El 24 de marzo de 1968, pocos días antes del 6 de abril, fecha del Festival de Eurovisión, para Enric Cirici y para mí París no tenía ningún valor. La inmensa serpiente del Sena estaba allí extendida como siempre y Notre-Dame también allí, como siempre, haciendo de isla y catedral. Y la inmensa punta del lápiz estaba allí como siempre. Pero nosotros estábamos ausentes de cualquier belleza ciudadana, ni que fuese la del mismo París. Nosotros íbamos obsesionados por vernos con Joan Manuel Serrat y su mánager, José M. Lasso de la Vega, por el tema del Festival de Eurovisión. Íbamos a culminar, si era posible, una batalla iniciada, me atrevo a decir, cuando Joan Manuel Serrat ganó el Gran Premio del Disco de Lloret de mar de 1967 y fue catapultado a la fama. ¡Entonces llegaron los problemas! Eran de prever. A nosotros, que nos los mirábamos todo desde una óptica de país, nos dolía que después de los esfuerzos que habíamos hecho para catapultar a Serrat, ahora lo pusiesen a él en el dilema de si en catalán o en castellano. Cuando salió el primer single de Serrat con sus canciones “ La mort de l´avi” y “La guitarra”, ya nos habíamos dado cuenta de su inmensa potencialidad. Nos guiábamos por el gusto y por el sentido común. Así como saltamos de alegría por la aparición de Raimon, así como cuando surgieron Lluís Llach, Maria del Mar Bonet o los de La Trinca sabíamos que dejarían huella. Acertábamos siempre. Y aquella “Cançó de matinada”, y el primer disco grande de un Serrat todo entero, el rojo, era una “pasada”. Había para ponerlo en el tocadiscos indefinidamente. El año 1967, en la tercera edición del Gran Premi del Disc Català de Lloret de Mar, se veía con toda evidencia que Serrat tenía todas las de ganar. En un comentario en Destino, no firmado pero escrito por mí, lo comparaba con los más grandes cantantes del momento, Adamo. ¡Y Serrat ganó el Gran Premio del Disco! Cuando tuvimos las fotografías del acto fui como un cohete a ver a Néstor Luján, director de la revista Destino, con una fotografía de Serrat guitarra en mano. Entonces Destino ya había hecho el cambio y su catalanidad transpiraba por todos sus poros.
Néstor Luján, con su privilegiada clarividencia (era de los que decían que él había llegado a ser independentista por puro y simple razonamiento), se daba cuenta de que el proceso de recatalanización sería imparable y él mismo colaboraba a hacerlo imparable con Vergés, Teixidor, Amat, Vilanova, y todos los colaboradores del momento. “Mirad”, le decía yo a Luján, “esta foto de Serrat, os hará vender más revistas. No os podéis imaginar el ambiente que había en Lloret, No os lo podéis imaginar. ¡Y todo gente joven! Luján, vamos a más. Y este Serrat es un descubrimiento.” “Pero si ya tenemos la revista hecha, si todo está a punto para imprimir, Espar”. Le dejé la fotografía, e insistí. Salió Serrat llenando toda la portada de Destino: satisfacción viene de satisfacer. La popularidad de Joan Manuel Serrat era creciente, segura, imparable. Nuestros discos se venían calentitos. Era como una apoteosis gloriosa de Edigsa. Pronto los cazatalentos vieron las infinitas posibilidades de Serrat cantando en castellano. Y cuando corrió la noticia de que Serrat había firmado contrato con Zafiro para editar discos en castellano se nos calló el mundo encima.
¿EL PEZ GRANDE SIEMPRE SE COME AL PEQUEÑO?
