|
|
Concierto en el Auditorio M. Padilla de Almería 22 de Marzo de 2003
Texto de Eduardo del Pino (Almería)
JOAN MANUEL SERRAT Y SU MANOJO DE HISTORIAS
Dice Serrat que en estos tiempos que corren siempre es bueno saber con quién pasa uno la noche, o como mínimo saber cómo se llama. Por eso prefirió presentar a los músicos nada más comenzar, para que todo quedara como en familia y propiciar ese ambiente de complicidad tan necesario para transitar juntos durante dos horas de concierto y que todos nos sintiéramos como en casa, y con la sensación de que el tiempo había corrido demasiado deprisa.
Serrat regresaba cuatro años después, y como entonces, el Auditorio se quedó pequeño. Esta vez han sido dos días de actuación en los que se ha colgado el cartel de no hay billetes. Muchos se han quedado sin entradas porque antes de salir a la venta ya estaban reservadas las primeras filas, por aquello de los compromisos oficiales del ayuntamiento.
Lo de Serrat y Almería es un viejo idilio que va ya para treinta años. Desde aquel joven veinteañero que debutó en la desaparecida Terraza del Imperial, hasta el Serrat de anoche hay diferencias importantes, pero un trasfondo común que sigue llenando de magia cada una de sus actuaciones.
Tal vez sea su facilidad para manejar el lenguaje, para decir mucho con pocas palabras, para abrir un horizonte de sugerencias con sólo un gesto, sea una cosa u otra, o una mezcla de todas, el caso es que siempre tenemos la impresión de que nos lleva con facilidad a su terreno, que nos mete poco a poco en la faena para terminar entregados y salir del concierto con la necesidad de volver a repetir la experiencia.
Su voz ha perdido fuerza, pero sus palabras siguen llegando con la misma rotundidad y sus historias, lejos de hacerse viejas, cobran más actualidad cada día que pasa.
“Algo personal” es una canción que compuso veinte años atrás y que anoche, mientras la escuchábamos, parecía escrita el día antes. En ella, nos habló de los políticos que se consideran salvadores del mundo, de aquellos que "se arman hasta los dientes en el nombre de la paz y después van a echar toda la mierda a casa de otra gente".
Fue uno de los momentos más emocionantes de la noche. Antes de interpretarla, Serrat cogió su guitarra y le puso la pegatina de NO A LA GUERRA. No tuvo que decir nada, un gesto fue suficiente para levantar al público de sus asientos y que la voz de la gente sonara con fuerza en el Auditorio.
Como artista comprometido, Serrat tampoco dejó escapar la ocasión para invitarnos a volver a vista a las costas gallegas y a los pueblos que han sufrido y están sufriendo en sus carnes la contaminación de chapapote. "Suele pasar que una tragedia se echa en el olvido cuando llega otra", dijo, y "no es bueno que esto suceda", comentó, antes de rescatar otra vieja historia, esta vez en catalán, donde hacía un llanto a ese mar que nos da la vida y al que los hombres desvalijan y envenenan continuamente.
El concierto fue un recorrido por toda su discografía a lo largo de dos horas, con especial atención a las canciones que componen su último trabajo "Versos en la boca".
De las nuevas, destacó la interpretación que hizo del tema “Es caprichoso el azar”, acompañado magistralmente por el piano de Ricard Miralles bajo un juego de luces que le daban a la escena el ambiente adecuado.
Recordó a los poetas Antonio Machado y Mario Benedetti en “Llanto y Coplas por la muerte de Don Guido” y “Defensa de la alegría”, aunque se echó en falta algún poema del disco a Miguel Hernández, uno de los más logrados de su carrera.
Como suele ser habitual, el público acogió con gran interés las novedades, pero la emoción se desató cuando llegaron los clásicos: “Penélope”, “Mediterráneo”, “No hago otra cosa que pensar en tí”, “Cantares”, en la que invitó al respetable a colaborar en el estribillo o “Lucía”, canción con la que cerró una noche de grandes momentos que nos dejó el sabor de los trabajos bien hechos.
|