Concierto en el Teatro Bustelo de Mendoza
24 de Noviembre de 2005

Texto de Estela Sonia R. Juri (Mendoza)




CRÓNICA ÍNTIMA DE UN RE-ENCUENTRO


   Finalmente, estoy aquí. Primera fila, apenas un par de metros del escenario. Veo un piano negro de cola a la izquierda, una mesita y una silla antiguas, de "cafetín", a la derecha. Sobre la mesita, una sugerente botella de champagne y dos copas, en un balde con hielo. Detrás, una guitarra espera, silenciosa. Y al centro, más próximo al piano, el símbolo serratiano por excelencia: su taburete de terciopelo rojo, el que desde siempre lo acompaña. En un instante, fugaz como un relámpago, mi mente recorre mi vida entera, siempre ligada a sus canciones. Y siempre, la constancia de ese taburete, como un símbolo de la esencia vital en medio de los cambiantes escenarios. Todo el conjunto transmite un ambiente de intimidad y sencillez esenciales, que sin necesidad de palabras nos incluye y nos invita a compartir con Serrat la idea, la emoción y el afecto que nos propone en esta ocasión.

   De pronto, los aplausos me arrancan de mi ensimismamiento. Es que el Nano acaba de ingresar al escenario, también él sencillo, impecable y, más que nunca, profundamente "humano". No hay artificios, ni juego de luces, ni instrumentos que lo acompañen en esa entrada.

   Saluda, agradece los aplausos... toma su guitarra y ocupa "su" lugar: se sienta en su taburete... Así, sencillamente, se apagan los aplausos, se atenúan las luces y su querida voz comienza a acariciar nuestros oídos.

   Luego, ingresa el amigo con el que recorrió la mayor parte de este camino de escenarios: el maestro Ricard Miralles, para quien tiene palabras afectuosas y agradecidas. Dice una frase que quedó resonando en mis oídos: "Ésta es una amistad que resistió la prueba del filtro de los años..." ... Y juntos, re-crean para nosotros un manojo de canciones que recibimos con profundo placer y también, con un embeleso "casi" místico. En este clima mágico, se alternan los diversos ritmos con anécdotas, bromas y reflexiones, siguiendo un hilo invisible que los enlaza -y nos enlaza- a su autor.

   Finalmente, desde los versos resonantes de "Fiesta", nos anuncia que "llegó el final..." "¡No!, ¡No!", respondemos a coro y juntos -él y nosotros- reiteramos el ritual de la despedida: aplausos, voces que lo vivan, él que reingresa... Y los sones finales de este reencuentro comienzan a escucharse. Los que estamos cerca, nos arrimamos al pie del escenario. Continúa por unos instantes el intercambio de "regalos": le entregamos obsequios, cartas, flores... él nos agradece con canciones de las más queridas... Hasta que deja la guitarra, nos acaricia con sus palabras, con su sonrisa y con su mirada, alza los brazos y lentamente desaparece por el costado del escenario, llevando en sus manos y sus bolsillos las muestras de nuestro afecto " que resistió la prueba del filtro de los años"...

   Después, uno recorre aquellos instantes en los que el hombre y el artista se dieron cita junto a nosotros, en una noche que para siempre guardaremos en el cofre de los recuerdos queridos, de las "pequeñas cosas" que han hecho vibrar nuestra alma.

   Pero luego de que la emoción nos devuelve al pulso de la vida cotidiana, van apareciendo otras reflexiones, incluso, podemos "ver" imágenes, impresiones, "intuiciones" que pasaron fugazmente por la conciencia, opacadas por los fuegos destellantes de la pasión. Entonces, me doy cuenta de que, por detrás del artista profesional, hay un hombre diferente. Él lo ha dicho en las entrevistas, pero más allá de las palabras, es notorio que las cosas han cambiado. Su dimensión humana se hace gigante y yo comprendo que, al mismo tiempo, es muy posible que ésta sea la despedida del "artista", al menos para los que habitamos estas latitudes. Siento que Joan Manuel hizo este esfuerzo, esta mega-gira, como un re-encuentro y, al mismo tiempo, una despedida - su ética jamás le permitiría alejarse sin despedirse -. Intuyo que el "hombre" ha decidido arroparse con sus afectos más cercanos, dedicarles su tiempo y su compañía. Vuelve a su tierra, a sus raíces, a sus seres queridos. Compone nuevamente en catalán, canciones que seguramente serán muy personales, casi íntimas. Vuelve a "las pequeñas cosas" que nos dan la identidad y nutren el alma, tal vez se acerque más a sus nuevos proyectos -la producción vitivinícola, seguramente escribir- y elige para esta ocasión un formato sencillo, despojado, como retornando a los comienzos, pero desde la perspectiva del hombre que "está de vuelta".

   También, comprendo que nuestra "relación personal" con Serrat deberá acompañar esa alquimia. Empezar a comprender que la familiaridad y el protagonismo que le hemos dado al "artista" -y que él retribuye desde el escenario- no es un vínculo con el "hombre", como desde nuestro mundo de fantasía pretendemos. Todos sentimos que él ha sido alguien muy significativo en nuestras vidas personales, pero para él somos desconocidos que ¡muchas veces! abusamos de sus energías, de su privacidad, de su generosidad de artista comprometido... Yo pude percibir que "el hombre" estaba cansado, pero también percibía la exigencia con que lo tratamos: "¡otra!, ¡otra!", sin respeto por los límites que siempre marca. Creemos que "debe" darnos un pedazo de sí en una foto, en un papel autografiado... Lo abrazamos, le apretamos la mano... Lo paradójico es que, en nombre del "amor", le exigimos una reciprocidad y una energía infinita, que en este momento de su vida no está dispuesto (¡afortunadamente!) a entregarnos.

   Por lo tanto, creo que "quererle bien" es empezar a separar al artista del hombre, aceptar que formamos parte del universo de sus afectos en nuestra condición de "público", pero no en lo personal. Comprender su "Mírame y no me toques... pero mírame"... Y aceptar que posiblemente, en algún momento el artista se opaque a favor de las necesidades del hombre.

   Esta "crónica" no ha incluido la descripción de los temas y del espectáculo, porque ya lo han hecho acabadamente quienes me han precedido y también, porque no me pareció necesario -ni prudente-. Creo que parte de la "magia" que el Nano preparó para nosotros, está en llegar a él con la ingenuidad y la sorpresa de lo nuevo por descubrir. En cambio, quise compartir la emoción y la reflexión que me promovió este reencuentro, especialmente significativo para mí por haber sido el "reencuentro del regreso", a justo un año de su cirugía y porque, además, nunca estuve tan cerca de él como en esta ocasión.

   Me permito cerrar este espacio con una expresión de deseo: Quisiera poder retribuir lo que siento haber recibido de Serrat, con más arraigo a mi vida y más compromiso con mi realidad, como condición de posibilidad para poder brindar a otros los frutos de mi trabajo, en una cadena humana de la que todos somos parte como un eslabón necesario -pero no exclusivo-. Poder así ser partícipe de la "alquimia" de la vida que desde cada canción nos propone tentadoramente el Nano: "Hoy puede ser un gran día, date la oportunidad..."


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