Ahora que ya era una figura, ahora que acababa de cantar que sólo tenía veinte años, ahora que nos encantaba con la “Cançó de matinada” en pleno contexto catalán que quería decir el enraizamiento a su tierra, a la tierra donde vivía, ahora que había hecho de la obra de Serrat nuestra obra, ahora que veíamos horizontes gloriosos, ahora que Serrat se nos escapaba a medias, y lo tendríamos que compartir. Aunque nuestra decepción estaba lejos de la sorpresa. El entorno del Serrat del Poble Sec, sobre todo el familiar, era más castellanoparlante que no catalanoparlante. La madre, que en la familia marcaba el paso, una mujer extraordinaria, antifranquista, republicana, era del Aragón profundo. Su castellano era claro, categórico, eufónico. Y con su hijo y evidentemente con su marido hablaba en castellano. Siempre. Pero el padre Serrat, un Serrat que creo que era procedente de la comarca del Ripollès, con su hijo hablaba un catalán de tradición milenaria. De aquí que Serrat fuera un claro ejemplo de bilingüismo natural sin traumas. Pero nosotros sí que teníamos un trauma, porque sabíamos que Catalunya en una situación de bilingüismo dejado de la mano de Dios era carne futura e inapelable de monolingüismo cstellano, porque la fuerza y la universalidad del castellano son impresionantes. Y el pez gordo siempre se come al pequeño. Y toda nuestra lucha venía de aquí. Eso, los que están instalados en las grandes lenguas como el castellano o el inglés no lo ven. Para una pobre lengua, escasa de hablantes, y para postres sin estado propio, o aún más, dentro de un estado hostil, no afirmarse día a día es morir. Y de eso, nosotros éramos conscientes y veíamos en Serrat a un valor positivo, increíble, formidable de afirmación. Y ahora todo el proyecto por los suelos. Ahora una vez más el pez pequeño se había de escapar para no ser devorado por el castellano. A nosotros la decisión de Serrat de compartir catalán y castellano nos dejó deshechos.
SERRAT, CANDIDATO PARA IR A EUROVISIÓN
Pero cuando uno no quiere sopa le ponen dos tazas. Por la espiral creciente de popularidad empezó a sonar el nombre de Serrat como uno de los posibles representantes de España en el Festival de Eurovisión. Después del desastre de Raphael en la edición anterior había poco para escoger. Solamente Massiel estaba dentro de los seleccionables. Y entonces el Festival de Eurovisión era un acontecimiento artístico de primer orden. Sólo había una televisión (TVE) y Europa era mucho más provinciana que hoy. Ya tenemos, entonces, Lasso de la Vega, el representante de Serrat, moviendo hilos para que fuese nombrado como representante español del festival. Y no le fue demasiado difícil. Por la clase de Serrat, a “ellos” les iba muy bien extender toda la popularidad de un cantante catalán hacia su lado, asimilarlo. Cuando se habla de la España única, de inmediato viene el desmentido de la realidad. En España nunca hay unos. Siempre están los unos y los otros. ¡La unidad de España es la falsedad permanente, implacable, que se demuestra de rebote en cualquier ocasión! Sí señor, nosotros éramos unos que querían que Serrat fuese catalán con todas las consecuencias. Y ellos, por más que se “vistiese la mona”, eran los otros que sabían muy bien que castellano y español liga perfectamente y catalán y español ya no liga tanto, o según como, nada, sobre todo para ellos. Y lo querían ligar fuera como fuese. Y con Serrat mataban dos pájaros de un tiro. Representaría a España en castellano y lo quitarían de la órbita exclusivamente catalana. Y para Serrat los argumentos de ellos, Lasso de la Vega incluido, eran de una rotundidad aplastante: “Para ti, Serrat, eso va a ser una catapulta increíble. Serrat, vas a ser un dios. Te van a llover fama y millones por todos lados.”
El nombramiento de Serrat para el Festival de Eurovisión desencadenó una polémica formidable que denotaba como el movimiento de la Nova Cançó había revolucionado las conciencias. Revistas, diarios, radios, hicieron comidilla con el argumento de si el catalán podía representar a España en un festival. Se volvía a repetir el mismo problema del Festival de la Canción Mediterránea.
CRISPACIÓN EN LA CALLE
La verdad es que aquellos meses de enero y febrero de 1968 el problema era literalmente objeto continuo de comentario en la calle. Maria Aurèlia Capmany decía: “!Este Serrat promueve una crispación en la calle como el caso Dreyfus!” Y dentro del mismo Serrat también había crispación porque lógicamente él era el tema. Él mismo, el mes de enero, había planteado a TVE la posibilidad de cantar en catalán en Eurovisión.
