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Concierto en el Teatro Falla de Cádiz 4 de Junio de 2004
Texto de Luis García (Cádiz)
FERVOR SINFÓNICO
Nos venga ligero de equipajes instrumentales o cargado de sonoridades y sinfonías, nos venga desnudo o barroco, con muchos recitales a las espaldas o más descansado y relajado, siempre, por encima de todas esas consideraciones, el que nos sale a escena es Serrat con toda esa carga simbólica y esa capacidad escénica que no deja de despertar complicidades. Cádiz volvió a ser testigo de otro recital memorable, marca de la casa, con la connotación sentimental y emotiva del acompañamiento de la Orquesta Manuel de Falla, un milagro para una ciudad que está ávida de referentes e iniciativas que estén a la altura de su historia y de su patrimonio cultural.
Llegó Serrat con sus aires sinfónicos, con la voz pletórica y madura, con esa archisabida capacidad de hacer suyas las palabras, las melodías, cada escenario al que se sube y al que se entrega. La buena acústica de un Teatro Falla colmado de un público apasionado, la joven y voluntariosa orquesta que tan excelentemente arropó al cantante, la sobriedad y buen hacer de la dupla argentina -el director Juan José García Caffi y el pianista Horacio Icasto- hicieron más fácil el recorrido sonoro del cantautor, un recorrido antológico por su obra -aunque no fuera ésa la pretensión- donde cada cual echa de menos tantas canciones que nos sigue debiendo y donde vuelven a sonar las infaltables que son las que el público mayoritario -y menos exigente- siempre le anda pidiendo. Que si “Penélope” -que nos llegó algo apresurada y efectista-, que si “Cantares” -esta vez no dejó que el público la coreara- , que si “Mediterráneo” -muy buena y compenetrada la versión sinfónica-, o la apoteosis final con “La Saeta” -último tema sinfónico presentada con intenso dramatismo y derroche vocal por parte del cantautor- o “Lucía” -a solas con el piano de Icasto, con la soledad de lo que no vuelve tocando el corazón de cada uno de los presentes-. Pero el territorio conocido, mil veces transitado pero memorable, no resta validez a la cosa porque Serrat Sinfónico es un trabajo exigente y espléndido, con agradables sorpresas y recuperaciones, que halla su verdadera razón de ser en directo donde no son pocos los hallazgos y las sorpresas.
Quedan muy lejos los dispersos resultados del disco de lo que luego se plasma en directo donde la voz de Serrat y de la orquesta dialoga armónicamente en multitud de canciones y en donde cada pieza encuentra un sendero de armonías y sugerencias lírico y equilibrado. Y detrás de todo ese estruendo sinfónico está Serrat que sabe ser intimista y cercano en toda ocasión y circunstancia y que busca también los espacios del silencio, el diálogo recogido, mínimo, como el que halla con el piano de Horacio Icasto cuando nos regaló una interpretación extraordinaria de “Balada de otoño”, viaje al primer Serrat en castellano, aquel que nos cantaba la soledad con alma encendida de poeta que lloraba sus penas de amor. También, a solas con Icasto, cantó “Disculpe el señor” -de los pocos apuntes sociales de la noche- que sonó muy enriquecida en esta nueva versión, muestra de la versatilidad que poseen muchas de las canciones del cantautor catalán, incluso aquellas que se ubican en una época creativamente más baja donde, no obstante, hay logros interesantes que este tipo de revisiones confirman.
El recital del Teatro Falla fue ejemplar, de principio a fin. Nada novedoso, por otra parte, porque Serrat nunca decepciona en directo. Además la gira sinfónica permite cierto reposo y la agenda no está tan saturada lo que permite que nos llegue en plenitud de condiciones, sin el cansancio de otras ocasiones donde un calendario apretado podía jugar alguna mala pasada en el estado de su voz.
Cierto que en el desarrollo del recital funcionó mejor la segunda parte que la primera. En la primera la orquesta a veces atropellaba a Serrat y la música caminaba por un lado y la voz del cantautor por otra. Aún así hubo excepciones gloriosas como “Cancó de matinada” o “Benito”, excelente en su nueva revisión sinfónica. Esta sensación que afectó a algunos pasajes de la primera parte se disipó en una segunda parte ejemplar donde sobresalieron “Bendita Música”, “Pueblo Blanco”, “Barquito de papel” o “El carrusel del Furo” que alcanzan una gran intensidad en su revisión sinfónica. En esta segunda parte Serrat y la orquesta establecieron una comunión ejemplar que entusiasmó al público.
Otro aspecto muy positivo de esta gira es que fuera del ámbito de habla catalana podemos disfrutar en directo de las tres canciones en catalán incluidas en el disco, rompiendo con esa extraña norma de los últimos años en las que sólo interpretaba una sola canción en catalán. También regaló “Paraules d’amor” en castellano -con la última estrofa en catalán- y ya al final -como penúltimo aliento- “No hago otra cosa que pensar en ti” con García Caffi e Icasto en magistral mano a mano. Un necesario guiño a los 80, muy olvidados en estos recitales donde no puede darse cabida a todas las épocas de un cancionero tan fecundo y variado.
Una vez más Serrat entregó lo mejor de sí mismo y nos entregó su canto perdurable, las melodías que ha sabido encajar en la memoria de todos. Cada nuevo recital al que tengo la oportunidad de asistir confirma que la obra de Serrat sigue siendo una poesía cargada de futuro. Que no hay síntomas de cansancio ni de agotamiento, que el público sigue fiel a la cita, que el cantautor se reinventa a sí mismo en cada recital, que allí, a la vuelta de la esquina, le esperamos en el próximo recital para seguir, puntuales a la cita, con ese ritual que no deja de conmovernos.
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