|
|
Concierto en el Velódromo de Montevideo (Uruguay) 18 de Marzo de 2004
Texto de Lilián Reobasco (Montevideo)
COMO EL AGUA ENTRE LOS DEDOS
Siendo las dos de la mañana y sabiendo que todavía no voy a poder dormir, me dispongo a contar un poco las emociones vividas hace unas horas en el Velódromo de Montevideo. Creo que fue vital haber podido comenzar la fiesta el día de ayer con la entrevista tan cálida que se transmitió por televisión, donde pudimos disfrutar de partes del concierto presentado en Barcelona. Fue como uno de esos aperitivos con los que uno entretiene el estómago mientras al mismo tiempo crea expectativa por el plato fuerte.
Mis amigas y yo llegamos a las 20:30, pero a las 21:00 todavía quedaba mucha gente por ubicarse, de modo que el concierto arrancó hacia las 21:30, y duró hasta las 0:05. El intermedio fue de 15 minutos. Las particularidades del público: una mujer en silla de ruedas, una muchacha ciega, una niña de unos 6 años, y mucha, mucha juventud.
La noche: un cielo poblado de nubes que se fueron despejando y que entre las estrellas dejó que bajara aquella “que borra la huella de un recuerdo amargo”. En particular, termino sintiendo que Serrat realmente representa una de esas estrellas, ésas que deberían acompañarnos cada noche, como si tal cosa, y no morir jamás.
En fin. Las canciones, más o menos en este orden: “La Paloma”, “Cançó de matinada”, “Herido de amor”, “La bella y el metro”, “Princesa”, “Penélope”, “Benito”, “Pare”, “De cartón piedra”. Segunda parte: “Mediterráneo”, “Bendita música”, “Fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys”, “Pueblo blanco”, “Balada de otoño”, “Disculpe el señor”, “Es caprichoso el azar”, “El carrusel de Furo”, “Barquito de papel”, “Aquellas pequeñas cosas” y “Cantares” . La “yapa”: con la orquesta, “Palabras de amor” y “La saeta”; al piano con Miralles y luego a dos manos con Caffi: “Lucía” y “No hago otra cosa que pensar en ti”.
Los detalles... Que este señor tan querido tiene la habilidad de convertir todo lo que pasa por su garganta, por su corazón, por sus manos, todo lo que es tocado por su energía, en una maravilla siempre nueva. Eso sucedió con canciones que muchos de nosotros hubiésemos preferido cambiar por otras, como “Princesa” y “La bella y el metro”. Pues, nuestro Nano se encargó de que las disfrutáramos tal vez más que otras más favoritas. Al sacar el micrófono del pie, por ejemplo, para alisar con mano y expresión de madre esa última arruga que quedaba en el vestido de su “princesa”. O con la fuerza y el significado con que cargó cada palabra de "La bella y el metro".
Y con “Benito”... no estoy segura de decir que Serrat tenga buenísimas dotes de actor. Más bien, creo que realmente vive y siente como propias las experiencias de esos personajes. En Benito no sólo usó cada uno de sus gestos clásicos, sino que se mandó unos pasitos, con toda soltura, en los dos primeros estribillos. En el segundo, el público no pudo aguantar e irrumpió en aplausos, aplausos de festejo, de reconocimiento y de puros mimos.
En “Mediterráneo” todos nos paramos en ese final tan emocionante que le da Serrat, que ya es todo un clásico. Se encendieron las luces de la platea, el Juanito saludó, y los aplausos se extendieron como si fuese el final. Nos aplacó poco a poco, y arrancó con “Bendita música”.
“Fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys” (puf!) arrancó sin introducción y recibió un aplauso estruendoso al final. Luego él pasó a explicar la historia de la canción haciéndonos reír a todos y provocando nuevos aplausos.
“Balada de otoño”... ahí enfrente, a unos metros, sentado frente al piano, con una dulzura que sacó no sé de dónde. No asombra viniendo de una admiradora de Serrat poco objetiva cuando de él se trata, justamente... pero, bueno, me hizo llorar, y bastante. Creo que el agrado y la emoción fueron unánimes, aunque yo estaba demasiado extasiada como para prestar atención al público, pero recuerdo escuchar completamente las últimas notas y luego el silencio arrasado por torrentes de aplausos y “¡bravos!”
