Concierto en el Zócalo de México D.F. (México)
31 de Mayo de 2003

Texto de Juan Arellanes (México D.F., México)




TERNURA GRATUITA
Y OBLIGATORIA


   El Zócalo de la Ciudad de México, plaza cuasi-permanentemente ocupada por manifestantes. Este sábado, último día de mayo, no es la excepción. Los profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), en plantón desde hace varios días, aceptan reacomodarse hacia los lados para dejar espacio a los asistentes al concierto. Ellos, los manifestantes, disfrutan del concierto en posición privilegiada y reciben del Nano “un saludo fraternal y solidario a los trabajadores de la docencia que están aquí instalados”.

   El Zócalo de la Ciudad de México, la bandera tricolor en todo lo alto, el Palacio Nacional con los murales de Diego Rivera, la majestuosa Catedral que se hunde, la asamblea de representantes, la sede del gobierno de la ciudad, en manos de un partido más populista que de verdadera izquierda, pero lo más decente que hemos tenido en nuestra larga historia de alcaldes impuestos.

   El Zócalo de la Ciudad de México, ¿hay mejor escenario para esta noche mágica? Serrat ya dio cinco conciertos en el Palacio de Bellas Artes, ya fue a Monterrey, Guadalajara, Tijuana, Hermosillo, Puebla... pero regresa a esta ciudad de México a dejar en claro que la ternura y la felicidad no sólo son obligatorias, sino también (y esto es un milagro en despiadados tiempos neoliberales) gratuitas. Porque gratuito es este derroche de poesía y música que reúne a casi cincuenta mil personas en el Zócalo (que no es más la “Plaza de la Constitución”, nombre oficialista que nunca me gustó, sino la “Plaza del Pueblo” como fue bautizada esta noche por el Nano, con el consentimiento de todos los asistentes).

   Señoras y señores de la tercera edad, cincuentones, cuarentones, treintañeros, veinteañeros, jóvenes, adolescentes y hasta niños. ¿Será cierto, como afirman algunos, que la admiración por Serrat se lleva en la sangre, es una cosa genética que pasa de generación en generación? Lo cierto es que este genio catalán encanta a todos por igual.

   Hay gente esperando desde las cinco de la tarde. A las seis y media ya hay una multitud que se extiende a lo largo, flanqueada por los campamentos de los profesores en plantón. Al Zócalo (libre de manifestantes en plantón) le caben más de cien mil personas, ¿cuántas habrá esta noche? La tarde “anunciaba chaparrón”, surgen decenas de paraguas multicolores, el de los impermeables de plásticos (¡de a diez, de a diez!) hace la gran venta, al igual que el de los “telescopios” (periscopios, para que los chaparritos y los de hasta atrás puedan ver), también ¡de a diez, de a diez!

   Son las 8 de la noche y el concierto no empieza, pero la amenaza de lluvia desaparece. La plaza está ocupada por completo, la multitud ya rodeó los campamentos de maestros y se extiende incluso por la calle Veinte de Noviembre. En los reacomodos, por acercarse más y más al escenario, la multitud realiza extraños movimientos. Pierdo de vista a mi madre y a mis hermanos.

   A las 8: 30 la multitud estalla en aplausos y gritos cuando Serrat sale a escena a interpretar “Mediterráneo”. No presenta el repertorio completo de la gira (hay grandes ausencias en comparación con los recitales de Bellas Artes: “Defender la Alegría”, “Bendita Música”, etcétera), pero a cambio sale a cantar con una energía inaudita.

