Conciertos en el Teatro Gran Rex de Buenos Aires
15, 18 y 20 de Noviembre de 2005

Texto de Ricardo Ottonello (Buenos Aires)




CONTRASUEÑO DE TRES NOCHES CON EL MAGO


   Y entonces me desperté. Mi primer pensamiento de vigilia fue un deseo urgente de tener entre mis manos el nuevo racimo de frutos que el Mago está cultivando con aires baleares, para mayor brillo de la lengua de March y de Verdaguer. Lo mejor de su trova, siempre está por venir. Salí a la calle envuelto en una marea espesa de corazones. La caricia de la medianoche de primavera me elevaba la sonrisa y se dispersaba por las calles de mi ciudad junto al río inmóvil. El aullido amoroso de miles de almas quedaba hilado en mis oídos con la puntada final de esa voz querida, en la última saeta. Era el tercer final de mi sueño. Y siempre lo soñaba desde lugares distintos. Me veía tomando la mano de mi compañera, cerca del escenario. Cuando -a la mitad del último concierto- giré la cabeza, recuerdo que ví en un palco que quizá no existe a tres figuras que brillaban en el cielo del teatro. Machado y Salvat vestían sus cuellos de pajarita. Antonio, radiante de cenizas, sonreía serenamente y murmuraba este acertijo: "Hoy mi pluma ya vale tu pistola… de catalán, que dispara canciones". Salvat miraba enardecido, como si divisara linternas encendidas en el horizonte de un mar. El tercero era más claro y más corpóreo. Miguel Gila me miraba cada tanto con esa expresión de encina, con la que me dijo hace casi treinta años: "mi infancia ha sido la enciclopedia del dolor, por eso persigo la risa". La llegada del Nano en ese tercer recital se parecía a las dos anteriores. Pero su mirada, creo, siempre se encontraba de un modo distinto con la mía. Me sentí cómplice, como él sabe hacernos sentir. Y le dije otra vez: "Sí Juan, sos tango". (Venerado Miralles: en tus dedos encomiendo mi espíritu).

   El recuerdo del último principio se funde con esa languidez del alma que me dejó el segundo final, alhajado con “La Saeta” y un Serrat con los brazos en cruz, cuando volví a entrar en la primavera de la calle Corrientes. El contrasueño seguía remontando su contracamino. Esa vez estaba más lejos del Mago, y rodeado de amigos entrañables. Pero me sentía dentro del escenario. Quizá me daba una especial sensación de seguridad tener entonces la vaga memoria del primer concierto, que aún no había ocurrido en mi sueño. Y el consuelo de saber que todo se repetiría otra vez en el último concierto, que acababa de soñar, pero aún no había vivido. Esa segunda noche pensé en todas las veces que ese Mago me llevó en la palma de su mano. En las cosas que me dijo mi amada cuando me regaló todas sus canciones hace como veintidós años y me invitó a caminar la vida. Pensé en cierta Nochevieja veinte años atrás en Madrid, cuando bajo los rayos de mi luna de miel llegué a los camerinos del antiguo Teatro Alcalá Palace (Secreto Miralles: tú sabes 'de un himno gigante y extraño…'). Recordé ciertos días de un invierno andorrano, con el muy joven Mago cantando en torno al hogar encendido, rodeados de amigos catalanes de cuyo rumbo me he perdido. Harán casi treinta y tres años de aquello. Embriagado con esos recuerdos estaba yo, cuando comenzó a presentar “La Cançó del Lladre”, y "¡Visca Catalunya!", le grité. Y "Visca!" respondió él, mirándome. Empinado en una butaca transparente, Manolo Vásquez aullaba más que ninguno, como cuando casi se encadenó a su verde Collserola por defenderla de los mordiscos de la ciudad de hormigón. Y yo apretaba aún mas fuerte entre mis brazos el Cancionero Serrat, de Aguilar, que Juan me dedicó en los camerinos del Gran Rex un momento antes de comenzar ese concierto (Miríadas de gracias, Claudio!).

   Vuelo de allí, entonces, hasta aquí, al final del primer concierto. Esa noche de bienvenida hacía justo un año que se le cruzó un bisturí. Y también un año desde que yo le había escrito una canción que recién ahora le regalé, y él me agradeció con fraternal cariño. Y ya llego a la ovación y a los bises de esa noche de estreno, llevando en andas a nuestro titiritero. Porque a todos nos ha puesto un guiñol en nuestras vidas. Cuando el concierto había terminado, el Mago volvió al escenario con Acho y Homero Manzi -se los juro- y entre los tres dejaron el maravilloso terciopelo de “El último organito” abrigando a tres mil pares de oídos. Y yo le tuve que gritar: "Juan, sos tango". A ninguno sorprendió en la sala cuando -también se los juro- se oyó que don Atahualpa le hacía la segunda voz al cantar ese verso de “Vendedor de yuyos” que dice "Yuyitos del campo, pa'l bien y pa'l mal…". En ese primer concierto -el último que recuerdo de mi sueño- estaba yo con mis pequeños hijos. Patricio, el de siete veranos, que me canta en catalán mientras remontamos juntos barriletes que son estrellas, y nos nació un veintisiete de diciembre. Tomás, de trece primaveras recién estrenadas, al que no se le rompe el corazón ni oculta nada, y sólo quiere cantar a su aire. Y en el escenario, bajo una 'dura luz de naipe' el maravilloso Mago repartía el pulso a las damas y el celo a los caballeros (Luminoso Miralles: eres como espejos que multiplican los cielos donde anido). Y con la primera canción escuché que en la negrura de la sala Miguel Hernández me decía sobre el hombro: "cantando esperé a la muerte… y por su canto volví de ella".

   Y el Mago apareció sobre las tablas. Estremecedor y campante. Como la primera vez que su voz me dió las llaves para abrir puertas secretas, cuando tenía yo diez años y era un niño con el peor de los hierros echado al cuello. Antes de la primera canción, se me apareció mi madre. Cuando él empezó a entonar, ella se fue desvaneciendo en una esencia sutil y perfumada. Mil novecientos sesenta y siete quedaba ya muy lejos. Sólo permanece en unas fotos amarillas de ella, y en un sagrado disquito de él que una madrina catalana puso en mis manos infantiles, ya nunca sabré por qué. Se iluminó la sala. Y yo fui llegando desde la noche de afuera hacia mi butaca cerca de las estrellas. Lo último que recuerdo fue la larga y venturosa espera, la maravillosa víspera de semanas y meses. Hasta que todo gira y se confunde como en un prisma vertiginoso. “Es cuando duermo que veo claro” eligió el Mago para volver a cantar después del último desafío de la vida. Yo también, al inicio de esta historia, cierro mis ojos para soñar, como tesoros, con todas las veces que él habló de mi vida en sus canciones.


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