Concierto en la Sala Argenta del Palacio de Festivales de Santander
16 de Abril de 2004

Texto de Daniel Ferreiro (Piedras Blancas, Asturias))




SINFONÍA Y SENTIMIENTO


   A pesar de ser la sexta vez que nos veíamos, él me trajo a nuevos amigos. Quedamos en una ciudad que yo no conocía: Santander, estrellita del mar. Una cita: entre amigos. El día: 16 de Abril, aguas mil. La plaza: Palacio Festivales, imponente. El precio: 36 Euros, caro carísimo. El reto: ser feliz durante un par de horas. La ilusión: conseguirlo. La distancia: 200 km, un paseo.

   Salí de Piedras Blancas (Asturias) sobre las 4 de la tarde, acompañado de una lluvia incómoda e incesante. “Pintan bastos” pienso. Luego concluyo que no puede ser un mal presagio para que hoy no pueda ser un gran día. En los 200 km de viaje me vuelvo a preguntar cómo es capaz de hacerme esto a mí, y no aparecer ni por Galicia ni Asturias para saludarnos. Entonces, conduciendo y hablando sólo simbolizo lo de la montaña y Mahoma: “si no viene él, iré yo”. Y sigue lloviendo. ¡Meigas fora!. Mi cabeza se pregunta como saldrá este nuevo experimento entre sinfónicos; ¿Cómo estará de voz? ¿Por qué menos conciertos en esta gira? ¿Realmente era necesario este Sinfónico? ¿Merecerá la pena? Mi corazón me dice que sí.

   18:30 horas. Bahía de Santander. Ciudad bonita donde las haya; y lo dice un coruñés que trabaja al ladito de Gijón. (Tres de las cuatro señoras del Norte de España.) Tarde fría y húmeda, oscura y tristona. ¡Meigas fora! Localizo el precioso Palacio Festivales, de inmejorable enclave para acontecimiento tal, modernista, espacios abiertos y vistas al mar. Como mandan los cánones. Nada que envidiar a otras grandes plazas donde me he citado con él. Tiempo, el justo para un breve paseo por Puerto Chico y Reina Victoria y una cañita que calme los nervios. No hay tiempo para el tapeo; no importa, “la cebada alimenta”, pienso.

   20:00 horas: le echo el último vistazo a la envolvente Bahía. El Palacio ha abierto sus puertas; alguien nos espera. En la cola veo chicos, parejas, chicas, señoras y señoronas; vaqueros y corbatas; veo mantones con olor a alcanfor y me enredo entre “tops” más sugerentes. “La mezcla siempre enriquece,” decía un profesor de Microeconomía. Me recibe un escenario lleno, repleto, que deja en mi opinión poco espacio para el cantante. Un escenario sobrio con seis columnas al fondo que me recuerdan al escenario de Versos en la Boca.

   Y lleno hasta la bandera, como en las buenas faenas. Y aparece él, derrochando trapío allá por donde pisa; “venga vamos, chaval, suerte y al toro”. Saludos, gestos y leve reverencia. Aplausos del respetable. Se abre la veda con “La Paloma” de Rafael Alberti. Joan Manuel nos saluda, agradece la asistencia y nos da la bienvenida a casa. Seguro, valiente y muy risueño (más que nunca). Traje gris marengo, camisa más bien negra, chaqueta grande, hombros caídos y brazos estirados. Veo a un Juanito “rodeado de amigos por los cuatro costados”. Elegantemente nos empieza a contar sus recuerdos de la infancia y su ambición de ser cura con “Mi Niñez”. Le noto algo mejor de tono que antes; quizás la humedad le está afectando algo. Aparece un mayor dinamismo con su primer gran éxito en el Estado Español: “Cançó de Matinada”. La música le anima a pasear por el escenario y a mí a moverme en la butaca. Este tío que habla en el escenario me dice que la nit est morta mientras unas luces rojas me recuerdan al alba. ”¿Amanece ya en Santander?”, me pregunto. Ante mi incredibilidad, Joan Manuel nos traduce y explica la canción y advierte que “lo mejor de los amaneceres es lo que cada uno de nosotros ponemos en ellos”, porque sinceramente, son todos iguales.