   La multitud, que debe ser impresionante vista desde arriba del escenario, lo motiva y Serrat se nota sensiblemente emocionado y así canta. Pronto se mete al público en el bolsillo, y ya en confianza empieza a hablarnos en “mexicano”. Ante el exceso de humo en el escenario exclama: “¡hay un chingo de humo!”, y pregunta: “¿ya es hora de escuchar algo de Machado, no?”, antes de interpretar “Llanto y Coplas” para continuar con “Para la Libertad” y hacer el Zócalo todo suyo. Sus monólogos son geniales, lo mismo para presentarnos a los músicos “porque siempre es bueno saber con quién está uno pasando la noche, por lo menos saber cómo se llaman”, que para justificar la razón por la que canta en catalán “porque yo, modestia aparte, soy catalán y los catalanes tenemos esa extraña costumbre de hablar en catalán... habiendo tantos idiomas”. Pero como pasó en Bellas Artes nos deleitó con “La cançó del lladre”, pero canta siempre sólo una en catalán. En once años de conciertos sólo le escuchado cuatro canciones en catalán: ¡cómo envidió a los que asisten a sus conciertos en Barcelona, en donde interpreta —según las crónicas— hasta diez canciones en catalán!

   Cuando suenan los primeros e inconfundibles acordes de “Penélope” (la inmortal “Penélope”) se emocionan coordinadamente miles de corazones. Tiene al público en la palma de la mano, le canta al oído, puede hacer lo que le plazca. “Mírame, soy tu amor regresé...” le canta a cientos de señoras que suspiran. La única certeza posible en este manicomio es ésta: Serrat es eterno. Pasan y pasan los años, pero el sigue ahí, igual que siempre. Por eso cuando termina “Penélope” una señora le grita: "¡Nunca te mueras!"

   La mayoría de la gente no conoce las nuevas, pero la multitud escucha en un silencio respetuoso y mágico los preciosos “versos en la boca” que ha venido a presentar. Cuando para finalizar “Señor de la Noche” canta con una energía sin igual, un señor le grita: "¡Así se canta, chinga!". Y cuando en “Los Recuerdos” canta aquello de “los recuerdos [...] son el esqueleto sobre el que construimos todo lo que somos, aquello que fuimos y lo que quisimos y no pudo ser”, se escuchan suspiros al por mayor, y una mujer a mi lado exclama: "¡Me voy a cortar las venas!"

   “Versos en la boca”, es un súper disco, y en lo personal yo ya puse a “De cuando estuve loco” entre mis favoritas. Y en vivo le sale genial (salvo por los chiflidos de entrada, que se le dificultan). Difícil es que una canción nueva sobresalga entre más de 300 “viejitas”, pero posible. También lo hace “Es caprichoso el azar”. Es posible.

   El concierto agarra vuelo: “Disculpe el señor”, “Pueblo Blanco”, “Hoy puede ser un gran día”. Después la batería anuncia el principio del fin: “¡Gloria a dios en las alturas!, recogieron las basuras de mi calle ayer a oscuras...”. En plena “Fiesta” le lanzan un sobrero, lo recoge y pasando el brazo por detrás de la espalda lo lanza de regreso ante la ovación del respetable. “Fiesta” es una fiesta y, como es natural, cuando canta aquello de “se acabó, el sol nos dice que llegó el final”, recibe en respuesta un estruendoso: "¡noooooo!"

   Y claro que no. Con “Cantares” parecen alcanzarse los decibelios más altos de la noche. Esto no es un concierto, es un ritual colectivo de ternura gratuita y obligatoria. La plaza atestada canta, Serrat deja de cantar y ofrece el micrófono a la multitud abajo reunida. ¿Entonación? Eso dejémoslo a los coros de las iglesias: esto es una fiesta, es una catarsis colectiva, aquí nadie canta, todos gritamos: “¡golpe a golpe, verso a verso!”. Pero sólo parecía que eran los decibelios más altos de la noche, porque todavía faltaba más.

   ¿Cómo se manda a dormir a 50.000 personas después de dos horas de emociones? ¿la multitud se va a marchar conforme así nomás? El Nano se ve forzado a regresar y nos dice (ante las carcajadas del público) que, como el viejo maestro de la canción, se encuentra: “muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido”, y quiere mostrar su gratitud a los organizadores, a todos los asistentes y ¡a Tlaloc! (porque no descargó una furiosa lluvia sobre todos), cantando una pieza única.