Se rompieron portadas de discos de Serrat en los grandes almacenes Can Jorba; se silbaba espontáneamente a Serrat cuando actuaba en Valencia, todo el mundo presionaba hasta la desesperación. Y la tensión iba en aumento. Y para colmo de males algunos intelectuales hispánicos abonaron que Serrat cantase en catalán: Buero Vallejo, Pemán, Gabriel Celaya, Cela (el futuro Nobel)…
¡La verdad es que eso daba más alas a Serrat y desorientaba a Lasso de la Vega! Claudi Martí estaba en contacto con Serrat continuamente, porque además estábamos preparando con él el disco de Cançons Tradicionals con el célebre “Ball de la civada”. Y TVE todavía no había dicho un no categórico a la petición de Serrat de cantar en catalán y se había hecho una versión del “La,la,la” en catalán que Serrat promocionaría en toda Europa. La gente, dejaba volar la imaginación: que si iba a cantar una parte en catalán y la otra en castellano, que si, ¡imagínense! , ¡Serrat haría como si fuese a cantar en castellano y a la hora de la verdad lo haría en catalán!. Todo menos perder la esperanza. Y nosotros íbamos especulando una vez tras otra sobre lo que representaría para la opinión pública catalana y española una afirmación inequívoca de existencia de la lengua catalana. Se vería claro que no era la lengua de las reliquias de antes de la guerra, de los nostálgicos del pasado, sino la lengua de la gente joven, de los que “tenemos veinte años”, de la gente del hoy más inmediato. Nada de pasados; hoy, esta lengua está viva ahora, aquí, en las familias y en los trabajos y en la calle. A pesar de todo y de treinta años de franquismo. Allí plantada, dura, desafiante, está la lengua de un pueblo que quiere vivir y no le importan ni los millones ni la fama, que quiere vivir y quiere crecer y quiere estar presente en la canción y en la universidad, y en los periódicos, y en la ciencia, y en el teatro. Una lengua normal. Todo aquello era lo que veíamos nosotros. Y creíamos que en Europa dirían: “Que ejemplo, estos catalanes, que son cuatro gatos, cuatro contados, y que mérito, cantando en catalán, con Franco que los quería decapitar y míralos ahora levantando la voz, afirmándose como toros”. Nosotros veíamos el impacto que podría representar en todas las pantallas de Europa y en muchas de América del Sur y del mundo, pero sobre todo en las de casa, en las de Barcelona, y de Balaguer, y de la Seu d´Urgell, y en las de Valencia, Castellón, Palma, Maó y Ciutadella. ¡Veíamos tan clara la ocasión! Y además sabíamos que Serrat era valiente, era como un toro de valiente y ya lo había pedido y ya había traducido el “La,la,la” al catalán (cosa que realmente no era difícil, como ironizaba el Times antes del festival).
UNA REUNIÓN AL ROJO VIVO
Una reunión de Edigsa con Serrat en el Hotel Manila de Barcelona antes de su gira por Europa fue de novela de folletín. Por un lado, Lasso de la Vega estaba bien pegado a Serrat, con el subconsciente de los millones que veía en perspectiva, y Claudi Martí hacía de amigable acompañante a Ros-Marbà. Y por el otro lado, Salvador Casanovas, Josep Mª Macip, Paco Carbó, Enric Cirici, Quico Vila-Abadal, Magí Hortal y yo. Era un juego de ping-pong con Lasso jugando a cuatro manos, es decir, pensando que TVE sería su baluarte definitivo. Y nosotros no teníamos otra arma que la lógica catalanista, y ninguna otra posibilidad que la de que Serrat se plantase y dijera que él sólo cantaría en catalán. Es decir, estábamos en las manos de Serrat. Antes de acabar la reunión, con todas las posibilidades agotadas y sin haber podido conseguir una respuesta concreta de Serrat, le hice un “speech” final desesperado (no sería el último) y le agarré por donde pude: que necesitábamos la heroicidad de alguien que fuese capaz de hacer el gesto, consciente del riesgo que correría pero consciente también de la importancia que su gesto tendría; que los catalanes no éramos valientes pero que él podría desmentirlo si hacía el gesto y que se nos abrirían nuevas esperanzas. Pero Serrat no nos prometió nada, además de que promocionaría la canción en Europa en las dos versiones. Serrat tendría en aquellos momentos veintidós años como mucho.
