Concierto en el Palacio Bellas Artes de México D.F. (México)
14 de Mayo de 2003

Texto de Vicente de Haro Romo (México D.F.)




SERRAT: EL MISMO


   Hace 30 años, Joan Manuel Serrat impartió sus primeros recitales en México, precisamente en el Palacio de las Bellas Artes, enclavado en el corazón de la ciudad. Eso, al menos, es lo que me ha contado mi padre. También cuenta que una de sus primeras citas amorosas con mi madre fue precisamente un encuentro en esos lejanos recitales, hace ya tres décadas.

   Por mi parte, presumo de quince años asistiendo religiosamente a estas gozosas fiestas que ocurren cada vez que el Maestro pisa mi país. El festejo es más que un recital. Es un encuentro, un re-encuentro, de afectos, de memorias compartidas. Decía Agustín de Hipona que uno no busca lo que no ha tenido nunca, ¿para qué añorar lo que no se conoce? Pues un repleto Palacio de las Bellas Artes buscó y encontró en Serrat al amigo que no ha perdido jamás.

   El concierto inició a las 8:15 PM, con "Bendita música", después de un largo aplauso, con los asistentes de pie, cuando el Nano se asomó al escenario. Siguió "La bella y el Metro", recibida con sorprendente calidez para ser uno de los temas nuevos. Se combinaron canciones de antaño con las debutantes de "Versos en la boca". "Benito", "Los fantasmas del Roxy" (presentando a los músicos), "Hoy puede ser un gran día", "Disculpe el señor", el nuevo clásico "Dondequiera que estés" y un apartado poético que incluyó "Llanto y coplas por la muerte de Don Guido" y "Para la libertad" conformaron el corazón del primer grupo. Prácticamente todo el nuevo disco conformó el segundo, a excepción de "África". "Es caprichoso el azar" y "Señor de la noche" fueron recibidas con un gusto particular.

   Apareció también la "Canción del Ladrón", en catalán. En México, aplaudimos más fuerte cuando Serrat anuncia que cantará en su lengua materna. Queremos que sepa de este enorme cariño.

   Cinco "encores", con el respetable de pie, coronaron el recital. Las señoras y algunos piropos subidos de tono sonrojaron al vocalista, de buen humor. "Lucía", "Qué sería de mí", "Cantares", "La saeta" fueron los temas con los que Serrat nos regaló después de las sucesivas despedidas. El último regalo fue especialmente conmovedor, pues traemos esa canción grabada en las entrañas (dentro de todo buen mexicano respira un tal José Alfredo): "Un mundo raro". "Cuando te hablen de amor, y de ilusiones..."

   De amor, y de ilusiones, de eso nos habló Serrat. Ha sido uno de los mejores recitales de Serrat en México. Miralles al piano tiene en buena parte la culpa, desde mi perspectiva. Influye también el buen humor del Nano, el afecto compartido, y sobre todo ese maravilloso don de quien puede cantar dos horas y media, sin un segundo de desperdicio sentimental: puro corazón.

   De amor y de ilusiones. Serrat le cantó a un teatro repleto de gente y de historias, y nos cantó a cada uno en lo particular. Alguna periodista ha dicho en estos días que Serrat es el mismo de hace treinta años. Tiene razón. Los que hemos envejecido somos nosotros. Pero eso tiene remedio: cantar a Serrat, cantar con él, es la fuente de la eterna juventud.

   Mis padres -que vivieron el concierto a mi lado- lo saben. Por eso, ellos y yo, cantamos juntos, con una voz sin edad: "Y si quieren saber de mi pasado..."

   Gracias, Serrat.


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