Concierto en el el Auditorio y Centro de Congresos “Víctor Villegas” de Murcia
15 de Octubre de 2004

Texto de Antonio Marín Albalate (Cartagena - Murcia)




JUGANDO A ESCRIBIR


   No miento si digo que, al escucharte: Hablo de “La paloma” esa que un día sobrevolara “Mi niñez” para dar paso a una adolescencia donde mi madre, bien lo recuerdo, hacía ganchillo junto a la ventana de una casa muy grande y triste, mientras por las ondas de un viejo transistor (ni siquiera radio había en aquella puta casa) sonaba la “Cançó de matinada” que me atrapó para siempre. Hablo de mi corazón caliente, “Herido de amor”, cada vez que salía a Barcelona para ser el feo de los subterráneos, como en “La bella y el metro”, que se obsesionaba con cualquier “Princesa” que con su perfume le rozara al paso. Hablo de regresos y esperas en la estación de ¿Sants o França? (ya no me acuerdo), contemplando la mirada perdida y melancólica de la “Penélope” de turno (siempre habrá una) que en el banco del andén yo veía.

   Y hablo de mi “Pare” que, en sus años mozos, fue a Barcelona buscando horizontes mejores, en esa postguerra que sumió en el retraso más miserable a un país libre, y donde su mejor fortuna fue encontrar a mi madre. Y hablo del “Benito” que se me viene a la cabeza cada vez que oigo tu canción, querido Joan, hablo -en fin, al escucharte- de “Aquellas pequeñas cosas” que ahora, ya cercano a los cincuenta, me llenan de nostalgia cada vez que me pongo la escafandra para hacer una inmersión en el tiempo y sus desvencijados cajones de donde rescato, por ejemplo, la lycra negra que en sueños ¿o no? y con afán fetichista solicitaba a la más hermosa mujer “De cartón piedra” que siempre me guiñaba un ojo.

   Y hablo del “Mediterráneo” al que acudo siempre que la tristeza aprieta, y de una “Bendita música”, la tuya, maestro, la tuya siempre, que me bebí en vasos de vinilo, durante horas y horas, en aquella casa a la que hacía alusión al principio. Y hablo de la terapia personal que supuso escuchar “Fa vint anys...” cuando la crisis de los cuarenta, (espero por el bien de los dos contarte lo mismo cuando me venga la de los sesenta); y hablo, “Es caprichoso el azar”, de mi fortuna al tropezar, con mis más jóvenes y recientes amigas (alimento de mi palabra) que, benévolas, vienen a mí ignorando mis canas para alejarme (ellas lo ignoran) del abismo. Y hablo de un “Pueblo blanco” el de mi madre, cada vez que miro hacia el cementerio donde reposan sus huesos. Y de una “Balada de otoño” hablo, en esta recién estrenada estación donde el barro me salpica con frecuencia.

   Y, me “Disculpe el señor” ese, hablo del aire del Estrecho y del hambre que araña y empuja pateras a la aventura de vivir aunque sea a costa de jugarse la propia existencia. Y, con “El carrusel del Furo”, hablo de aquel donde solían girar mis años más tiernos. Y de un “Barquito de papel”, hablo, el que -cuando niño- me construía mi padre bueno para fletarlo en acequias que, discurriendo alegres hacia la sed del campo, otorgaban su sustancia a la cosecha. Y hablo de los “Cantares”, con los que -como a tantos y gracias a ti- descubría a un poeta universal. Hablo, digo, de la “Saeta” esa, que sigue hiriendo el aire con su luz, siempre que brota de tu garganta. Y, “No hago otra cosa que pensar en ti”, de una “Lucía” muy particular que me iluminó cierta vez, hablo; de su belleza de hoja perenne, de su foto que jamás amarilleará en mi memoria.

   Y hablo, no miento, desde el corazón donde brotan espontáneas las palabras para esta mi peculiar crónica del magnífico concierto del viernes (como lo sería el sábado) con la Sinfónica de la Región de Murcia dirigida por Juan José García Caffi. Y hablo de un piano en la noche y de unos dedos magistrales, los de Ricard Miralles. Salud, maestro.

   Hablo, y seguiría hablando interminablemente, de tu grandeza como artista y como persona, de tu generosidad sin límites, de todo cuanto a ti se refiere mi admirado y querido Joan Manuel Serrat.


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