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Concierto en los Jardines de los Reales Alcázares de Córdoba 17 de Julio de 2004
Texto de Luis García (Cádiz)
EL MISMO GUIÓN, LA MISMA EMOCIÓN
Córdoba, poética y sonora, fue testigo de un nuevo recital sinfónico de Joan Manuel Serrat. Un recital que culminaba el Festival de la Guitarra 2004. No importaba que Serrat prescinda en esta gira de la guitarra porque todas sus canciones han visto la luz en el recogimiento lírico de las cuerdas de una guitarra. Así que su presencia estaba totalmente justificada en este Festival donde se han paseado este año artistas de primera línea como Bob Dylan o Paco de Lucía.
Serrat asomó al entorno privilegiado de los jardines del Alcázar en una noche mágica, cálida pero no sofocante, absolutamente ideal para vivir otro de sus magníficos recitales. El público fue abarrotando el recinto hora y media antes del comienzo del espectáculo, ya que las entradas no estaban numeradas. Una vez visto, por quien escribe estas líneas, tres recitales de la gira, pienso que Serrat Sinfónico se consolida como la mejor gira del cantautor en mucho tiempo, a pesar del escepticismo que podía derivarse de la escucha del disco, absolutamente disipado desde la puesta de largo en el Palau Sant Jordi de Barcelona, el pasado mes de diciembre. La Orquesta de Córdoba arropó en esta ocasión al cantautor catalán con un excelente sentido musical. Muy bien creadas las atmósferas, los cambios de tono, nunca atropellando la voz del cantautor, sino dialogando con ella, trazando un discurso impecable y hermosamente plástico. Regresó el expresivo Joan Albert Amargós a la dirección musical - la ocasión lo merecía- y al piano - ausente Miralles- estuvo Horacio Icasto con su fraseo característico, absolutamente brillante en la revisión jazzística de “Disculpe el señor”.
El guión fue más o menos parecido al de los últimos recitales. Apenas hubo variaciones dignas de mención - el recital se terminó con “No hago otra cosa que pensar en ti” y no con “Lucía”- y los parlamentos fueron los ya conocidos. “Mediterráneo”, “Cantares” y “La Saeta” pusieron en pie al público, conmovió la “Balada de Otoño” y “El Carrusel del Furo” volvió a constituir uno de los mejores momentos sinfónicos del recorrido del cantautor por su obra, recorrido que nunca ha de verse con pretensión antológica.
De todos modos, a pesar de lo previsible de los climas y de las reacciones del público, Serrat Sinfónico tiene en la propia idiosincrasia de la gira - al tocar con distintas orquestas- una exigencia y una novedad constante que no permiten rutinas ni atmósferas previsibles. Cada recital tiene una mágica excepcionalidad y Serrat - muy bien de voz durante toda la gira- sabe estar a la altura de esa circunstancia.
Córdoba se entregó desde el inicio al cantautor que supo desplegar su carisma, su archisabido dominio del escenario y un sabio y lírico uso de la voz prestando a cada tema su corriente emotiva. Volvió a ser mucho más compensada e intensa la segunda parte del recital que la primera donde algunas canciones tuvieron lecturas poco sugerentes - “Penélope”- o “La bella y el Metro”- , por ejemplo, llegaron algo precipitadas-. De todos modos predominó una desbordante calidad en todo cuánto se ejecutó y una feliz compenetración de Serrat con la Orquesta. Es la misma historia de cada recital, la misma elegancia, el mismo clasicismo, la misma certeza de que las canciones de Serrat gozan de una vigencia incuestionable y de una riqueza melódica que permiten nuevas y desafiantes lecturas. Ya sabemos que Serrat no se conforma y que esta gira participa de ese espíritu inquieto en el que está prohibido dormirse en los laureles y en el que cada recital - por muy calculada que esté la cosa- entraña un nuevo desafío. En la ciudad de Góngora un poeta echó a volar sus versos en el Alcázar. Serrat puso en pie a la gente que llenaba los jardines del Alcázar, un público que agrupaba a distintas generaciones y que vivió una noche especial, el mejor cierre posible para un Festival de la Guitarra que ha constituido todo un éxito.
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