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Concierto en el Teatro Municipal de Santiago (Chile) 31 de Marzo de 2004
Texto de Christian Reyes Gavilán (Santiago)
SINFONÍA DEL HOMBRE LIBRE
El Teatro Municipal de Santiago de Chile tiene un aura de elitismo que lo ha acompañado desde su fundación. Es el teatro de las grandes óperas, de los grandes espectáculos acomodaticiamente llamados “serios”, y preferido (o estigmatizado) por quienes creen que la buena música, o el arte en general, sólo es apreciada por un grupo muy minoritario del espectro social. Desde luego, los años del régimen militar no hicieron más que acrecentar ese lamentable signo. Inaugurado en 1857, incendiado en 1870, y reinaugurado en 1873, este Teatro Municipal exhibe una historia que, sin embargo, tuvo hasta 1990 algunas notables excepciones a lo señalado precedentemente, como lo es la propia actuación de un joven Serrat en 1971, cuando éste daba sus primeros pasos en estas tierras de América, cuyo público hoy lo venera como un clásico. Afortunadamente, en estos últimos 13 años, este edificio, declarado Monumento Nacional y que sigue líneas arquitectónicas que lo emparentan con la Ópera de París o el Casino de Montecarlo (de hecho, el constructor de estos iconos europeos colaboró en su edificación), ha desarrollado una gestión de la más amplia acogida a todas las experiencias artísticas, y de facilitar el acceso a los espectáculos que presenta.
Ya desde una hora antes de vivir la experiencia sinfónica de Joan Manuel, un variopinto público se reunía en torno a este Teatro, ubicado en pleno centro histórico de la ciudad capital de Chile. Un público que, a simple vista, cruzaba los grupos sociales y las generaciones. Un público que, con café, cigarrillos, y diálogos “serratianos” (qué ha significado la banda sonora del Nano en sus vidas), aguardaba la hora para acompañar a Joan Manuel, 33 años después de su primera y única presentación en este escenario. Un interés tan evidente, que incluso debieron agregarse a última hora 50 nuevas localidades, en un hecho que sólo se había producido antes con las actuaciones de Claudio Arrau y Plácido Domingo.
Al entrar a la sala, era evidente una suerte de comunión espiritual que culminaba en el escenario sobrio y flanqueado por columnas que esperaba la “bendita música”. Exactamente a las 21:07, y tras el ingreso del maestro Miralles y el concertino Jaime Mansilla, el primer aplauso fue para el maestro Amargós, quien al frente de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Santiago, dio paso a la introducción de “La Paloma”. Minutos después, el silencio se tornó aplauso de pie y sostenido cuando Joan Manuel apareció al fondo y cruzó por el medio de la orquesta. Era el aplauso para el amigo al que tanto se le extraña cuando no está, era el aplauso para el artista que ha hecho de la libertad y la consecuencia un ejemplo de vida, era el aplauso para decirle, en este escenario que lo recibía tres décadas después, que Chile entero está abierto hoy y siempre para él, el aplauso para que nos perdone si alguna vez -contra el alma real del país- algunos no quisieron que su voz sonara en nuestra tierra. En fin, el aplauso que daba inicio a esta fiesta, su fiesta, nuestra fiesta.
De ahí en adelante, fue una vivencia de arte, de sutilezas, de alegría, de canto a la tolerancia, a la justicia, al amor, a la nostalgia, a la esperanza, que nos llevó por “Mi Niñez”, “La Bella y el Metro”, “Pare”, “De Cartón Piedra”, y que alcanzó la más absoluta comunión que yo haya presenciado de artista, público, música y sentido, en las inolvidables “Herido de Amor” (Federico García Lorca, ciertamente, habría dado las gracias por esta musicalización de su poderosa palabra poética), “Princesa” y “Penélope”.
Un sonido perfecto, que armonizó la voz de Joan Manuel y cada arreglo sinfónico, con la exacta fuerza de cada uno, y que -en mi concepto- logra cabalmente “revestir” cada canción con un ropaje nuevo que la “repotencia” sin perder su fuerza original. Es decir, el logro del propósito de esta experiencia, según tantas veces nos lo ha dicho Joan Manuel.
Así entramos, como si no hubiera habido intermedio, a la segunda parte del programa, que siguió por derroteros cada vez más integrales de comunicación entre los artistas y el público, de ambientación escenográfica delicada y precisa, y de esas vivencias profundas del arte que, muy de vez en vez, tenemos oportunidad de vivir, cuando por ejemplo el “silencio sonaba” en la magnífica, repito: magnífica, interpretación de “Bendita Música”, que le valió merecidamente el aplauso del público y de los maestros Serrat, Miralles y Amargós al concertino de la orquesta.
La intimidad de interpretar sólo acompañado al piano por el gran Ricardo Miralles, temas como “Balada de Otoño” o “Disculpe el Señor”, dieron cuenta de aquella “poesía” que se hace humana desde la música, y que uno comprende después, tal vez en casa, repasando la vivencia del concierto, que es lo que explica la inevitable e indispensable presencia de Serrat en nuestras vidas.
Por eso mismo, culminar esta experiencia con Miralles y Amargós a cuatro manos en el piano, y Joan Manuel comunicando “No hago otra cosa que pensar en ti”, fue el modo más adecuado de decirnos que siempre está con nosotros, de saber que en él siempre hay “Fe de Vida” y que con esta experiencia sinfónica ha permitido que la palabra “clásico” le sea aún más aplicable, no por elevarlo a un Olimpo inalcanzable, sino al revés, por sentirlo cada vez más el amigo que siempre añoramos. El amigo al que, en último término, con la emoción que hace inútil la expresión verbal, uno sólo puede decirle “gracias”.
Gracias, Joan Manuel, porque en el Teatro Municipal de Santiago de Chile, la última noche de marzo de 2004, nos hiciste vivir la mejor sinfonía del hombre libre. Ya te echamos de menos.
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