Conciertos en el Teatro del Centro Cultural de Tijuana, México
10 y 11 de Febrero de 2006

Texto de Hugo F.S. (Tijuana, México)




FLORES Y CELULARES


   La niña no podría tener ni diez años. Pero a cada movimiento de ella más y más ojos en el Teatro del Centro Cultural Tijuana (Cecut) le seguían. Al final de cada canción se encaminaba al borde del escenario, al extremo derecho inicialmente, desde donde su madre le insistía que meneara el ramo de flores -¡enorme!, casi de su tamaño- para que Joan Manuel Serrat la viera.

   Pero mala suerte. El cantante volteaba a otro lado, o hacía una reverencia viendo el piso, o simplemente hacía el conteo inicial de la siguiente sin despegar la mirada del pianista Ricard Miralles. Sin darse cuenta de lo que ocurría, iniciaba la siguiente pieza y a la insistente señora no le quedaba más que decirle a su hija que dejara el ramo sobre el suelo del escenario y regresara a su butaca.

   Al término del tema de nuevo enviaba a su niña, quien cada vez deslizaba más y más a la izquierda el ramo. Al cabo de unas cuatro, cinco canciones -en las que Serrat, a diferencia del público, ignoraba lo que ocurría- las flores casi llegan a mitad del escenario, pero de nuevo el cantante dio el primer acorde de la siguiente (que en este caso fue “Hoy puede ser un gran día”), y la pequeña, una vez más y ya conocedora de la rutina, se encaminó a su lugar.

   El artista seguramente vio las miradas del resto del público y alcanzó a pescar lo que ocurría. Frenó la canción y con una sonrisa acudió a la orilla del escenario, se arrodilló, y tomó el ramo; todavía de rodillas, imitó a la pequeñita arrastrándolo un poco más al centro. El público estalló en risas y aplausos, y madre e hija fueron con Serrat para llevarse un beso.

   Salieron de otras butacas más flores para el español. Era el cariño genuino de un público hacia el hombre que consideran como suyo y quien, con un concierto sencillo, íntimo y cálido, les demostró que sus canciones pueden funcionar perfectamente con acompañamiento único de guitarra y piano. Les platicó “Una de piratas” y les contó sobre el porqué sentía que estaba en completo derecho, a sus 60 y pico años, de volver a cantar “Señora”; les deleitó con las favoritas y los hizo entonar en un murmullo común “Cantares”.

   Su voz se escuchó de inició un tanto débil y hasta se quebró un poco, pero fue sonando más segura y firme conforme avanzó la noche. Y si alguien consideró irónico que la gira se titulara "Serrat 100x100" cuando sus cuerdas vocales apenas respondían al 80% de lo que era antes, al final del concierto se supo: compensó con un derroche extra (de al menos 20%) en entrega a su público.

   Esto fue especialmente claro cuando, al regresar por primera vez después de despedirse, ofreció para deleite de los presentes una apasionada versión de la clásica de José Alfredo Jiménez, “Un mundo raro”. En un concierto de más de dos horas, Serrat hizo pasar a los presentes una noche inolvidable, y hasta les dio un toque serratiano de la música mexicana.



   Noche del día 11. Los teléfonos celulares resultan el mal de la actualidad en los conciertos. Llegó a sonar uno, luego otro, un tercero por ahí. No había más ruido en la sala que el tenue piano de Ricard Miralles y la voz de Joan Manuel Serrat platicando su introducción a "Una de piratas". El público entero escuchaba con atención cuando, una vez más, desde el fondo del Teatro del Centro Cultural Tijuana (Cecut) timbró un teléfono.

   Se escuchó una segunda vez y Serrat, mirando hacia el lugar de donde venía el chirrido le animó, "¡conteste!". Algunas risas se dejaron escuchar. "Ande, conteste. Puede ser un ser querido… ¡o hasta puede ser algún familiar!". No todos captaron al principio, pero pronto todo el Cecut carcajeaba. Serrat dejó escapar también una risa y luego reflexionó, "¿Se imagina si hubieran tenido teléfono los piratas?".

   Así es con Serrat. Aunque sabemos que cuenta las mismas historias, los mismos chistes en cada actuación, tiene tal contacto con el público que nos hace sentir que nos está confesando algo por primera vez. Y bueno, si se dan los momentos espontáneos él no es para desaprovecharlos.

   Es por ello que cada noche se siente especial, y en su segunda fecha en Tijuana, de nuevo ante un teatro lleno a más no poder, Serrat ofreció el mismo repertorio que la noche anterior, formado por favoritas de sus seguidores, otras menos conocidas y comentarios simpáticos sobre algunas de ellas.

   Y mientras que en el primer concierto se vio a personalidades la comunidad cultural local, en esta ocasión destacaba más la presencia de políticos y empresarios ricos, algunos de los cuales seguramente se reacomodaron un poco en sus butacas con su interpretación de “Disculpe el señor”.

   Las dieciocho canciones que ofreció en el set regular, con material de los 60s, 70s, 80s, 90s y sus últimos discos de estudio, fueron las mismas de la noche anterior. Donde le varió fue con los "encores", donde el cantautor nos dio primero “Lucía”, para seguir con “Fiesta” y concluir con “La saeta”. Fue un cierre mágico para la noche de despedida en esta ciudad frontera con Estados Unidos, y donde la presencia de Serrat se reafirmó entre lo más destacado en varios meses.


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