Concierto en el Orfeo Superdomo de Córdoba (Argentina)
10 de Marzo de 2004

Texto de Florencia Guitelman (La Rioja)




LA NOCHE INOLVIDABLE


   Inútil hablar de la expectativa que se respiraba en la ciudad de Córdoba por aquellos días. Esperar a Serrat es como prepararse para ver un cometa; es saber que uno va a ser testigo de un hecho inolvidable y maravilloso. Porque el “Nano” no sólo nos depara un inmenso placer estético: es el símbolo de tantos ideales, de tantos valores, de tantos sentimientos compartidos... Serrat es un hombre que ha sabido conjugar la sensibilidad, la coherencia, la inteligencia, el respeto y la poesía, y ganarse la confianza de miles de seres. Quizás por eso, todos esa noche nos sentíamos hermanos, todos estábamos emocionados, todos vibrábamos como cuerdas con la misma nota.

   En ese ambiente de emoción general, la orquesta afinaba sus instrumentos y los músicos ensayaban sus partes, hasta que las luces se apagaron y se hizo silencio absoluto. Como tratando de no hacer ruido, el maestro Ricard Miralles entró al escenario. El esfuerzo fue en vano, pues un cerrado aplauso lo recibió. Lo mismo ocurrió al maestro García Caffi, quien sin demorarse más, comenzó con la sutil introducción de “La paloma”. La orquesta quedó en vilo, esperando al cantante. El suspense se apoderó de todos. Y la ovación que nació en las filas más altas de la tribuna e hizo poner de pie a ocho mil personas nos indicó que Serrat había entrado, y que la noche tan esperada al fin había llegado.

   La primera parte estuvo colmada de sensibilidad: “Mi niñez”, “Cançó de matinada” (y los correspondientes chistes sobre los catalanes y su idioma), “La bella y el Metro”, una estremecedora versión de “Princesa”, y el punto más conmovedor, a mi parecer, de esta primera parte: “Pare”, previamente recitado en castellano por “el Nano” con el incomparable acompañamiento de Miralles. Siguieron “Aquellas pequeñas cosas”, “Herido de amor”, “Penélope” (una de las más esperadas, sin duda) y “De cartón piedra”. La Orquesta Sinfónica de Córdoba había comenzado tímidamente, pero a partir de aquí, y ya sin pausa, brilló por su fuerza y su precisión.

   Entretanto, nuestro amigo Serrat ya había recibido millones de “¡Genio!” “¡Mi amor!” y “¡Maestro!”, pero estas declaraciones nunca parecen suficientes y, a medida que la noche y la emoción avanzaban, se hacían más frecuentes y originales.

   Después del intermedio, con una orquesta a pleno, Serrat no tuvo compasión y regresó con “Mediterráneo”. La siguiente canción se lleva el premio a la mejor interpretación, porque aquí la orquesta se luce y Serrat se pone en la piel del viejo vagabundo, haciéndonos reír y llorar por el pobre “Benito”. Con el alma enredada en las cuerdas del violín, escuchamos luego “Bendita música”. Siguen “Barquito de papel”, “Fa vint anys que tinc vint anys” (“la canción más 'aggiornada' de mi carrera”) y dos sorpresas con la única compañía de Miralles: una tristísima “Balada de otoño” y “Disculpe el señor”. Siguieron “El carrusel del Furo”, “Es caprichoso el azar” (que ya integra con todo derecho la lista de los “clásicos” serratianos), “Pueblo Blanco” (para muchos, la estocada final), “Palabras de amor”, “Cantares” y “La saeta”. Aterrados, vimos como los músicos enfundaban sus instrumentos y abandonaban el escenario. Pero nuestro Serrat no nos abandonó, y volvió sonriente, junto a Miralles, para regalarnos una “Lucía” con sabor a milonga. El último bis, el último beso, el último abrazo para quienes compartíamos aquella noche con él, fue “No hago otra cosa que pensar en ti”, con Miralles y García Caffi “tocando a cuatro manos... ¡Qué pensarían sus madres si los vieran!”.

   Durante toda la noche, el “Nano” bromeó, agradeció pacientemente manifestaciones de cariño, recibió regalos y declaraciones de amor y hasta bailó solo entre los músicos (aquellos que lo rodeaban “por los cuatro puntos cardinales” y que habían impedido, por su cantidad, que algún amigo lo invitara a comer un asado...). Una velada de lujo, un momento maravilloso e irrepetible. Una noche perfecta.

   Pero hasta la noche más perfecta se acaba: al día siguiente, nuestra felicidad se convirtió en desazón, en impotencia, en tristeza. España sangraba en Atocha, y nosotros, a pesar de estar del otro lado del mar, también íbamos en ese tren.

   No lo hemos olvidado, y no lo olvidaremos. Porque aquí y allá, todos somos una sola dignidad, una sola vida, una sola memoria.

   Serrat regresó a España, y nosotros con él.


principio de esta página