de los Rosales o el que en 1970 pisaba el Teatro Andalucía con camisa de lunares y fondo orquestal o el que en los años 80 dejaba cada verano su sello portentoso en el Teatro José María Pemán en medio de una acústica siempre deficiente, todavía más desdibujada por el viento de levante que a veces aparecía como invitado inesperado. Pintan canas, el paisaje es otro, las miradas también son otras porque los años van dejando el corazón cansado, pasan factura, pero por arte de magia todos esos condicionantes se evaporan cuando este hombre pisa el escenario y lo hace suyo. Sigue siendo hermoso no encontrarse solo, ver tanta gente joven que le sigue y le aplaude, que cantan a Antonio Machado cuando no habían nacido el año que Serrat puso música al poeta sevillano mientras la cátedra -que hoy le rinde pleitesía- se rasgaba las vestiduras. No hay en ellos amago de escepticismo, no hay comparaciones entre el Serrat de hoy y el de ayer. El cantautor del Poble Sec está afortunadamente en uno de sus muchos momentos dulces. Sigo pensando que los años agigantan su figura, que el mito sigue intacto y sigue marcando historia. El mejor medidor es el público que le sigue y le aclama en cada uno de los conciertos. Lo que pasó en Cádiz rebasó en intensidad todo lo previsible. Serrat es Serrat.

   El cantautor catalán desgranó sus espléndidos versos en la boca -lo último de un creador es lo que siempre da la medida de su vitalidad y de sus deseos de seguir aportando cosas nuevas- y los intercambió con sapiencia con el ramillete de canciones de siempre, algunas compuestas en la década de los años 90 donde Serrat ha seguido puntualmente sembrando el camino de canciones memorables.

   Ocho canciones de "Versos en la boca" fueron dibujándose en el aire, perfectamente distribuidas en el recital, siguiendo el esquema más o menos conocido en los últimos recitales con la inclusión de la hermosísima “Plany al mar” -traducida convenientemente "...por si algún gaditano despistado no sabía catalán"- y de “Algo personal”, dos canciones que han vuelto a cobrar actualidad en medio de las catástrofes cotidianas y de la desfachatez de los gobernantes que nos han arrastrado a un nuevo conflicto bélico. Contundente, magnífica, fue la interpretación de "Algo personal", sin panfletos ni preámbulos innecesarios. Serrat siempre ha sabido derramar su mensaje sin demagogias, lejos del espíritu de libelo de otros cantautores con el compromiso puesto en la voz y en la música y con la pegatina del "No a la guerra" prendida en la guitarra, esa guitarra a la que Serrat le dedicara una de sus primeras canciones y que ha sido su poética arma de combate, desde donde ha cincelado melodías magníficas, armonías eternas, amores y sueños que ha ido deslizando sobre la piel del tiempo. Ese compromiso que Serrat siempre ha tenido con todo lo humano volvió a ponerse de manifiesto en un repertorio en el que Serrat fue mostrando las distintas paletas de su arte. El hombre siempre delante, poblando el espíritu indómito de sus creaciones, ejemplar lección posada en la voz de este trovador sin tiempo que sigue siendo, de largo, el mejor cantautor que ha dado este país.

   De "Versos en la boca" quedaron fuera “Sin piedad”, “Así en la guerra como en los celos” y “África”, sin que tampoco se las echara en falta, aunque "Sin piedad" no carece de elementos interesantes en su aproximación jazzística a una pasión destructiva. Volvió a ser espléndida, cargada de fuerza dramática, la interpretación de “Señor de la noche” que abriría paso a “Llanto y coplas” y a “Defensa de la alegría” que volvieron a conformar uno de los momentos fundamentales del concierto. El díptico poético que forman "Llanto y coplas" y "Defensa de la alegría" volvió a ser admirable y perfectamente complementario. "Llanto y coplas" es más llanto y coplas en este sur del que Machado extrajo Don Guido y que ya sabe a primavera, a incienso en las calles, a amores imprevistos y besos que salen de la retaguardia para declararse. Del retrato machadiano hecho voz y música por Serrat a la reivindicación de la alegría en revisión espléndida de un tema que originalmente no poseía la fuerza que Serrat le confiere ahora en sus directos. “La bella y el Metro”, pintura suburbana llena de crescendos y de imágenes plásticas, “De cuando estuve loco”, musicalmente brillante, “Es caprichoso el azar”, pura delicadeza amorosa o “Los recuerdos” son piezas maestras que Serrat cantó de forma excelente. Mención especial volvió a merecerme "Los recuerdos" que llenó de una atmósfera sutilísima el Teatro Falla. Canción que ahonda en las memorias del ayer, en el tapiz de los recuerdos, de un modo muy diferente a "Aquellas pequeñas cosas", canción con la que equivocadamente se la ha relacionado.

   Todo sonó como debía sonar. Las luces se revelaron perfectas ofreciendo el matiz que cada canción precisaba envolviendo a Serrat en diferentes tonos de colores y sombras que ilustraban ejemplarmente el sentido expresivo de cada uno de los temas. Los músicos volvieron a estar a la altura exigible con Ricard Miralles y David Palau como pivotes de un conjunto espléndido, perfectamente armonizado con las intenciones expresivas del cantautor. Hasta el vestuario de Serrat ha recuperado la elegancia característica, los tonos rigurosos y oscuros que hermanan el continente y el contenido. A Serrat se le veía cómodo, controlando los tiempos, dominando el escenario, como es costumbre.

   Aquí en Cádiz juega siempre en casa. Esta ciudad le quiere y le admira. Hubo hasta algún pequeño incidente que sorteó Serrat con esa maravillosa flor de la fortuna que le acompaña: Cantando “Muñeca rusa” -una canción que al igual que “La mala racha” volvió a dar mucho juego en directo- el micrófono se le fue de las manos pero pudo retenerlo sin perder pie en ningún momento. Esto quedó en mera anécdota en medio de un nuevo paseo sentimental e histórico de Serrat por la memoria viva de sus canciones. Estuvieron las de casi siempre -“Penélope”, “Mediterráneo”, “Hoy puede ser un gran día”, “Fiesta”, la siempre coreada “Cantares” o “Lucía”, que fue la que cerró el recital- y otras como “Bendita música”, “Benito”, la recuperada “Disculpe el señor” o “Dondequiera que estés” que lo completaron. Todas dejaron su huella porque Serrat está presente en cada una de sus creaciones porque forman parte del itinerario que ha ido trazando a lo largo de su dilatada trayectoria artística..

   Recital, en definitiva, maravilloso, emocionante, donde no hubo altibajos, donde Serrat no se dosificó como otras veces. Puedo decir que estuvo todavía mejor que en el recital que tuve ocasión de disfrutar en Madrid el pasado mes de diciembre.

   En la apoteosis final de ovaciones, en el intenso y ritual pedido de bises -donde muchos pidieron una "Saeta" que no llegó- Serrat se marcó unos pasos flamencos mostrando ese vínculo que le une a esta tierra que no le es ajena y que siente como propia. Es difícil explicar lo sentido, lo vivido esta noche. Sólo dejo el apunte y la emoción de las palabras. Escribo con la madrugada descifrando mis ojos. Dejo el último suspiro, la última gota de tinta en el papel. Mañana será otro día. Quedará el recuerdo de otra noche memorable donde Serrat volvió a ser el hacedor de ilusiones, el compañero de camino, el dulce reflejo de la vida en el espejo de cada día, el fanal, el eco, el ancho mar hecho verso y melodía, la voz inacabable que tantas veces hemos hecho nuestra, ese torrente de canciones que nos hace, indudablemente, mejores.


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