Concierto en el Teatro del Parque Fundidora de Monterrey (México)
24 de Mayo de 2003

Texto de Gerardo Díaz Treviño (Monterrey, México)




DECIR SERRAT...


   Decir Serrat es decir Tiempo, es decir Historia, es decir Sentimiento; es saber que existe alguien que sabe o intuye lo que uno ha vivido, vive, y quizá vivirá.

   Monterrey es una ciudad industrialmente importante, aquí se fabrica prácticamente todo, y con un alto nivel de calidad; durante muchos años la Fundidora Monterrey fue el icono más representativo de esta experiencia. Crecimos viendo el fuego expulsado por los altos hornos, escuchando la sirena que anunciaba cambios de turno, y en ocasiones las desgracias causadas por los accidentes laborales.

   Fundidora cerró sus puertas hace más de quince años, pero nos quedó el testimonio de su historia, que forma parte de la historia del Monterrey moderno, en el aprovechamiento de su magnífico espacio, donde siguen de pie los altos hornos, las imponentes naves industriales, ahora con una orientación cultural y recreativa, en el mismo corazón de la ciudad. Ahí están ahora, entre otras cosas, espacios como el Centro de las Artes, la Cineteca, una pista de carreras, y un amplísimo Auditorio.

   Nos enteramos que en esta ocasión Joan Manuel Serrat se presentaría, no donde habitualmente lo hace, en un excelente teatro local, sino en este inmenso espacio, en el Auditorio del Parque Fundidora.

   La noche del concierto del 24 de mayo representó para mi esposa y para mí, el conjuntar dos historias que no podemos en modo alguno separar: la de nuestra ciudad, simbolizada por el espacio de la Fundidora, y la propia, la nuestra, desde hace casi 30 años en que hemos caminado con Serrat andando al lado.

   Como en cada oportunidad, siempre existe una cierta emoción previa, un determinado síntoma que hace revivir las experiencias y la sensibilidad. Serrat es un hombre que ha evolucionado, en toda la extensión de la palabra. Me duele ver a tanta gente que se quedó en la maravilla de “Mediterráneo” y que quiere ver al mismo cantautor de entonces. Serrat está en permanente crecimiento, y así lo hemos sentido cada vez que surge un nuevo disco.

   Tengo muy presente la primera vez que mi esposa y yo escuchamos “Versos en la boca”. Fue un sentimiento común, no nos decíamos nada, sólo escuchábamos, nos mirábamos a los ojos y compartíamos las lágrimas, que brotaban de confirmar que Serrat nos sigue hablando al oído, igual que desde los lejanos setentas. Los comentarios sobre el disco vinieron en días posteriores, pero ese momento fue una comunión intensa con el hombre que ha sido capaz ya de tocarle el corazón a nuestro hijo mayor. Él dice que “Es caprichoso el azar” describe a la perfección una experiencia personal.

   Con toda esta carga emocional contamos en reversa las semanas, los días, las horas, para que llegara la noche del concierto. Y ahí estuvimos, a pocas filas de distancia (queríamos estar más cerca, como en otras ocasiones, pero las primeras filas estaban reservadas de antemano). Mucha de la gente que llegaba era cercana a nuestra edad, cuarentas y más, pero no en lo absoluto; Serrat es valorado por mucha gente joven, como algunas compañeras de trabajo a quienes tuvimos el gusto de encontrar.

   A las nueve de la noche con diez minutos la gente comenzó a aplaudir pidiendo la presencia de Serrat y sus músicos. Estos aparecieron unos minutos después. Fue muy significativo ver otra vez al maestro Ricard Miralles en la dirección musical y al piano, después de una larga ausencia. Y fueron apareciendo uno a uno: Palau, García, Hernández, Terán. Fuertes aplausos.

