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Concierto en el Gran Teatro de Elche (Alicante) 7 de Mayo de 2003
Texto de Antonio Marín Albalate (Cartagena)
SERRAT: ESE SEÑOR DE LA NOCHE
Cargado de nubes y alcohol, me paro a pensar estas palabras que son ya recuerdo de un concierto reciente, mientras vienen de nuevo los violines de la lluvia a mi memoria, para inundarme de raíces de seda y piel.
A las 21, 20 de la noche, ya con un intenso baño de femenina y adolescente belleza resbalando por el sur de mi sueño, saludo a Serrat ese “Señor de la noche” o como Umbral, pero al contrario, ser de cercanías. Joan Manuel Serrat, un personaje de indudable altura y, sin embargo, tan de a pie, que a pesar de su fama (o tal vez por eso) y a medida que pasa el tiempo, gana en humanidad. Alguien que se ha forjado a golpes de sol y de agua, como la yerba ésa de su nombre.
Serrat, un vuelo brillante y permanente de poesía en el tiempo. Un poeta que cohabita, junto a Rafael Alberti, Francisco Brines, Gil de Biedma, Cernuda o García Montero, en la novísima “Antología prima de la poesía española” publicada por Castalia, con su (tan de todos) "Mediterráneo". Joan Manuel, un tipo genial, sin afectaciones, un ser claro y puro como sus canciones, una leyenda viva. Un turbodiesel de gran cilindrada, nuestro Bob Dylan único y particular, que nos cae al corazón como lluvia de violines, digo, cuando sale a escena con su manojo diario de canciones, cambiando de repertorio si el lugar así lo requiere. En Elx, pudimos comprobarlo anoche.
Alguien como yo, que ama Barcelona (“Barcelona i jo”) como capital del Mediterráneo y a quien no le importa escoltar catalá (parlar em fa vergonya), agradece el gesto de volver a escuchar “Cançó de bressol” (canción inicial del concierto), “Plany al mar”, con sus alusiones al chapapote (nunca mais, seres oscuros, nunca mais), “Pare” (ecológica canción de antología y compromiso), la siempre fresca “Cançó de matinada”, “Una guitarra” (cuántos recuerdos atravesados de nostalgia) o la siempre requerida (uno tiene sus debilidades) “M´en vaig a peu”.
Y Machado siempre en el corazón con su “Llanto y coplas” y “Para la libertad” con nuestro querido Miguel Hernández, de quien José Luis Ferris (otro genio de la palabra y que interpreta como nadie a Serrat en los karaokes) ha hecho la única biografía seria que conozco. Y otra vez don Antonio con sus “Cantares” que todos coreamos y “La saeta”. Y las que confundo entre el güisqui y ese grato “desconcierto” que supone la evocación de pasados recitales en Cartagena o Murcia, por ejemplo. Y, cómo no, el bis de otra nueva canción, y otra más, y otra, y al fin “Aquellas pequeñas cosas”, guitarra en mano, junto a Ricard Miralles, como despedida de otro histórico concierto.
Gracias Joan, por ese regalo que nos has otorgado a quienes vinimos a disfrutar de tu espectáculo. Gracias por ser como eres, todo un señor de la noche. Y un gran abrazo siempre, en la música y la palabra, tanto a ti como a tu banda (señor Miralles, qué estupenda dirección) y hasta la próxima, maestro.
Yo, aquí, al filo de la madrugada (como siempre que sueño que vivo) apurando el hielo del último güisqui y con la mano tendida al vacío, busco inútilmente un blando perfil de muchacha, la emocionada y leve histeria de su boca besando a Serrat en vivo o en papel fotográfico, para, de paso, quitarme nieve de encima. Ah, camisa de Silvia, labios de luz, lágrimas de Carmen, sangre y carmín criminal de distancia y números (no hay nada más bello que lo que nunca tuve), rumor de púberes besos en la nuca… ¡adorable adolescencia!
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