Concierto en el Teatro Albéniz de Madrid
26 de Octubre de 2004

Texto de Carlos Hidalgo (Madrid)




SINFONÍAS DE MEDIO SIGLO


   Volvió Serrat a Madrid a lomos de “La paloma”, símbolo, en este caso, no sólo de la paz mundial, sino también de la de espíritu. Porque el maestro se encuentra librando su particular guerra contra las células muertas, esas mismas que, paradojas de la vida, le hicieron sacar fuerzas de donde aún las hay y ofrecer el pasado martes un inolvidable recital, el primero de los seis en la capital española.

   Sonriente, feliz, dicharachero, locuaz, artista, en definitiva, se mostró durante las más de dos horas y media y 24 canciones que compusieron la velada. El público, quizá no tan heterogéneo como en citas anteriores, aplaudió a rabiar, cuando, después de una breve introducción instrumental, el "noi del Poble Sec" hizo acto de aparición en las tablas del Albéniz. En las butacas, rostros conocidos, como los de los periodistas Iñaki Gabilondo e Isabel Gemio, acompañados de sus respectivas parejas; el empresario teatral Enrique Cornejo, o la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, que asistió a la segunda parte del recital.

   Serrat no venía solo. Estaba envuelto, por sus cuatro costados, de la magnífica Orquesta Sinfónica de la Comunidad de Madrid, con la batuta, al frente, de Joan Albert Amargós; del inconmensurable Ricard Miralles, y de una legión de seguidores que no paraban (al menos, dos señoras de mediana edad) de lanzarle piropos ("¡Tío bueno!", "¡Macizo!", "¡Eres único!", "¡Es que no hay otro, no hay otro!") y aplaudir a rabiar la práctica totalidad del repertorio desplegado por el catalán.

   Tras el recuerdo a Rafael Alberti, una mirada a un pasado que no es más que los cimientos de lo que hoy es este gran artista: “Mi niñez”. Estaba el Nano visiblemente emocionado, algo que se le notaba en la voz, al principio, algo ahogada, pero que fue creciendo en intensidad, cual melodía de "Helena", conforme iban saliendo las canciones de la chistera. Y llegó la primera parada en catalán, con una “Cançó de matinada” que arrancó las primeras grandes ovaciones del respetable. Ocurrió algo verdaderamente curioso anoche: el cantautor interpretó cuatro temas en su idioma paterno, y fueron, quizá, los que más aplausos arrancaron del público. Al final, lo de que Madrid es tierra de todos y de nadie va a ser verdad. Como lo fue para ese gran alquimista de sentimientos y versos que fue el granadino Federico García Lorca, cuyo “Herido de amor”, casi calcado del "Lorquiana" de Ana Belén, interpretó Serrat como jamás le había escuchado.

   El principio del recital fue parada y fonda en la nostalgia, por lo que ya llegaba la hora de ofrecer piezas más actuales. Y fue entonces cuando llegó esa construcción de una arquitectura tan maravillosamente imperfecta como es “La bella y el Metro”. Nueva ovación. Y, seguidamente, más retratos de lo urbano. Pero qué duras son las grandes ciudades y sus sociedades colmenarias. Si no, que se lo pregunten a esa chica que siempre soñó con ser “Princesa” y se quedó cortesana. Miserias de la vida real. Fue entonces cuando el clarín, cual grillo veraniego en celo, buscó a “Benito” para invitarle a café, copa y puro. Evidentemente, el mendigo no se pudo resistir, hasta el punto en que dibujó una difícilmente perceptible, pero real, sensación de desazón en el cantante en el momento en que fraseaba "... No vayas a morirte, no me hagas esto". Magnífica versión que nunca entenderá por qué no ha sido incluida en el disco. Gran ovación. El público, en pie.

   Con esas llegó la traca final de la primera parte, un triple alegato de lo imposible. Pudimos comprobar que Ulises, tras 35 años, sigue dándole esquinazo a una “Penélope” abstraída en un amor irreal (y a quién no nos ha pasado eso alguna vez); que el río ya no es el río, “Pare”, ni jamás volverá a serlo (el anuncio y recitado en español de la canción fue uno de los momentos más gradecidos por el público), y que los amores “De cartón piedra” son tan falsos como la sana locura lo permita.