Como “Disculpe el señor” es una de mis canciones favoritas, extrañé mucho la música, y me pareció que sólo el piano de Miralles, por más entusiasmo que le pusiera, no le daba la fuerza suficiente como para que Serrat pudiera darle el peso que siempre le da.
En “El Carrusel de Furo” nos transmitió tanta energía, tanta alegría, que creo que faltó poco para que nos levantásemos todos y saliéramos disparados a buscar una calesita, como le llamamos por estos lares, para saber cómo alucina un niño.
Y me parece que unos cuantos nos quedamos preguntando si Serrat bromeó un poco con nosotros o realmente se equivocó. Después de un preámbulo bastante largo a “Palabras de amor”; por qué generalmente no traducía las canciones y por qué sí había traducido esta, pues, sale con las estrofas: “Ella em va estimar tant, jo m’la estimo encara”... y tras unas risas raras sigue: “juntos atravesamos una puerta cerrada”, y siguió hasta el final en español. En fin, si alguien se entera, que cuente.
También extrañé la versión clásica de “Cantares”. En Uruguay es un himno, y es preciso cantarlo juntos, no hay otra. Pero esta vez no tuvimos esa oportunidad, y creo que no seremos pocos los que nos quedamos “embuchados”.
“La Saeta” marca el final de las canciones con la orquesta. Todos nos ponemos de pie antes de que termine, se encienden las luces, y Serrat canta nuevamente la última estrofa.
Se van los músicos, las mujeres abucheamos a las damas de la orquesta que se despiden de él con besos J, y entonces se queda al piano con Miralles. “Lucía”. Era la última, casi seguro. La sensación era como la del abrazo, con la del beso que no queremos que termine, como la mano que no queremos dejar ir, sintiendo hasta el último roce de los dedos... En las canciones finales uno no quiere perderse ni el más mínimo sonido, anticipa y saborea como la última comida cada sílaba, y parece tan breve ese “... y mi soledad”. Y se fue, se fue como el agua entre las manos.
Serrat y Miralles agradecen los aplausos largamente, con los brazos extendidos, como siempre. Miralles se va por la izquierda. Serrat saluda brevemente y se va por el centro. ¡Y se va! No puede ser, me digo, sería posible que fuera la última canción, pero Juanito nunca se despide así, tan rápido, sin casi saludar y, sobre todo, sin su saludo con la manito “así”, el saludo que le enseñamos a los bebés, doblando los dedos hacia la palma de la mano. Como, por supuesto, no nos vamos, allá aparece finalmente por donde se había ido, y se hace el resignado. Viene también Caffi y se sienta al piano con Miralles. Es un “No hago otra cosa que pensar en ti” con risas, con aplausos y con todos de pie balanceándonos con el “tarara-ra-rá, rara-rará...” Y nos quedamos contentos. Y Juanito ahora sí se despide abriendo y cerrando la manito mientras se va.
Mucha gente se queda sentada, esperando que se descongestione el lugar. Una señora detrás de nosotras comenta: “después de esto, mañana no se puede ir a trabajar”. Yo le digo que estoy totalmente de acuerdo. Justamente, el año pasado me sentí de terror cuando Serrat, al cantar mi “himno”, se dirigió exclusivamente a mí (“¡os lo juro¡” J) y me dijo: “si la rutina te aplasta, dile que ya basta de mediocridad”, como si supiera que yo apenas había escapado del infierno laboral para ir a verlo y estaba a poco de volver a sumergirme en él temprano por la mañana. Por eso esta vez no dejé que me volviera a suceder lo mismo; como tengo el privilegio de hacerlo, con un poco de esfuerzo, me dejé libres el día del concierto y el día siguiente. Creo que Serrat se merece esa “purificación”, y lo que es más, nos la merecemos nosotros.
Sé que soy una persona adulta, con todo lo absurdo que eso implica... Quisiera ser la niña pequeña que le dice a su papá: “papi, si hago todos los deberes y me porto bien, ¿podemos venir de nuevo mañana a ver a este señor?” Y rechazar toda explicación y todo razonamiento.
No puede estar con nosotros siempre... miren qué realidad tan descabellada tenemos que vivir los adultos... Tomar nuestros pertrechos, transformar la historia. Quedarnos con los recuerdos... guardarlos en la cajita de los tesoros, la de la aromaterapia... No dejar salir aquellos momentos de nuestro corazón, dejar que nuestro hermano, nuestro amigo, more allí y nos dé la sonrisa de cada día.
¡Gracias a quien tuvo una idea tan maravillosa como Serrat!
|