Concierto en el Court Central de Tenis de Santiago de Chile
12 de Noviembre de 2005

Texto de Luis Alvarez Piña (Santiago)




SERRAT QUÍMICAMENTE PURO


   Comienzo diciendo que quien escribe esto es un chileno que tiene a su haber 37 años de vida, de los cuales ya son 22, aproximadamente, los que ejerce como Serratiano. En un comienzo amateur y ya puedo decir que a nivel profesional. Confieso que me costó decidirme a escribir esta, digamos, especie "Crónica de una suerte anunciada" que pretende ser esta relación del concierto que nos regaló Joan Manuel el pasado sábado 12 de noviembre en el Court Central de Tenis del Estadio Nacional de Santiago de Chile. Me costó porque se sabe que es muy difícil, sino imposible, traducir emociones en palabras, gozo del alma en frases, lágrimas que se resbalan sin contención posible en párrafos. Sin embargo, precisamente en honor de Joan Manuel, el culpable de eso que quiero describir y que sé cómo resultará, debo que intentarlo.

   El título de esta crónica es en realidad más extenso que "Serrat químicamente puro". El título completo podría ser "Cuidado: Serrat químicamente puro, tómese con moderación". Creo que ese debió ser el consejo escrito en los boletos y en los afiches de promoción. Yo, que no sabía de esa recomendación, no la seguí y experimenté lágrimas en los ojos, que pronto rodaron por mis mejillas y humedad en la nariz que me obligó a usar pañuelo, pero por sobre todo experimenté alegría en el alma y una fuerte y revitalizadora emoción que sé que ningún otro artista (excepto Dios) logran causarme.

   El concierto comenzó a eso de las 9 y 15 de la noche. El principal estadio de tenis de Chile estaba repleto. Unos instantes antes del comienzo, el público ya daba palmas rítmicamente dando señal de que ya estaba(mos) listos para el banquete. Se apagan las luces del escenario y cuando vuelven a encenderse, vemos al Nano aparecer desde el fondo. El acto de ver a nuestro artista y ponernos de pie fueron dos cosas simultáneas. La primera emoción ya estaba en curso. Joan Manuel sin decir palabra, toma su guitarra y nos regala “Menos tu vientre”. Los aplausos y vítores no se hacen esperar.

   Hasta ese momento aún no se unía el maestro Ricard Miralles, pero en medio de la oscuridad, cual espectro, una vez terminada esa primera canción, oímos que el piano ya emite las primeras notas de “Mediterráneo”. Fue después de interpretar ese emblemático tema que Joan Manuel nos habló. Nos agradeció por "estar aquí, en vuestra casa" y por acordarse nuevamente de él. Su siguiente canción fue “Una mujer desnuda y en lo oscuro”, aquel poema de Mario Benedetti musicalizado por Joan Manuel.

   Finalizado ese tema, nos preguntó si teníamos frío a lo que parte del público respondió que sí. Mientras nos hacía la pregunta se acercó a una pequeña mesa donde había una botella de vino con dos copas. Las sirvió y entregó una al maestro Miralles. Joan Manuel nos dijo que si teníamos frío lo mejor es que nos juntáramos unos con otros en nuestros asientos para darnos calor mutuamente. Él había visto en un programa de vida salvaje ("de esos que hablan de la reproducción de la hormiga coja") que los salmones cuanto sentían frío se juntaban mucho y que eso, al parecer, les hacía muy bien en un ambiente tan gélido como el que ellos habitan.

   Acto seguido, retomó su guitarra y nos cantó “Tu nombre me sabe a hierba”. La canción fue cantada casi todo el estadio, hecho que al ser percibido por Serrat hizo que se silenciara y nos acompañara varios versos con la guitarra. Fue un momento precioso, casi místico. Mejor dicho, derechamente místico. Eso fue el motivo de mi primera lágrima. Rodó por mi mejilla derecha sin que yo hiciera el menor esfuerzo por atajarla. Los aplausos sonaron muy fuertes, una vez más.

   “Esos locos bajitos” fue la siguiente canción. En ese momento, lo que nosotros, el público, cantamos "a capella" fue el coro: "Niño, deja ya de joder con la pelota. Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca". Y a continuación fue el turno de “Señora”. Terminada la canción y terminados los siempre prolongados aplausos, Joan Manuel se tomó varios minutos para explicar el por qué (supuestamente) durante largos años había dejado de incluir esa composición entre su repertorio (son varios los conciertos donde le he oído decir lo mismo, je, je).

