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Concierto en el Luna Park de Buenos Aires (Argentina) 24 de Marzo de 2004
Texto de Victoria María Ferreiro (Buenos Aires)
¡GRACIAS JUANITO, UNA VEZ MÁS!
El día arrancó como cualquier otro, pero no lo era. Porque iba a terminar con esa tan esperada FIESTA, esa que se venía palpitando desde hace un mes y pico atrás, con mucho entusiasmo, cuando las preciadas entradas para el Luna Park comenzaron a venderse, y llegaron al cajón donde esperarían el momento de ver la luz nuevamente. Ese cajón, que no es un cajón cualquiera, porque está destinado a guardar los documentos y papeles importantes que uno no está dispuesto a perder.
Pero además de la fiesta que nos aguardaba para hacer de éste uno más de esos días memorables, para los argentinos este fue un día de recuerdos, de evocaciones, de memoria, de reflexiones, de nostalgia a flor de piel, de ojos llenos de lágrimas, de nudo en la garganta... Y aquí es cuando esos dos estados de ánimo tan distantes entre sí, se entrelazan de alguna manera, gracias a la misma persona. Porque él, que es quien provoca esa alegría y quien convoca e invita a disfrutar de la fiesta, también dice presente (por supuesto) en ese momento de recuerdos, memoria y nostalgia. Como siempre, acompañando; como siempre, defendiendo no sólo la alegría, sino también todos y cada uno de esos “valores” que tanta falta le hacen a nuestro mundo; como siempre, ayudando a reflexionar con su canto; como siempre, emocionando; como siempre, como un amigo.
Y así, con esta mezcla de sensaciones transcurrió el día, y uno hizo todo lo que la vida cotidiana exige que se haga. Y así llegó la noche. Una noche que, como todas las anteriores que “el Nano” nos permitió disfrutar, fue mágica. Una noche que se esperó con ansias. Una noche que, como tantas otras, pareció taaaaan corta. Una noche que, si uno pudiera, haría que nunca hubiese llegado a su fin. Una noche que quedará grabada en la memoria (“arma de la vida y de la historia”). Una noche que paso a contarles:
La cita era a las nueve, y aunque sabemos que la cuestión siempre se retrasa un poco, nueve menos veinte ya pisábamos las baldosas de la calle Bouchard, buscando la puerta de entrada correspondiente (hablo en primera persona del plural porque siempre somos varias las que acudimos a la cita: madre, amigas, compañeras de trabajo). Es que también nos gusta ese ratito previo al comienzo, donde se palpita el recital, y se charla con el compañero o compañera de butaca, o el de la fila de adelante, o de atrás. Completos desconocidos sintiéndose íntimos al compartir tanta admiración, tanto cariño, tanto respeto y tanto fervor por la misma persona.
A las nueve y cinco pasadas comenzaron a apagarse las luces (al final no hubo mucho retraso), ingresó la orquesta al escenario y, siguiéndola, los maestros Miralles y Amargós. Luego de los aplausos para ellos, comenzaron con su trabajo, haciéndonos deleitar con los primeros acordes. Los corazones exaltados esperaban verlo aparecer. Fueron segundos colmados de expectativa. Y ahí apareció, por el centro del escenario, vestido de negro, con esa sonrisa que tanto nos gusta, abriendo sus brazos, abrazándonos a todos y recibiendo al mismo tiempo nuestros abrazos, con forma de aplausos interminables, gritos, sonrisas, chiflidos, alegría. Y siguió abrazándonos, ahora con su voz.
“La paloma” fue el primer regalo, le siguieron “Mi niñez” (otra vez la melancolía a flor de piel), “Canción de madrugada” (muy bailada por su autor), “Herido de amor”, “La bella y el metro” y “Princesa”, éstas últimas con un Juanito más movedizo e histriónico que nunca.
Luego ME cantó “Penélope” (si, “porfis” déjenme creer que me la cantó a mí) y tras ella “Pare”, previa traducción al castellano (por si alguien no entendía catalán), un “Benito” durante el cual fue un placer ver los gestos de su cara, “Aquellas pequeñas cosas” y “De cartón piedra”, donde “el Nano” volvió a demostrarnos su capacidad actoral.
Luego de un intervalo en el que se veían sonrisas, caras de “¡Qué maestro es este tipo!”, y se percibían las ganas de que la segunda parte no tardara en comenzar, llegaron “Mediterráneo”, “Bendita música”, “Fa vint anys...” (con su correspondiente comentario sobre la capacidad de reciclado de la misma), “Es caprichoso el azar”, “Pueblo blanco”, “Balada de otoño” , “Disculpe el señor” , “El carrusel del Furo”, “Barquito de papel”, “Cantares” ( en la que no pudimos, como hacemos siempre, acompañarlo cantando , medio a los gritos, levantando los brazos, con el micrófono para nosotros). Para los bises, nos regaló “Lucía” y “No hago otra cosa que pensar en ti”.
Les voy a ser sincera: este recorrido por las canciones lo hice con el programa, porque mi embeleso cuando lo voy a ver al Nano es tan grande, que después no logro retener con exactitud el orden de las mismas, así que disculpen si alguna me falta. Lo importante es decir que todo el tiempo se lo vio contento, brindándose, como siempre, con esa complicidad que nosotros y él sabemos que existe. Fue una noche inolvidable, no podíamos dejar de aplaudir, no queríamos irnos, no podíamos creer que ya había terminado.
¿ POR QUÉ PASARÁ TAN RÁPIDO ?
Pero ya estaba, tanto esperar, y ya había llegado el final. Nos quedaba irnos a comer unas pizzas y prolongar la emoción hablando -entre suspiros y caras de felicidad- del espectáculo, de las sensaciones de cada una, de las ganas de volver a verlo, de las preguntas típicas e infaltables : “¿Y ahora cuándo volverá?”, “ tendremos que esperar un año más” y “¿habrá entradas para otro día, aunque sea atrás de todo?”.
Y al final, con las retinas llenas de imágenes, los oídos satisfechos, el corazón más gordo por tanta alegría y el alma plena de emociones, desandamos el camino para seguir con nuestra vida de todos los días, pero habiendo acumulado un recuerdo más, que pasará a engrosar el conjunto de momentos inolvidables que “el Nano” sabe regalarnos.
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