   Llega el intermedio. Hora del cigarro, junto a mi acompañante, el crítico de música del periódico para el cual trabajo, que acudía al recital con ciertos prejuicios que este primer puñado de canciones tiró por tierra: "Está siendo mucho mejor de lo que imaginaba", me comentaba, emocionado. Volvemos a nuestra fila 6 (magnífica localización) y se apagan las luces de nuevo. Toca navegar por esa metáfora de la libertad humana que es “Mediterráneo”. Resulta sorprendente cómo Joan Manuel Serrat ha heredado de Machado su capacidad simbolista para describir en los paisajes los sentimientos íntimos. Y qué mejor sensación la de la “Bendita música”, sobre todo, si es de la mano del magnífico concertino de la Sinfónica de Madrid. Un 10 para el músico. Hace diez años que escucho esa canción y reconozco que apenas me había llamado la atención... hasta anoche. Nueva mirada, casi chulesca, al pasado, con un “Fa vint anys que dic que fa vint anys que tinc vint anys” que, sinceramente, sonaba más a trabalenguas que a canción reciclada, y es que, ¿acaso la palabra de Serrat ha dejado de tener alguna vez 20 años?

   Y ahora, la crónica de lo cotidiano, de “Aquellas pequeñas cosas” (como la música) que nos recuerdan que los pies están en el suelo y que estamos vivos. Seguidamente, nueva vuelta de tuerca a la metáfora, la de ese “Pueblo blanco”, tan claro por fuera, tan negro por dentro, que todos llevamos dentro. El miedo al cambio, al riesgo, ese pulso al conformismo y a afrontar los fantasmas que llevamos dentro para decir "hasta aquí llegué". Ese es el significado, mi significado, de esto que no es una canción, sino un monumento que jamás te cansas de admirar. La construcción del tema, mi favorito, es perfecta, con una conjunción casi imposible de letra, música, arreglos y, lo que es más importante, de carga connotativa que, no por difícil de entender, deja de ser más expresiva. Cadena de aplausos y nuevo gesto emocionado en el semblante de Serrat.

   Había que aprovechar el ambiente grisáceo que había dejado el tema en el Albéniz para hilvanar con una “Balada de otoño” (bravo, Miralles), que levantó desde su inicio a la gente de sus asientos. Qué maravilla de lluvia. Apología, nada demagógica, del embrujo del otoño. El punto y seguido acústico continuó con un "Disculpe el señor" que, en cuyo verso final ("que no se han enterado que Carlos Marx está muerto y enterrado"), muchos giramos la mirada hacia la cara de Esperanza Aguirre. Aplaudía.

   Si hacemos recuento, Serrat ya había hablado de su padre, de su madre, su hermano... Le tocaba el turno a su abuelo, con “El carrusel del Furo”, un tema que gana en directo y que arrancó un "¡Pero qué bonito!" que precedió a otra metáfora de la libertad, de ese ácrata que, por encima de carnés y filiaciones, el Nano lleva dentro: “Barquito de papel”... "sin nombre, sin patrón y sin bandera...". El final, tan falso como se esperaba, lo pusieron los proverbios y “Cantares” de Machado.

   Pero no era suficiente. Los bises, más que justos, eran obligados. Así que el maestro tomó su famoso taburete, lo situó en medio del escenario e indicó a Amargón: “Paraules d'amor”, "...por favor". Y así fue, en catalán, como parte del público, en un susurro, seguía la letra de este himno por el que jamás pasarán los años. Casi sin respiro, redoble de tambores. Gracias, Serrat, por transportarme por unos minutos al lugar donde nací, Sevilla, con la mejor versión en directo que he escuchado de “La saeta”. Aquí podría haber terminado todo sin problema, pero la gente quería (queríamos) más, así que propusieron "un juego" consistente en tocar a piano y a dos manos “No hago otra cosa que pensar en ti”. Nueva despedida. Pero queríamos más, y el nombre de “Lucía” no dejaba de ser pronunciado por el público, así que Serrat hizo una indicación con la mano a los músicos refiriéndose a que tocaran la que estábamos pidiendo.

   Y así fue cómo terminó la noche. En la calle, el tiempo volvió a recobrar su pulso. Las zorras volvieron a sus portales. Confiemos en que todos, y digo todos, sin excepción, volvamos, antes o después, cuando el cuerpo lo permita, a nuestros quehaceres. Sería una buena señal.


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