   Todos hemos sentido una cierta sensación cuando nos inyectan, más bien antes. Hay un tiempo determinado, misterioso, entre los roces del algodón empapado de alcohol y el piquete mismo; es un instante de incertidumbre, de cierto miedo. Algo semejante, pero en el más absoluto sentido opuesto, es lo que sucede en el concierto, el momento entre el que los músicos ejecutan la obertura y el que aparecerá Serrat. No es sencillo de describir. Es un “ya está aquí, pero todavía no”.

   A las nueve con quince entra al escenario, como de costumbre, vestido de negro, lo cual hace que su luminosidad resalte. Interminables aplausos, somos cerca de cinco mil almas, y él siente que Monterrey lo quiere y lo conoce. “Bendita música” abre el concierto, y a partir de entonces todo será una bendición. En seguida viene “La bella y el Metro”, ya de su más reciente disco (nunca me gusta decir ‘su último disco’, porque siempre tengo la esperanza del siguiente).

   Tuvo Serrat la deferencia de hablarnos a los regiomontanos en nuestro idioma, al menos en tres ocasiones. Después de “La bella y el Metro” agradece la presencia del público, y en una clara alusión a las características climatológicas de nuestra tierra, dice: “gracias por esta, no templada, sino más bien calurosa bienvenida regiomontana”. Aplaudimos con mucha fuerza.

   Jamás pierde el buen humor, y le dice “no te apures, algo te llevarás a cambio”, a aquél que haya ido al concierto a fuerzas, sólo por acompañar a su pareja.

   En la siguiente canción “No hago otra cosa que pensar en ti”, que por cierto fue muy festejada desde los primeros acordes, cambió la palabra diciendo: “..y me fugué, con una güera que andaba en bicicleta...”.

   La siguiente fue la extraordinaria “Muñeca rusa”, también del nuevo disco, con una gran calidad de interpretación musical. Y debido a que “uno nunca sabe lo que puede pasar”, de una vez hizo la presentación de sus músicos, con los acordes de “Los fantasmas del Roxy”.

   La calidad de la ejecución musical es realmente extraordinaria. Llama la atención que la música es “pura”, directa desde el propio instrumento, y en esta ocasión las percusiones son ejecutadas por Francisco García, el baterista. Los músicos se ven involucrados en la magia del concierto. Es una delicia volver a ver al maestro Miralles jugando con el piano como si fuera un instrumento inventado por él; particularmente David Palau disfruta el concierto desde la guitarra y expresa la alegría y el sentimiento de cada canción con sus expresiones. García, Terán y Hernández, virtuosos cada uno desde su lugar. Es la bendita música.

   La siguiente fue una de las canciones del nuevo disco que a mí en lo personal me parece excelente, “De cuando estuve loco”; ¡qué sentimiento el de Serrat al interpretarla! Vino después otra ejecutada con una fuerza maravillosa, que fue “Señor de la noche”, cargada de intensidad.

   Llegó el momento de venerar a sus poetas, la gente que “ha escrito lo que yo hubiera querido decir”. El público aplaudió al escuchar los nombres de Machado, Benedetti, Hernández, Papasseit. Y nos regaló dos joyas: “Llanto y coplas” de Antonio Machado, y la hasta el momento más aplaudida “Para la libertad”, de Miguel Hernández. Los recuerdos brotaron espontáneos; cuántas veces precisamente esas dos canciones coronaron momentos de alegría y fueron bandera de inquietudes juveniles.

   Y precisamente, “como si Serrat supiera”, siguió “Los recuerdos”, expresión y síntesis de los grandes momentos de la vida.

   Sale Serrat un instante del escenario y regresa a los acordes siempre presentes en sus giras de “Mediterráneo”, la canción que es el homenaje a su tierra, a su mar, del cual lleva su luz y su olor a donde quiera que vaya. Ahora fue Monterrey.

