Concierto en el Centro de Artes Escénicas y Musicales (C.A.E.M.) de Salamanca
21 de Mayo de 2005

Texto de Fco. Javier Hernández Ramos (Salamanca)




ENTREGADOS


   Es fácil que las cosas salgan a pedir de boca cuando el artista (los Artistas, con mayúscula y en plural) se encuentran con un público entregado. Eso es lo que sucedió en la noche del Sábado en el C.A.E.M., edificio que el año 2002 nos dejó en Salamanca. Gran concierto el que nos ofreció Miralles al piano, acompañando a un sincero y entregado -también- Joan Manuel Serrat, sobrio, magistral y dispuesto. Dos minutos seguidos de cariñosos aplausos cuando el artista (pantalón vaquero y camisa blanca) apareció en el escenario fueron la declaración de intenciones de un público que sabía a lo que iba.

LOS PROLEGÓMENOS
   Tres horas escasas fueron suficientes para que, en la mañana del Lunes 16, se agotaran todas las localidades que se pusieron a la venta. Con esto de las nuevas tecnologías (la venta se hizo por teléfono y por Internet), fueron necesarios los siguientes recursos -al menos por parte del que escribe- para conseguir cuatro localidades: Dos teléfonos fijos, dos teléfonos móviles y dos líneas ADSL, además de dos personas dedicadas en exclusiva durante dos horas y media de continuos intentos hasta lograrlo.

   El perfil del público asistente, el que era de esperar. Nada nuevo. Los fieles que, cumplidos los cuarenta y … asistimos una y otra vez a todas las convocatorias que El Nano hace en esta ciudad, y que por suerte no son infrecuentes. Hacía poco más de un año de aquel "Serrat Sinfónico" que abarrotó el Edificio Multiusos (otro legado del 2.002 en Salamanca) y ahí estábamos de nuevo, fieles a nuestra cita. Saludaba yo a un conocido, que me encontré a la salida del concierto, comentando que "menos mal que últimamente Serrat viene bastante por aquí porque, si no, no nos veríamos tan a menudo". Nuestro encuentro con él es algo parecido al encuentro con la familia que vive lejos (o no tan lejos) por Navidad o con los amigos con los que se comparte el sitio de veraneo: se da por hecho. Y así fue.

LA CONVOCATORIA
   El concierto se había anunciado como "Serrat 100 x 100", mientras que en algunos carteles anunciadores por parte de Caja Duero -organizadora del asunto- aparecía como "Serrat esencial". Títulos sugerentes ambos, que dejaban bien a las claras por dónde iban a ir las cosas.

   Y es que en todos sus conciertos hasta ahora, Serrat se había concedido ese momento intimista (muchos de ellos en los "bises") en el que dejaba descansar a la orquesta y, dejando aparte todo el montaje escenográfico, se "retiraba" a su taburete y, junto a su guitarra, desnudaba, casi susurrando, los versos y las notas de una canción de esas de "pata negra". Era como abrir el cofre de las joyas y sacar con cuidado una perla para contemplarla durante un ratito… Era ese momento mágico, esa pincelada que ensalza al poeta, al compositor, al cantante, al artista, al hombre… pero todo a la vez.

   Pues bien: Serrat ha querido regalarse y regalarnos en un concierto un precioso cuadro repleto de esas pinceladas intimistas; un brillante collar colmado de esas perlas que brillan por sí solas y que jamás envejecerán. "Serrat 100 x 100" fue en ese sentido, la respuesta plena a las expectativas de todos los allí congregados.

LAS CANCIONES
   Con una escenografía muy sobria, casi espartana, y acompañado en el escenario por su amigo (tienen que ser amigos, obligatoriamente) Ricardo Miralles, Serrat fue presentando un ramillete de canciones que nos hicieron disfrutar de la esencia del poeta (“Dondequiera que estés”, “Es caprichoso el azar”, “Por dignidad”), del compositor (“Mediterráneo”, “Romance del Curro el Palmo”, “Muñeca rusa”, “Hoy puede ser un gran día”), del cantante "musicador" de poetas (“Cantares”, “La Saeta”, “Menos tu vientre”, “Una mujer desnuda y en lo oscuro”), del intérprete y actor (“Disculpe el señor”, “Romance de Curro el Palmo”, “Señora”) y del hombre (“Me gusta todo de ti”, “Lucía”, “Fiesta”).

   La lista de canciones elegidas para el concierto nos muestra que Serrat no iba buscando lo más conocido de su extenso repertorio. Es lógico que, para el piano y la guitarra, se hayan elegido canciones que ayuden al artista, a los artistas, a mostrar lo mejor de ellos.

