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Concierto en el Cecut de Tijuana (México) 27 de Mayo de 2003
Texto de Manuel F. Flores Arce (Tijuana, Baja California)
TAN LEJOS, TAN CERCA
Tijuana es una ciudad difícil. No en el sentido salvaje que muchos creen y que los medios amplifican para acrecentar sus ventas. Ninguna ciudad con un poco mas de 100 años de existencia y más de un millón de habitantes puede ser simple. Los que vivimos aquí venimos por lo general de muy lejos. Aun los que aquí nacieron tienen sus orígenes en otro lado. Esa heterogeneidad, esa pluralidad, no es común en un país como México, donde las tradiciones y raíces son la norma de sus pueblos. Pegados a Estados Unidos somos lo suficientemente tercos como para seguir siendo Mexicanos de tiempo completo.
Y llega a Tijuana Joan Manuel Serrat, luego de nueve años de no estar por aquí. Se presenta en el único sitio donde se le puede acomodar, el Centro Cultural Tijuana -el Cecut- para los de casa. No es un mal local, tiene buena acústica y desde cualquier butaca puede apreciarse bien lo que pasa en escena. Hace nueve años el concierto de Serrat fue una obra magníficamente montada, bien pulida, que dejó a todos los que allí estuvimos con el encanto de haber presenciado un espectáculo maravilloso. Quizás ahora, casi una década mas tarde, Serrat recordaba a un público que quedó asombrado luego de oírlo.
Entró cantando “Bendita Música” y se veía cansado. Hacía menos de 24 horas que estuvo en Hermosillo. A mí me pareció que hasta perdió un par de notas. Y terminó la canción y el público, ese público heterogéneo y difícil se entregó en un aplauso que nada tenía de azoro. Era el aplauso nacido del corazón, dado sin ningún empacho. En un instante, Serrat entendió que el concierto del 2003 no sería como aquel de 1994, que no acabaría siendo sólo un espectáculo maravilloso para el público, sino que sería sin duda una experiencia inolvidable para él mismo. Y cantó como nunca. Una tras otra. Terminó y se vio obligado a salir una, dos, tres, cuatro veces más. Todos estos difíciles tijuanenses de pié, sin querer que aquello terminara. El que salió cansado a escena tampoco se quería ir.
Yo miraba hacia enfrente, hacia el escenario y no podía dejar de pensar que a escasos 500 metros de la espalda de Serrat está la frontera más distal de Latinoamérica. Allí donde empezamos también terminamos. Y 500 metros al sur (El Sur También Existe) un millar de almas estábamos unidos por un instante alrededor de un genio de la lengua y literatura españolas, que no sólo canta sino que puede unir aún a quienes venimos de tan lejos y somos tan distintos.
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