Concierto en el Auditorio Luis Elizondo de Monterrey, México
4 de Febrero de 2006

Texto de Gerardo Díaz Treviño (Monterrey, México)




LA HORA DEL TIMBRE


   El conteo en reversa de los días al fin terminó. Había comenzado, no cuando nos enteramos del inicio de la nueva gira, con la esperanza de que viniera a América, a México, a Monterrey, nuestra ciudad; realmente la cuenta de los días comenzó tiempo atrás, cuando Joan Manuel Serrat se despidió en el escenario del Auditorio del Parque Fundidora, en aquella inolvidable noche del 24 de mayo de 2003.

   La cuenta, entonces sin término cierto, adquirió fuerza con la gira de Serrat Sinfónico, pero enterados de la necesidad de suspenderla por motivos de salud, hubo de continuar, sin conocer tiempos, sólo con la esperanza cierta de volver al encuentro.

   Es siempre una emoción, no fácil de expresar, pero que quienes esto lean seguramente entienden, la que se experimenta cuando se acerca un concierto de Serrat. Realmente "dominguea el almanaque, y brincan en su rincón las telarañas", porque no vamos a ver al espectáculo de un cantante, sino al discurso de un hombre que nos ha acompañado en la vida, en la familia, por más de 30 años.

   Lo escuché desde 1969, pero lo vi por primera vez en mi vida hasta diciembre de 1981, en ocasión de "En Tránsito"; mi esposa, a quien debo el conocimiento fundamental de Serrat, había asistido antes a dos conciertos. Lo vimos aquella vez en el mismo escenario que ahora, en el Auditorio Luis Elizondo. Entonces esperábamos a nuestro primer hijo, quien nació un mes después, y que ahora, junto con su novia y nuestro otro hijo, también nos acompañó a este concierto del sábado 4 de febrero de 2006.

   Asistir a los conciertos de Serrat, es sin duda vivir experiencias diferentes entre uno y otro, sin embargo es también estar dentro de una especie de ritual luminoso. "He pasado el día preparando el corazón para cuando suene el timbre de la puerta. Sin embargo, desde las nueve cincuenta y tres, me golpea las costillas reclamando de inmediato tu presencia".

   La cuenta real en reversa se materializó con el inicio de la venta de boletos, dos días antes de Navidad, buscando el mejor lugar en el sistema de ventas. A partir de entonces los días transcurrieron a su ritmo. Hasta que llegó el día, y la hora.

   A partir de entonces todo se precipita. El flujo de gente de todas edades llenando poco a poco el teatro, las manecillas del reloj aproximándose a marcar la hora de inicio, el escenario a media luz azul, hasta que se escucha la tercera llamada. Ya no puede faltar mucho, es cuestión de segundos.

   Tantas veces viéndolo, en Monterrey, en San Luis Potosí, en Guadalajara, otra vez en Monterrey, y ahí está, como por primera vez, el Serrat nuevo, el Serrat de siempre, el hombre en orden con la vida, consolidado, congruente, que iremos descubriendo poco a poco.

   Esta vez, dada la naturaleza del concierto, no hay como de costumbre una introducción musical para la entrada. Con el escenario a oscuras, y ya con aplausos antes de salir, aparece por el lado derecho. Son las nueve de la noche con cinco minutos. La indumentaria es signo de que será un encuentro informal, cercano; viste jeans y camisa blanca.

   Y comienza la fiesta.

   Con sentimiento y suavidad interpreta en primer lugar “Menos tu vientre”, de Miguel Hernández, acompañado sólo por su guitarra. En el disco dedicado al poeta autor de la letra, esta pieza es impactante, y la instrumentación lo fortalece, sin embargo, en el concierto la suavidad de la ejecución y el sentimiento en la voz, hacen que sea igual de impactante.

   Aparece el Maestro Ricard Miralles, del lado izquierdo del escenario. Los aplausos son abundantes. Todos sabemos que mucho de lo que conocemos de Serrat, se debe a su cercanía profesional con Miralles, dándole forma a su música. En definitiva, conocer a Serrat, es conocer a Miralles también.

   Viene en seguida el himno que no puede faltar, y que lleva consigo, así como su "luz y su olor, por donde quiera que vaya". Es el tributo a su mar, al “Mediterráneo” donde sigue jugando su niñez.

   El piano insinúa que ahora viene el homenaje a Benedetti, con una pieza tan bella, tanto literaria como musicalmente, y que nunca había escuchado antes en algún concierto: “Una mujer desnuda y en lo oscuro”, ejecutada con sobriedad y precisión.

   A lo largo del recital destaca la clarísima congruencia entre Serrat y Miralles, que es algo más allá de sincronizar piano y guitarra. Se palpa, además del profesionalismo, una pasión musical compartida, añeja, de mucho tiempo atrás.

   A excepción de la gira "Serrat Sinfónico", que no pudimos ver en Monterrey, y que fue con una gran orquesta, y el actual, sólo con piano y guitarra, tradicionalmente los conciertos de Serrat, han sido a base de una instrumentación muy robusta: piano, teclado, guitarra, bajo, batería y percusiones. La coordinación entre ambos hace que no se eche de menos la acostumbrada y sólida instrumentación, sino que, volviendo a lo básico, la ejecución sea más pura, más original.

   La fiesta estaba en ascenso. Serrat agradeció la presencia de tanta gente que, siendo un sábado por la noche en Monterrey, y habiendo tantas cosas qué hacer, había decidido asistir. Y recalcó que era la fiesta de todos.

