Concierto en el Centro Cultural de la Estación Mapocho de Santiago (Chile)
3 de Abril de 2004

Texto de Roberto Orellana (Viña del Mar)




SERRAT... A TODO TREN


   Desde que Serrat reanudó sus visitas a Chile en abril de 1990, siempre había asistido a sus conciertos el primer día. Sentía que la emoción del reencuentro bienal tenía la misma intensidad que los abrazos que se dan dos amigos que no se han visto durante un largo tiempo. Pero en esta ocasión, y después de varios años en que no teníamos el privilegio de escucharlo en tres presentaciones, concurrí al último recital, el de la despedida, en donde descubrí como cada canción se disfruta, se canta y se aplaude apretando las palmas, como tratando de impedir quedarnos sin ellas.

   En esta ocasión, el imponente escenario de nuestra “Estación Mapocho”, un terminal ferroviario felizmente rescatado y transformado hace algunos años en centro de exposiciones y espectáculos culturales, debió ser acondicionado con recubrimientos textiles especiales que permitieran acoger óptimamente a los setenta distinguidos músicos de la Orquesta Sinfónica de Santiago, dirigidos por Joan Albert Amargós, autor de los arreglos, quienes junto al ya mítico Ricard Miralles y su piano nos ofrecieron un marco musical impresionante para las canciones de toda la vida del catalán.

   Así, con el sonido de un silbato de tren, los músicos se ubicaron en un sencillo escenario dividido por un corredor central por donde aparecería Serrat junto a las notas de “La paloma”. Apenas se escucha la orquesta, matizada por la ovación de 3.600 ansiosos espectadores, reparo en que además de los 16 temas que ya he escuchado una y otra vez en el disco, Serrat ha preparado versiones sinfónicas de otras canciones, las que, espero, podremos escuchar en un “Volumen 2” o en un registro de esta gira 2004.

   Luego de “Mi niñez” continua con “Cançó de matinada” –para mí el tema mejor logrado– luego del cual nos cuenta lo importante y simbólica que ha sido esta canción en su carrera, como catalán que es, quienes –señala– “cantan en catalán, conversan en catalán, se reúnen en catalán y hacen el amor... como todo el mundo”. Después de que nos confiesa que ésta ha sido una ocasión ideal para incluir el poema de Federico García Lorca musicalizado para Ana Belén, aclarando que jamás compondría para otros algo que a él mismo no querría interpretar, escuchamos la belleza de “Herido de amor”, para seguir con “La bella y el Metro”, “Princesa” y la clásica e infaltable “Penélope”, a la que todos parecemos buscar en los mismos andenes en los que nos encontramos reunidos.

   Así como en el año 1992 en la gira de “Utopía”, antes de cantarlos Serrat nos recita en español “para los tres o cuatro aquí presentes que no saben catalán” los versos de “Pare”, tema donde los arreglos sinfónicos que reemplazaron a la hermosa guitarra del tema original, han traducido magistralmente la angustia de aquel hijo y su padre. Luego escuchamos “Benito”, otro tema no incluido en la placa, para seguir con la inefable “Aquellas pequeñas cosas” y cerrar la primera parte con “De cartón piedra”, donde el vertiginoso ritmo de la melodía se nutre perfectamente con el de la historia.

   Cuando volvemos la emoción colectiva se intensifica al descubrir entre clarinetes, trombones y violines la inconfundible “Mediterráneo”, luego de la cual Serrat nos da otro maravilloso bocado musical con la muy pertinente “Bendita música”, introducida por un finísimo violín. Otra vez, conversando con el maestro en medio de esta tertulia, nos cuenta cómo los años lo han obligado a renombrar la jovial y bullente "Ara que tinc vint anys" reafirmando su juvenil proclama en “Fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys”, lo que desata las risas y aplausos del respetable. Después de interpretarla, nos ofrece la hermosa “Es caprichoso el azar”, sin el angelical complemento femenino original, seguida de “Pueblo Blanco”, tema en el que los sonidos realzan el panorama sombrío y trágico de la canción.

   Ahora, la potencia de la orquesta esconde sus sonidos para que escuchemos una “Balada de otoño” y “Disculpe el Señor” interpretados sólo con el piano de Miralles, con lo que Serrat, ante la distancia y formalidad que inevitablemente surge en un concierto sinfónico, nos regala uno de esos característicos momentos de intimidad y coloquio que le conocemos y que siempre le agradecemos. Entonces, comienzan las infantiles notas de “El carrusel del Furo”, otra de las grandes reinterpretaciones del nuevo disco, para seguir con la nostálgica “Barquito de papel”.

   Como la tradición de cerrar los recitales con "Fiesta" en este caso no podrá continuar, adivinamos con los acordes de “Cantares” que esto se nos acaba. Pero nuestro anfitrión no nos quiere dejar con gusto a poco, lo que igualmente siempre sucederá, y luego de traducirla “por si no nos percatamos” nos ofrece la candidez de “Palabras de amor”, para luego interpretarnos una magnífica y erizante “La saeta”, después de la cual nos deja en medio de vítores, aplausos, gritos y más aplausos rogando su regreso. Todos sabemos que este no es un concierto “tradicional”, en el cual podamos hacer volver a los músicos una y otra vez, pero igual gritamos, aplaudimos y silbamos, hasta que Serrat retorna, nos ruega afligido comprensión, aplacando nuestra devoción con una maravillosa “No hago otra cosa que pensar en ti”, interpretada “solo” junto al piano y las acrobáticas cuatro manos de Miralles y Amargós, después de la cual el público revienta en una ovación que se confunde entre la admiración por este último regalo y la euforia por las dos horas y media y 24 canciones que hemos disfrutado.


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