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Concierto en el Teatro Albéniz de Madrid 12 de Octubre de 2005
Texto de Jorge Peño Iglesias (Madrid)
UNA FIESTA CONVERTIDA EN MEMORIA
Lo llevaba esperando ni sé ya cuánto, pero por fin llegó el momento. Tuvo lugar en el Teatro Albéniz de Madrid, en un recinto abarrotado de gente de lo más heterogénea que, a una, esperaba con impaciencia la aparición de Joan Manuel Serrat.
En mi caso, la ocasión revestía de una emoción indescriptible, pues ese día, 12 de octubre, a las ocho y media de la tarde, iba a tener la oportunidad de asistir por primera vez en mis veintiún años a un recital del "noi del poble sec". Un "noi" que lleva veinte años diciendo que hace veinte que tiene veinte años, y en esta noche lo pude comprobar en primera persona.
Tal vez por la novedad que todo aquello representaba para mí, fui con los ojos bien abiertos, queriéndome fijar en todo lo que pudiera y, de esa manera, tener para siempre fijado en mi memoria los detalles de una jornada tan señalada. Así, me pareció muy sorprendente la variedad de personas que sólo Serrat es capaz de congregar. Ya sólo en la entrada, y buscando cobijo para resguardarse de las gotas de lluvia de otoño que caían sobre Madrid, pude ver a gente que pasaba los 70 y a quien no llegaba a los 15. Gente de etiqueta y jóvenes con camiseta; padres e hijos; abuelos y nietos; parejas y amigos.
Unos pocos minutos de retraso sobre el programa bastaron para hacer que la sed de canciones del "nano" crecieran en todos los asistentes. Mientras, el escenario se presentaba de lo más sugerente, negro y albergando la luz de un foco de luz blanca que durante el recital no cesó de brindarnos movimiento y colorido. Un piano situado a la izquierda, una mesa con cava a la derecha, un taburete en el centro y la guitarra iluminada detrás, parecían unirse con los presentes en la expectación por ver comenzar el acto.
Y apareció, sonriente, en vaqueros y camisa clara arremangada, entre entusiastas aplausos, y sentado en el taburete, mimando la guitarra entre los brazos, comenzaron a sonar las primeras notas de “Menos tu vientre”, bella letra del recordado poeta valenciano, nacido en Orihuela, Miguel Hernández. Con ella, Serrat se presentaba con sigilo, para recibir, en medio de la ovación general, a Ricard Miralles que, sin mediar palabra, se puso codo con codo para acompañar al maestro en la emblemática “Mediterráneo”. Y así, piano y guitarra, Ricard y Joan Manuel, me emocionaron por primera vez, añorando mi mar valenciano, el que me dio la vida y bañó mi infancia. Tras ella, el primer gran rociado de aplausos, y primeras palabras del anfitrión para agradecer (y debía ser al contrario) que "utilizáramos esos momentos de nuestra vida para compartir juntos esta fiesta".
Las siguientes canciones, “Una mujer desnuda y en lo oscuro” y “Tu nombre me sabe a yerba”, fueron el acompañamiento perfecto del crescendo que el ambiente iba tomando, hasta alcanzar el primer cenit con “Esos locos bajitos”, que hicieron saltar las lágrimas al personal y que realmente embargó de emoción. La verdad es que esa experiencia no la había vivido jamás. Pienso que si cualquier disco suyo constituye una experiencia muy enriquecedora, un directo, como gran fuente de sentimientos y humanidad, lo es en grado superlativo. En este caso ocurrió así cuando, tras ella, Serrat se detiene, previa degustación del cava (él y Miralles), para realizar unas divertidas confidencias en relación a “Señora”. Ironizó sobre su reinclusión en los conciertos, y la interpretó, nunca mejor dicho, de pie, acabando la pieza con una reverencia dirigida a todas las señoras, con un gesto cómplice de una experiencia común, al advertir cómo por su casa empiezan a aparecen unos "individuos" que para sus hijas son, tal vez, "como un beso del infierno, pero un beso al fin".
“Por dignidad”, “Me gusta todo de ti, pero tú no”, la mítica “Cantares”, “Cançó del lladre” (de la que hizo una introducción explicativa, ironizando sobre su carácter de "popular", lo cual volvió a dibujar sonrisas y estallar carcajadas entre el respetable) y “Penélope” sirvieron para mantener el listón bien alto, con el lógico entusiasmo que se levanta al escuchar los versos de Machado fusionados con la persona de Joan Manuel Serrat, adquiriendo un sentido histórico aquello de que nunca perseguí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción. Pero golpe a golpe, verso a verso y caminando, nunca se borrarán de nuestra memoria personal y colectiva.
A continuación, Serrat abandonó el escenario, y las luces, junto con las miradas de los asistentes, se centraron en el gran pianista Ricard Miralles, mientras interpretaba en solitario “Sinceramente tuyo” y “Vagabundear”, que identifico como tales, gracias a la generosa aportación de Juan Carlos en el foro de www.jmserrat.com. Simplemente he de decir que estuvo fabuloso. En realidad, lo estuvo durante todo el recital pero, en lo que duraron aquellos momentos, se hizo más patente.
Justo después de unas palabras sobre Miralles y la amistad de la que gozan, nuestro "nano" cantó “Es caprichoso el azar”, “Disculpe el señor” (acompañando con una escenificación muy apropiada al mensaje), “Una de piratas” (con previa evocación de los libros de infancia, sutiles ironías y mientras se proyectaba al fondo del escenario un gran barco pirata, ambientando la escena), “Muñeca rusa”, “Romance de Curro el Palmo”, “No hago otra cosa que pensar en ti” y “Hoy puede ser un gran día”.
Entonces, empezó la euforia contenida y la entrega de la gente reclamando que no se fuera, mientras que desde la multitud se alzaba alguna voz femenina como portavoz de muchos, al pedir, gritando, "¡Palabras de amor en catalán!". Serrat hizo que se iba, pero lo que allí se estaba viviendo pudo más, como ya ocurriera en sus anteriores conciertos y que se repite allá donde va, volvió con la entrañable “Aquellas pequeñas cosas” y con la antológica “Fiesta”.
Pero tampoco eso dejó satisfecho a un público, ávido de Serrat, que consiguió que accediera a cantar la sublime “Paraules d´amor”, lo que levantó una ovación todavía más fuerte, todo el mundo de pie y emocionado ante tanta genialidad inagotable. Sin embargo, el colofón y último cenit se alcanzaban cuando Machado y la voz popular volvieron a hacerse una sola cosa con Joan Manuel al regalar, con una voz extraordinariamente potente, “La Saeta”, cantada de modo impecable a sus triple "vint anys" (veinte años), enardeciendo a los asistentes y concluyendo una noche marcada para siempre en la memoria de los que le vieron.
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