EL PRIMER MILAGRO
Después de unos días me llamó Claudi Martí: “Pep, milagro”, así como suena, ¡mi-la-gro! “Serrat me ha llamado desde París diciendo que está dispuesto a cantar en catalán y que quiere plantear a TVE esta decisión y quiere que le respondan sí o no de una vez, sin excusas. Alguien tiene que ir a París para ultimar los detalles de la decisión”. Había para no creérselo. Pero aquello era cierto, era de verdad, aquello por lo que tanto habíamos luchado ahora lo podíamos culminar. Alguien tenía que ir a París al suntuoso Hotel Georges V, donde se alojaban Serrat y Lasso, había un trayecto largo. Recorríamos medio París. Pero en aquel momento París era para nosotros tan opaco que no veíamos nada. Estábamos tan obsesionados que para nosotros, aquel día, París no tenía ningún valor.
PRIMER “ROUND” DESPUÉS DE PARÍS
Serrat había decidido cantar en catalán. Y Lasso, de repente, pensaba como él y veía posibilidades en Rosón y TVE. Ellos, hasta el momento tan dulces, “Eso del catalán claro que sí, qué más da, tranquilo, Serrat, tranquilo. Tú déjanos hacer”. Y los días pasaban y nunca una palabra dura, ningún despropósito en contra del catalán. No les hacían falta despropósitos, ello siempre han sabido mucho. Guante blanco. Pero por fin Serrat se cansó de tanta espera inútil. Y nos dio un escrito hecho a mano, con sus motivos, con sus problemas de conciencia, honestamente. Era un Serrat maravilloso y digno, noble de sangre también aragonesa. Y Lasso asentía, estaba convencido de que, tal y como habían ido las conversaciones, sólo con evasivas pero nunca una negación, TVE accedería a la petición de Serrat. Sabíamos que había riesgo, pero ¿qué riesgo? Y ahora más que nunca a Serrat se le abría el corazón, se le tranquilizaba la conciencia. Y nosotros mudos, sin querer profundizar. Nosotros quitándole importancia a la nota que había preparado Serrat. Habíamos llegado por la mañana e íbamos a salir de aquella suite impresionante del Hotel Georges V el mismo lunes por la tarde acompañados por Lasso de la Vega. Y tras llegar a Barcelona nos volvimos a reunir en el Hotel Manila con todo el consejo de Edigsa en pleno. Convocaríamos a todos los medios de comunicación en la Librería Ona y presentaríamos la nota de Serrat. Dicho y hecho. Tratándose del asunto Serrat, candente, caliente, en Ona aquel día no faltaba nadie. Los críticos musicales de los diarios, los representantes de las agencias de prensa… Y leímos la carta que Serrat enviaba a Juan Aparicio Bernal, de TVE, una copia de la cual quedaría depositada en la notaría de Lluís Roca Sastre. La gente de prensa y radio de aquel momento, casi toda todavía del régimen, se quedó libída, sin sangre. A mediodía por todas las emisoras, y con la salsa que cada locutor añadía, se dio la noticia del no.
MAZAZO
Al día siguiente, a la noticia del no se le añadía otra, la noticia estrella era ya doble: el no de Serrat y el sí de Massiel (que se había ofrecido desde México), miren si estaba candente el tema; ¡le substituiría en el Albert Hall de Londres el día 6 de abril! Punto. Un mazazo para Serrat, para Lasso de la Vega, y un mazazo para nosotros porque veíamos que Serrat era sacrificado cruelmente. Claudi Martí, que tenía un cariño por Serrat sincera y clara, estaba desolado. Todos estábamos deshechos. Y los padres de Serrat, ¿cómo se tomarían todo aquello? Las radios tronaban de ira, insultaban sin piedad, heridos en su amor propio. ¿Qué se había creído aquel mocoso?, ¿Qué se había pensado? ¿Qué podía insultar a su patria, la lengua de los trescientos millones? Se acabaron las florituras. Y Claudi Martí cuando fue a casa de Serrat, en la calle del Poeta Cabanyes, se encontró con un verdadero drama. Al volver me telefoneaba desolado: “Pep, tendrías que ir a casa de Serrat, a dar la cara en nombre de Edigsa”. Y yo, haciendo de tripas corazón, afrontaba los hechos. La casa era pequeña, llena de gente: vecinos, amigos, quien sabe si algun periodista, y yo haciéndome paso en su casa del Poble Sec, presente, pero sin poder decir nada, sin poder dar argumentos; cuando pasan cosas de este tipo los argumentos son ofensivos. Sólo era preciso estar allí dando la cara, y la gente murmuraba. Y la madre lloraba sin parar, y las vecinas lloraban. Y el padre, de pie, seco, sereno por fuera, contrariado por dentro hasta el límite. Mi papel allí era de una penitencia durísima, era un precio muy alto para nuestra insistencia, al atrevimiento de querernos enfrentar con los gigantes de la Televisión y del Estado. Y me fui de allí como pude, triste, deshecho, como de puntillas.