   Continúa con el lorquiano “Herido de Amor” y “La Bella y el Metro.”. Me muevo ya en la butaca al compás del traqueteo del suburbano. Prefiero esta versión a la de Versos en la Boca. Veo a un Nano que canta, gesticula e interpreta. Frena ese dinamismo con “Princesa” y aparece una cadencia musical que me recuerda al sosiego que alguna princesita perdió por ahí. Llega la cordura y el raciocinio medioambiental con el ecologista “Pare”, la primera vez que se la escucho en directo. Nos han declarado la guerra. Para entenderla nos la traduce y explica, “por si acaso hay alguien que no hable catalán…” Muy aplaudida.

   Hora del intimismo, del Serrat en estado puro. Es la hora de tomar asiento. Bajo una luz cenital, en todo lo alto de un alto taburete, en el centro del escenario. Todos en silencio, Sinfónica incluida porque al sonar “Aquellas Pequeñas Cosas” calan las dosis de emoción y sentimiento: aquellas señoronas de permanente y mantón, pañuelo en mano, moquean ya largo y tendido; y las del top sugerente también. Con “De Cartón Piedra” se encienden las luces y llegamos al inoportuno intermedio que rompe el ritmo del concierto: un coitus interruptus que nos enfría, cuando ya nos estábamos encandilando, a la ya gélida gente del Norte.

   Los primeros acordes del arpa nos sumergen en las profundidades del “Mediterráneo”, su éxito más conocido. Si soy sincero hay veces que le observo que no se acopla aún bien a la orquesta. Lucimiento del arpa y, sobre todo, del concertino con “Bendita Música”. Tras el permiso del maestro, saludo a la afición por parte del concertino; y merecidos aplausos. También por primera vez le escucho en directo “Fa 20 Anys que dic que fa 20 Anys que tinc 20 Anys”, “amortizada y remodelada como ninguna otra”, en palabras de él. Con este tema el cor se m'embala i em sento bullir la sang. Caen todas mis dudas sobre la conjunción orquesta-cantante.

   “Es Caprichoso el Azar”, “Balada de Otoño” (a la tarde le iba como anillo al dedo) y “Pueblo Blanco” (magnífico el pianista, Manolo Gas, creo; ¿qué le ha pasado a Miralles?) preceden a “Benito”. Por muchas veces que se la he escuchado en directo siempre me hechiza la interpretación que hace con este tema; se me pone la piel de gallina al escuchar lo que le sucedió al pobre Benito. Impresionante, de las más aplaudidas. Con “El Carrusel del Furo” se dirige a nosotros y nos agradece la asistencia y la de la Sinfónica. Nos presenta al director y al pianista (Manolo Gas). Rememoramos los recuerdos con “Barquito de Papel” mientras que “Cantares”, de Machado, no logra arrancar ni un golpe a golpe del respetable, por muy respetuoso que haya que ser con la Sinfónica.

   En el turno de bises Juan nos explica que “no es partidario de traducir las canciones, porque en el camino de la traducción se pierde la poesía”. Un tema muy debatido, sobre el que no pienso entrar es este, si el mejor Serrat es en catalán o en castellano. Como excepción nos canta en castellano “Paraules d'Amor”.

   Finalmente, decide poner en final penitencia a su garganta, allí donde le tiembla el corazón, y nos dedica “La Saeta”. Magnífico de voz, parezco trasladarme al barrio sevillano de Triana en plena Semana Santa. Serrat se despide agradeciéndonos la asistencia y la complicidad mostrada. Se escuchan tímidas peticiones de su canción más conmovedora, la que sin duda más pide la gente y la que más me impone: "Lucía". El diablo se esconde con la excusa que “el repertorio es limitado” y nos vuelve a brindar el “El Carrusel del Furo”. Terminan así más de dos horas y media de concierto en el que mi corazón calla a mi cabeza.

   Las seis mil pelas del ala merecieron la pena. La pena de viajar sólo no merecían las seis mil pelas. La Sinfónica sí merecía el precio. La Bahía de Santander y el Palacio Festivales merecían los 400 km del paseo a solas que me dí. La acústica y las luces de la sala Argenta no desmerecieron la puesta en escena y el despliegue de la Sinfónica de Euskadi. Serrat mereció, una vez más, el derroche de sentimiento, lágrimas y recuerdos.

   A mis 27 años me sigo preguntando por qué leches este canalla encandila de tal modo a la gente. A tal variedad de gente. Porque, sinceramente, al escucharle, no sabes si se está sincerando contigo o te está vendiendo una quimera más grande que un castillo. En cualquier caso la confirmación, una vez más, del grado de implicación que consigue, el derroche de sentimiento que desprende y la complicidad que sabe ganarse sigue siendo un lujo para quien le escucha.

   Como alguien lo definió, un lujo para el corazón.


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