   “Con todo nuestro corazón, desde lo más profundo de nuestro sentimiento, no encontramos mejor manera de demostrar nuestra gratitud al pueblo de México que con esta canción”. Y se arranca con aquella que dice: “Cuando te hablen de amor y de ilusiones...”. El Zócalo parece derrumbarse. “De un mundo raro”, del maestro José Alfredo Jiménez, coreada por todos, es acompañada todo el tiempo por silbidos y gritos de “charros” dolidos: ¡¡Ay, aaah, aaah, Aaaaahjjjaajaaaay!! “Y olvidando el rencor, no diré que tu amor me volvió desgraciaaaaaadooo...”

   Todavía hubo tres bises más. Serrat regresa a escena para cantar “Aquellas pequeñas cosas”, las que uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia, pero su tren vendió boleto de ida y vuelta... Cuando termina, la multitud pide: "¡Señora, Señora!". Una muchacha junto a mí queda afónica gritando: "¡Poema de amor!".

   Yo no pido ninguna canción, la que cante estará bien (además ya se cuáles son las que trae preparadas: será “Lucía” o será “La Saeta”). Las posibilidades de que cante “Salam Rashid”, “Vint de març”, “Cami Avall” o “Helena” son nulas. Así que mejor dedico mis gritos a competir con otros veinteañeros (¡venga!, que todavía soy veinteañero), que somos los más escandalosos y desaforados, para ver quien le grita lo más ocurrente, lo más sentido, lo más “neta”. Estamos contra la valla, queremos subir al escenario. Algunos alzando el puño sólo gritan: "¡Serrat, Serrat!", otros, los más entregados, le gritamos: "¡Maestro!, ¡Eres el mejor!, ¡Eres un chingón!, ¡Viva la madre que te parió!, ¡Te queremos!"

   A unos metros de mí, un chavo que no deja de brincar le grita: "¡Contigo aprendí todo, eres el mejor!". Como en esta “competencia” de gritos generalizados nadie podrá atraer su atención, decido sacar mi as bajo la manga. Extiendo y levanto una bandera catalana, las franjas amarillas y rojas atraen su atención y Serrat voltea hacia mí. Me guiña el ojo y levanta la mano. Ya puedo dormir feliz esta noche.

   Llama a los músicos y se discute con “La Saeta” coreada por todos. El escenario queda vacío, pero ante la insistencia del público todavía hay más. Sale de nuevo al escenario y haciendo ademanes de mimo nos dice que nos vayamos, que quiere comer y dormir, pero no entendemos razones ¿quién puede entenderlas en un momento así?

   “Sólo una más, la del estribo”, sentencia. Vuelta a los gritos de: "¡Señora, señora!" Pero no, de los músicos sólo regresa el maestro Miralles y Serrat se sube a su taburete junto al piano, y suenan los inconfundibles acordes de “Lucía”, la única canción en castellano acaso comparable a la catalana “Helena”.

   Aquí el asunto es con Serrat y nada más. Recuerdo que en el Palacio de Bellas Artes, en la interpretación de “Lucía”, Serrat hizo todo para que se luciera Miralles y el público no aplaudió sino hasta que Miralles terminó de tocar el piano. Aquí no. Bien por Miralles, pero en este momento Serrat es el único centro de atención: “es una carta de amor que se lleva el viento pintada en mi voz, a ninguna parte, a ningún buzón...” En eso cae al escenario una gorra estridente de color amarillo. Serrat hace una pausa y va recogerla. Miralles deja de tocar el piano. En esas anda cuando cae al escenario algo parecido a un suéter. Lo levanta, lo examina y, haciendo como que puede armar el juego completo de ropa, pregunta “¿alguien trae algo de mezclilla?”. Provoca una carcajada generalizada, lanza de regreso el suéter y se pone la gorra ante la ovación generalizada. Y así terminó este concierto histórico, esta noche única e irrepetible. Por el bien del mundo, de la humanidad, de la esperanza, tendría que haber más seguido estos festines —gratuitos y obligatorios— de ternura y felicidad. Gracias Serrat, gracias por todo, y vuelve pronto a México.


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