Todos con el corazón encogido veíamos que no podíamos dejar solo a Serrat, aunque Lasso ya había salido corriendo hacia el aeropuerto por miedo a poder ser agredido, y los padres hubieran decidido ir inmediatamente. Nosotros teníamos que estar a su lado obligatoriamente. Y compré billete para París, pero sólo billete de ida.
SE NOS CASA MACIP
Aquel comienzo de la semana había salido calabaza. El 24 de marzo ida y vuelta a París en un solo día. El 26, conferencia de prensa en Ona. Y ahora el fin de semana, fiesta grande, el 28 de marzo se casaba Josep Mª Macip, el gerente de Edigsa, con Pilar Vives i de Quadras, en el Montseny; dos familias de raíces, y con auténtico pedigrí. Era una boda en la que pensábamos que hasta mossèn Ballarín nos hablaría de Serrat en la homilía, según estaba el ambiente. Pilar nos había recomendado prudencia, compostura, serenidad. Pero el ambiente estaba cargado, ya que todos los de Edigsa estábamos en la boda. Pero Macip no llegaba, y una boda sin novio… que si le han detenido, que si está secuestrado, que si le ha dado un infarto… Sencillamente estaba retenido por los directores de la editora Zafiro, que tenían que grabar y vender el “La,la,la” de Serrat en castellano. El negocio se les había estropeado porque preferían infinitamente Serrat a Massiel, que por suerte para ellos también era de la misma editora. ¡Por fin llegó el novio!.
OTRA VEZ EN PARÍS
Alguien tenía que apoyar a Serrat y volví volando a París, ¿Verdad que viniendo desde Barcelona París es un espacio inmensamente inmenso? Salgo del aeropuerto de Orly con media maleta y me voy para el centro de París en taxi: “Si´l vous plait, Hotel Phillipe le Beau, rue de Lisle, 8, Prês Place Vendôme.” “Je connais, monsieur.”. Era una mañana clara, fresca y con un sol agradable. A la vista de uno de los puentes del Sena, todavía en la Rive Gauche, veo un chico con la cabeza baja punteando con si jugase a fútbol un tapón de cerveza o algo parecido y detrás un hombre enjuto pero bien plantado y una mujer maciza pero ágil: “Si´l vous plait, monsieur, attendez un moment, je descends…” Como si en vez de estar en París me hubiera encontrado en la plaza de Balaguer, allí donde todo el mundo se encuentra en un momento u otro, en aquella inmensidad de París, lejos de la Place Vendôme, lejos del Hotel Phillipe le Beau, me encuentro con Serrat y sus padres paseando al sol. Bajo del taxi. Hola. Hola. Lacónico. Una mirada triste, una cara blanca, larga, un estado de abatimiento. Su estado era como hacernos culpables, era como decirnos: “¿No podías prever que pasaría todo ésto? ¡No veis donde me habéis metido!” Pero lo decía en silencio, derrotado, desencajado, arisco… “ Vosotros nada” Era yo el que daba la cara, era yo el que me la jugaba y vosotros sin prever nada, mudos”. Lo sentía por como se lo había tomado. La verdad es que nunca habíamos previsto aquel desenlace, nunca. Sabíamos que había el riesgo de que tuviese que cantar en castellano, pero no precisábamos ni preveíamos el castigo, era como una niebla imprevisible. Y ahora nos sentíamos solidarios con Serrat, y tanto nosotros como él, como Lasso de la Vega, nos hacíamos reproches interiormente. La cosa era vejante: “Massiel sustituye a Serrat”.