   Después tocó el turno a “La cançó del lladre” (La Canción del Ladrón), de la cual hizo una muy divertida explicación, indicando que “el lunes, cuando vuelvan a sus trabajos, digan que vinieron no sólo a un espectáculo, sino que se llevaron algo de cultura”, lo cual fue muy festejado. Se escucha entre el público el timbre de un teléfono celular, y haciendo gala de su buen humor, dice: “dele recuerdos de nuestra parte”, el público ríe y aplaude.

   “La mala racha” es interpretada con un derroche de alegría y fiesta, en contraste a la letra de la canción, y la siguiente es “Dondequiera que estés”, de una factura romántica y sensible magnífica. “Penélope”, que viene a continuación, es de las más ovacionadas en cualquier concierto; esta vez se presenta con un arreglo musical exquisito, sobre todo en la introducción.

   “Es caprichoso el azar”, la canción que ya decía al principio que le habla al oído a mi hijo, es interpretada con un sentimiento especial; es una canción para vibrar y con la cual la piel se ponga “chinita”, como decimos acá. Ese “...tanto tiempo esperándote”, dice tanto con tan pocas palabras...

   La escenografía jugó un papel fundamental; realmente la construcción es relativamente elemental, ocho columnas de piso a techo que permiten transparentar la luz que se les proyecta en determinados momentos. Tres columnas de cada lado, y dos más al fondo, al centro. Las luces fueron combinadas de manera inteligente y creativa, de modo que se integraban a la canción del momento. En la interpretación siguiente, que fue “Disculpe el señor”, hay un instante, un breve momento justo al término, en que queda todo en absoluto oscuro, excepto la figura de Serrat, al momento que dice: “... que Carlos Marx está muerto y enterrado”. Un momento brillante en la oscuridad misma.

   Estábamos en una gran noche, y Serrat nos recordó que mañana también puede ser un día grande, al cantar “Hoy puede ser un gran día”, muy festejada por todos. Y un gran día, por lo tanto, siempre es una gran “Fiesta”, canción en la que las luces a las que me referí hace un momento hicieron gala de colores y de júbilo, en matices y en ritmo, a tono con la música. En esta canción Serrat también nos habló en nuestro idioma, al cantar “...y con la cruda a cuestas...”, en lugar de la resaca.

   Con esta canción Serrat dio por concluido el concierto, sin embargo todos de pie pedíamos “otra”, al tiempo que aplaudíamos y aplaudíamos sin cesar. Se retiró del escenario, pero tal y como lo esperábamos, regresó con sus músicos y nos brindó dos canciones más. Primero fue “África”, una pieza de sentimiento y valor impresionantes; y después vino la imprescindible “Cantares”, con la que muchos conocimos a Serrat en aquel tiempo. Él nos invitaba a cantar y estábamos los casi cinco mil asistentes “golpe a golpe, verso a verso”, sintiéndonos parte del concierto. Todos de pie aplaudiendo. Serrat se retiró nuevamente.

   Los aplausos seguían, y el encore aún no terminaba, volvieron ya solos los maestros Serrat y Miralles. Cómo quisiera saber qué se decían el uno al otro cuando estaban hablando en el escenario, antes de interpretar la bellísima “Lucía”. Un piano magistral con una voz y un sentimiento sublimes.

   Serrat se despidió a las once con cinco, y ya no regresó al escenario. Todos nosotros fuimos bajando la cuesta, pero no se acabó la fiesta, por el contrario, esta fue una experiencia nueva dentro de cada quien, cada cual a su modo. La calurosa noche regiomontana pareciera haber captado la expresión de Serrat, y nos regaló unas agradables ráfagas de viento fresco, tan suave como la bendita música.

   Los acordes concluyeron, las luces se apagaron, uno a uno nos fuimos retirando, y los altos hornos de la Fundidora de Monterrey, testigos de tantas y tan diversas historias, ahora tienen una más. La bendita música y la bendita poesía de Serrat están impregnadas en cada espacio, en cada rincón, desde esta feliz noche del 24 de mayo de 2003.

   ¡¡Dios guarde a Serrat por muchos años!!


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