   Sin el acompañamiento de la orquesta, la voz toma todo el protagonismo y es ahí dónde se ve la categoría del "producto". Y el producto era auténtico, "100 x 100". Tan 100 x 100 que no hubo lugar a que el público entonara ni un verso, ni una estrofa, ni un estribillo acompañando al cantante. Imposible. Ni siquiera, tararear las canciones para uno mismo: el impresionante silencio del auditorio "prohibía" la licencia de acompañar -ni con un leve tono de voz- las canciones que Serrat, con autoridad, nos iba dejando a lo largo de la noche.

   Canciones de sus primeras épocas, señeras algunas de ellas: “Tu nombre me sabe a yerba”, “Fiesta”, “Señora”, “Romance de Curro el Palmo”, “Mediterráneo” (por supuesto) se alternaban con canciones menos conocidas pero de hondo sentimiento: “Por dignidad”, “Me gusta todo de ti”, “Es caprichoso el azar”, “Muñeca Rusa”, “Dondequiera que estés”.

   Entre unas y otras, tenían su acomodo las canciones "costumbristas" escritas en la década de los ochenta: “Una de piratas, “Disculpe el Señor”, “Esos locos bajitos”, “Hoy puede ser un gran día”.

   El homenaje a la lengua materna la hizo justo al final de la primera parte del concierto, con “La cançó del lladre”. Una breve introducción fue suficiente para presentarla, sin grandes alardes ni grandes reivindicaciones. Tampoco es que esté el asunto para muchos adornos, dado el momento que se vive en Salamanca con el tema de los documentos del Archivo. Se cumplió, respetuosamente por parte de unos y otros, con el trámite y el concierto siguió adelante. Y de qué manera: a modo de entreacto, el virtuoso Miralles se marcó un “Sinceramente tuyo” al piano de los de antología. Adornado finalmente con los compases de “Vagabundear” fue, sin duda, uno de los momentos mágicos de la noche. Demostró Miralles lo que es, lo que vale y lo que aporta a la música de Serrat. También 100 x 100.

   Los "bises": en primer lugar una concesión a su alter ego, al tal “Tarrés” ese que se cuela siempre por ahí. A continuación, una soberbia interpretación de “La Saeta”, de las que dejan huella, casi a capella; finalmente, un guiño a la galería con “Lucía”.

LAS HISTORIAS
   A medida que van pasando los años, Serrat se va manifestando, cada vez más, como un gran contador de historias. Esos intermedios que hace entre cada cuatro ó cinco canciones en los que deja la guitarra, se sienta y nos cuenta "sus cosas" y las historias de su vida, la motivación de las canciones, la idiosincrasia de sus personajes... son momentos de gran complicidad con el público. Y él lo sabe. Pero no abusa.

   En el momento justo, aparece la prosa fluida y socarrona del padre confidente (Introducción a “Señora”), del nostálgico niño apasionado por la lectura (Introducción a “Una de Piratas”) ó el cuasi-esquizofrénico que ha decidido pactar con su "otro yo" el resto de sus días (Introducción a “Tarrés”). También en eso, magistral.

LOS POETAS
   La ambientación del concierto favorecía, yo diría que obligaba, la interpretación de algunos de los poemas que Serrat ha musicado a lo largo de su carrera: Miguel Hernández (“Menos tu vientre”), Antonio Machado (“Cantares”, “La Saeta”) y Mario Benedetti (“Una mujer desnuda y en lo oscuro”) tuvieron su merecido momento en una noche intimista. En el sitio justo apareció cada uno de ellos, como invitados a un banquete en el que, de no haber venido, se les hubiera echado de menos.

   Puestos a echar de menos, quizá no hubiera estado de más hacer un sitio al “Vencidos”, de León Felipe, por eso del año dedicado al Quijote …

HOMENAJE A MIRALLES
   Quiero concluir esta crónica dando el protagonismo que merece, porque lo merece, a la figura de Ricardo Miralles. El amigo, el arreglista, el pianista … el "otro Serrat" (que no el Tarrés). Es difícil imaginarse cómo hubieran sido la carrera y las canciones de Serrat sin Miralles. Seguro que buenas, pero no iguales.

   Quizá sea esta comunión entre uno y otro el mejor homenaje de este 2005 a Cervantes y sus cuatrocientos años del Quijote: El ingenioso hidalgo don Joan Manuel Serrat y Ricardo Miralles, su fiel escudero. Enhorabuena para ellos y para los que estuvimos allí.


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