PIDO ESTURNADERA (tabaco de las montañas)
Ahogado en aquel panorama telefoneé a Salvador Casanovas pidiendo esturnadera. Por favor, que venga Jaume Picas, muy amigo de Serrat, que venga Guillermina Motta, que venga Marià Albero… No le podíamos dejar solo, ni a mí tampoco. Estoy destrozado. Me empecé a mover por París para ver como podía influir en la prensa. Entonces Ramon Vila-Abadal estaba allí haciendo el doctorado en filosofía y me apoyé en él. Me presentó gente: recuerdo a Trias-Peix, él y ella, de Unió Democràtica, que estaban todavía en el exilio, contacté con Josep Saumell, que era modista en París, y también contacté con Londres, con Josep Manyé, que en aquel momento era Jorge Marín y que tenía contacto directo con la BBC, el Times y con todas la prensa de Londres y colaboraba semanalmente con Destino. Contacté con un enlace que Manuel Ingla me había preparado en París por si necesitaba recursos económicos. Gracias, Ingla. Y venga a explicarles el problema. Y los Trias informando a Le Monde. El resto del tiempo me lo pasaba en el Hotel Phillipe le Beau y me sentaba en la mesita de la sala de estar con los padres de Serrat. Violento y distante, pero presente. Y Serrat me veía allí como un pasmado, como una carabina incómoda e inútil. Y yo sufría cada vez más. Entonces vino Ronald Franklin, un periodista sueco, de parte de Francesc Vila-Abadal y de June –ella era sueca de nacimiento, catalana de corazón- pidiéndome una entrevista con Serrat. Accedió, pero se le veía ausente, no estaba para nada. DE repente, tres o cuatro días antes del Festival, estábamos cerca de la fiesta del Albert Hall; había aterrizado toda la plana mayor de TVE en París con Gallo a la cabeza. Tramaban una ignominia: que Serrat se retractase, que cantase él pero en castellano, naturalmente. No tenían suficiente con que Massiel estuviese bordando la canción. En una mañana se la había aprendido y la cantaba de maravilla. Pero nada de Massiel. Querían a Serrat. Querían que Serrat se retractase, querían que bajase del burro y que cantase él. Y todo era dulzura. Entonces todo eran de nuevo halagos. Que si acabaremos comprando todos los jurados, que si ganará seguro el “La,la,la”, que te estamos ofreciendo la luna. Actuaciones, tournées, millones… “Joan Manuel –y no Juan Manuel- melosamente Joan Manuel, te equivocas. Haznos caso”. La contrapartida económica era tentadora. Y yo esperando a Picas y, cuando podía, haciéndole ver a Serrat que la otra contrapartida era peligrosísima para su dignidad personal: decir abiertamente a la opinión pública española y a la gente que le ha sido fiel que un hombre tiene que ser fiel a sí mismo y después desmentir estar afirmación tan sensata, hacerse atrás, no le honraría nada. Y que conste, sus padres también lo veían así, puede que no tan nítidamente como yo, pero lo veían. Y yo esperando a que viniesen los de Barcelona para apoyarnos: “¿Salvador, cuando viene Picas? ¿Mañana?”
Y mientras los Gallo y los Kap y los Lasso de la Vega iban martilleando a Joan Manuel con argumentos económicos y de fama. Un cantante “regional” contra la posibilidad de salir delante de millones de espectadores, de comerse el mundo.
Todavía no había llegado Jaume Picas cuando los Gallo y compañía convencían a Serrat y conseguían que accediese a ir a Madrid a hablar sobre el tema. Era como un rapto. Si se iba Serrat, los padres también, detrás.
ME ARRODILLO EN PLENO HOTEL
Los de TVE pagaron el hotel y arrastraban a un Serrat completamente desguitarrado que se iba a buscar la guitarra. Estaba todo decidido, todo perdido. Y el Festival allí mismo, el día 6 de abril, ¡el fin de semana! Y yo veía con total clarividencia qué pasaría si Serrat se echaba atrás. Me desaparecieron todas las motivaciones nacionalistas o interesadas. Allí delante sólo tenía a la persona, al compañero, al amigo. Un hombre que se debatía con su dignidad, con su palabra. Yo veía la debilidad que representaría decir que sí, ahora no; era una inconsistencia, una fragilidad. Aquello no dignificaría a Serrat, aquello no se le podía aconsejar: ni gloria, ni fama, ni dinero podían valer una actitud de dignidad. Veía que Serrat estaba a punto de equivocarse, no como catalán, no como catalanista, sino como persona. Su orgullo iría por tierra; aquello que tanto nos falta a los catalanes: orgullo; dignidad ante nosotros mismos.