   Llega el turno a “Tu nombre me sabe a hierba”, que nos hizo remontarnos a los setentas, y volver a suspirar, por esos ya viejos pero actuales tiempos.

   “Esos locos bajitos”, la escuchamos por primera vez en el referido concierto de 1981, cuando se promocionaba "En Tránsito". Es una canción singular, que la vida nos ha hecho ir descubriendo, palabra a palabra. Veinticuatro años después, nuestros dos locos bajitos, de 24 y 20 años, estaban sentados al lado, escuchándola, siendo todos concientes de que hemos avanzado con la canción, aunque aún no termina "nada ni nadie puede impedir que sufran, que las agujas avancen en el reloj; que decidan por ellos, que se equivoquen, que crezcan y algún día nos digan adiós".

   Vino después la siempre solicitada “Señora”, que por muchos años no quiso cantar en sus conciertos, pretextando era un traje que no le venía, pero que ahora interpretó, haciendo después una amplia referencia a su posición de suegro, y a los desconocidos y extraños individuos pretendientes de sus hijas, que entran a su casa y se las llevan a ellas, pero peor aún, también su jamón y su chorizo.

   En seguida interpretó “Por dignidad”, sentado a la mesa donde momentos antes había brindado por la vida, por Miralles, por su urólogo, y por todos. Siguió “Me gusta todo de ti”, donde es impresionante la conexión que logran tener el piano y la guitarra, creando un ambiente fascinante, mágico, como marco de la letra.

   Continúa otra infaltable, con la que muchos lo conocimos en México. Son los versos de Machado en “Cantares”, en el año 69, sin duda, de las canciones más ovacionadas por el público.

   Interpreta después en catalán “La cançó del lladre”, que ha presentado en otros conciertos antes. En lo particular, siempre tengo la expectativa que incluya más canciones en catalán en el repertorio, y en ocasiones han sido hasta tres; pero esta vez nos quedamos con ésta.

   Un clásico más: “Penélope”, ¡que no sólo ha pasado años esperando a su amante sentada en la estación, sino que lleva ya más de treinta encontrándoselo y volviendo a esperarlo.

   Sale Serrat del escenario, y Ricard Miralles interpreta en el piano “Sinceramente tuyo”, que hubiéramos querido que la cantara, y un fragmento de “Vagabundear”.

   Regresa al escenario para cantar “Es caprichoso el azar”, de quien me consta que para algunos asistentes es ya historia personal. Siguió a continuación “Disculpe el señor”, que parece ser una de sus preferidas, pues habitualmente la incluye en sus conciertos; destaca aquí también el arreglo del piano, que le otorga un ambiente espectacular a la melodía y a la letra.

   Vino a continuación un emocionante relato sobre las historias de piratas, aquéllos que vivían en su casa de niño y adolescente, entre las páginas de los libros, y con lo cuales se iba a las travesías por los siete mares. "Qué les puedo contar a ustedes que no sepan de piratas, ¿acaso no son mexicanos?", dijo. Es desde luego el marco para “Una de piratas”.

   Otra genial ejecución musical en “Muñeca rusa”, que es una pieza que en "Versos en la boca" tiene una instrumentación muy elaborada, y que se resuelve admirablemente con piano y guitarra.

   Una obra que se asimila en el tiempo, por su contenido y profundidad, es la que siguió en el concierto: “Romance de Curro El Palmo”, que tampoco había tenido la suerte de escucharle en vivo. Sentimiento, aplomo, destino; qué maravilla! Ahora fueron dos las lagrimitas que dejó ir la "Patro", no una, como en la versión original. También ahora fue "carita serrana", en lugar de "carita gitana".

   Una interpretación suave, melodiosa, rítmicamente dulce, acompañada con las palmas del público, fue “No hago otra cosa que pensar en ti”, donde, como en el concierto pasado, se escapó con una "güera" en bicicleta, en lugar de con una "niña".

   El final formal del concierto llegó con “Hoy puede ser un gran día”, y sin duda que lo fue. Sin embargo, durante todo el concierto "… las campanas del reloj, que anuncian alborozadas tu presencia, repiten tenaces que empezó la cuenta atrás, y que vaya preparando de a poquito el corazón para tu ausencia".

   De pie, dimos todos un inmenso aplauso, de larga duración. Serrat y Miralles agradecieron la ovación y se retiraron. El típico "¡otra, otra!" surtió efecto, como todos lo esperábamos, y regresaron al escenario.

   "Tengo mucha gratitud a esta tierra, que fue y es mi casa, y puede haber muchas maneras de agradecerlo, pero qué mejor que hacerlo con esta canción". E interpretó “De un mundo raro”, de José Alfredo Jiménez, una canción nuestra. Después vino “Fiesta”, en otra maravillosa ejecución musical, donde, como en otras veces y en palabras nuestras, cambió la "resaca" por la "cruda".

   Volvió a retirarse, pero el público no dejaba de aplaudir y de pedir otra. Regresó para cantar una más, la mítica “Lucía”, únicamente con el piano, para despedirse definitivamente. Eran las once de la noche con nueve minutos.

   Ya en el exterior, por la puerta de salida de los artistas, un breve encuentro con el hombre Serrat, para un autógrafo; un ser humano de carne y hueso, que como todos tiene una realidad personal que es inseparable de su oficio.

   ¿Cuándo volveremos a encontrarnos? Sólo Dios lo sabe. Ojalá sea pronto, porque llegó la hora del timbre y el conteo ha comenzado de nuevo, sin saber el final.


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