   Y también nos contó cómo o por qué razón fue que volvió a interpretarla: la ópera La Boheme. Serrat nos cuenta que, como sabemos (yo no, al menos, lo reconozco), es una obra en que la protagonista se llama Mimí, interpretada por una artista ya madura y "entradita en carnes" que muere de tuberculosis, enfermedad que contrae por causa de encuentros amorosos furtivos. Joan Manuel dice: "Si esa mujer es capaz de interpretar ese personaje, por qué no voy a poder cantar yo "Señora". El público rió entonces de buena gana, comprendiendo que tenía toda la razón. También nos habló que él ahora sabe lo que significa recibir en casa a los novios de sus hijas, "esas personas que no son de mi familia y que vienen a disfrutar de mi jamón y de mis hijas".

   Luego fue el turno de “Por dignidad”, canción sabemos no es de las más conocidas de su vasta producción musical. “Me gusta todo de ti (pero tú no)” fue la próxima canción. Y luego vino, por supuesto, la emblemática “Cantares”. Nuevamente, el hecho de escuchar en medio de la penumbra del estadio, sólo con un Joan Manuel Serrat iluminado, a todos los asistentes corear la canción, hace rodar por mi mejilla una segunda lágrima. Miro al cielo y lo veo despejado, sin luna, pero con un enorme lucero brillando en medio de la noche, hacia el sector poniente de la ciudad. Seguramente, el reflejo de aquel otro lucero que cantaba aquí en la Tierra.

   La siguiente canción fue “La cançó de la lladre”, tema del cancionero popular catalán. En la presentación de esta canción catalana, nos explica primero de qué habla y luego nos dice que echa de menos los tiempos en que los ladrones cuando los atrapaban solían cubrirse el rostro con un paño, "no tanto para que no los reconocieran, sino porque les daba vergüenza". Hoy en día, en cambio, hay que soportar ver a los ladrones, especialmente a esos de "guante blanco", riéndose de uno en los noticiarios de televisión. Creo que todos entendimos los asistentes a qué caso o casos se refería.

   Luego fue “Penélope” la pasó al escenario. Obviamente, cantada por muchos a coro con Joan Manuel. “Es caprichoso el azar” fue la siguente canción, seguida de “Disculpe el señor”. Luego, cuando se oyeron los primeros acordes de “Una de piratas”, una de las asistentes que estaba a no más de dos metros de mí, le gritó: "¡Bravo! ¡Gracias! ¡Te amo!", pues ella la había pedido que cantara aquella canción ya varias veces con anterioridad. Cuando el concierto terminó, esa feliz mujer le decía a todo el que estaba cerca: "Una de piratas la cantó para mí, ¿se dieron cuenta?".

   Los siguientes temas fueron “Muñeca rusa”, “Romance de Curro "El Palmo” y “No hago otra cosa que pensar en ti”, canción ésta que también cantó todo el estadio a capella acompañados por la guitarra de nuestro Maestro. Y, claro, nueva lágrima cruzando mi rostro y otra vez a sacar el pañuelo.

   Las últimas canciones fueron “Hoy puede ser un gran día”, “Aquellas pequeñas cosas”, “Fiesta” y una que no podía faltar en Chile: “El cigarrito”. El epílogo fue “Lucía”. Un buen broche de oro para una noche mágica.

   Hora de término, las 11 horas y 15 minutos de la noche. Hubo dos bises en total. Pudo, por supuesto haber otro, pero me parece que no insistimos en ello por respeto a Joan Manuel. Prácticamente dos horas exactas, que parecen poco, pero como ya dije este era un "Serrat químicamente puro, tómese con moderación".

   Al terminar este largo relato (por cuya excesiva extensión pido perdón), debo decir que:
   - Me pareció notable ver como, ya terminando el recital, gran parte de las personas del sector que podríamos llamar VIP de cancha, se levantaron de sus asientos y se dirigieron hacia el borde del escenario. No recuerdo haber visto eso en otros de sus conciertos anteriores en Chile, al menos no de forma tan masiva y espontánea.
   - Para mí estar en un recital de Joan Manuel Serrat, por momentos, cuando él canta, es similar a estar en una liturgia: silencio absoluto, sólo el sacerdote habla y nuestro corazón escucha.


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