Hice de tripas corazón y me puse a gritarle en medio del hall del hotel, delante de las escaleras, al lado del ascensor, que lo que iba a hacer era de locos, que lo desharían, que quedaría destruido para siempre. Le hablé de dignidad, me dirigí a Serrat como persona, no como catalanista. Yo hablaba con toda la energía, poniendo toda la carne en el asador. La gente que miraba pasaba escurridiza, sorprendida por el espectáculo. Me arrodillé a medias delante de las escaleras pidiéndole a Serrat que reconsiderara su decisión. Yo no hacía caso de nada, para mí no existía nada ni nadie, ni los del hotel, ni los de TVE, ni los padres de Serrat. Sólo la situación límite de un hombre que se iba a destruir. Yo me arrodillaba, pero mantenía toda la dignidad del hombre que defiende a otro hombre. Serrat aguantaba el aguacero visiblemente tocado. Llegó su madre: “¿Pero qué pasa?” “Éste que he está hinchando la cabeza”. No dijo: “Espar que me grita”. Dijo “Éste”, uno que está aquí, “éste”. Yo pasaba a no ser nada. Yo era el apéndice de un episodio. “Éste”. Serrat subió a buscar la guitarra a su habitación y volvió a bajar inmediatamente. Se iba todo al traste.
AMARGURA
Llegan los taxis solicitados. Todos el mundo se subió. Estoy en la entrada del hotel pero ya no puedo ver nada. El mundo se me ha hundido, me da vueltas la cabeza. Sube también Serrat. Sus padres también se apresuran en preparar las maletas. En París ya no tienen nada que hacer. Ellos también se irán. Yo no sé que hacer. Jaume Picas está a punto de llegar. Salvador Casanovas me lo había confirmado por teléfono. “Viene Picas” “¿Cuando llegará?” “Por la noche”. Yo no funciono. Estoy a punto de la derrota total. Estoy en la sala de estar del hotel. Hundido. Todo se ha ido al traste. Entre la amargura y el desespero. Es el vacío. Es el desastre. El hombre no está hecho para el fracaso.
Yo, en los inicios de todo, cuando Serrat despuntaba, había valorado su sensibilidad, su calidad artística, su lirismo, su frescura, su fina percepción de las pequeñas cosas cotidianas que tienen su valor, aquellas que interesan a la gente… Y todo esto en función del brillo que podía dar a nuestra canción. Después me encontré con el lío del “castellano sí o castellano no” y me moví en el terreno de la fidelidad al país. Aquello de Camus, sus carnets: “no ceder, no consentir, no traicionar, la furiosa pasión de vivir con sentido…”. Sin fidelidades la vida se rompe, se convierte en un molino de viento que siempre es sensible al viento que sopla, no hay un norte que señale el camino. ¿Qué nos quedaría si un día no quedasen padres, mujer, hijos, patria, humanidad, ideales… para dar sentido a nuestras acciones? Nos quedaría la desorientación, el vacío irreversible. Pero la fidelidad en abstracto no es nada sino tiene una referencia en concreto. Es una palabra, una simple palabra. Como la ética. ¿Qué es la ética sin referentes?.
Para nosotros, lo concreto era entonces el problema de Eurovisión. Aquella fidelidad entre tinieblas al país se concretaba de pronto y nos obligaba a luchar. Pero la etapa de fidelidad al país también había quedado superada por la situación. Ahora lo concreto se encarnaba en la persona, ya se había desplazado nuevamente. Ya habíamos pasado de los “ideales”, del “país” a la situación de la persona. Antes son las personas que las ideas. Y yo lo tenía que olvidar todo para ser fiel a la persona de Serrat. No había escapatoria. Para eso se me había despertado una energía insólita que me salía del interior. La imaginación se me multiplicaba y me hacía ver el futuro inmediato y el futuro lejano de Serrat.
Yo sufría; los padres de Serrat sufrían; Serrat sufría; y nuestro sufrimiento era todavía más grande porque era un dolor sabido y compartido.
¿Por qué nos tenía que pasar todo aquello? ¿Por qué no nos apartábamos de cualquier sueño y nos librábamos a disfrutar pacíficamente de las cosas? ¿Por qué no nos dejábamos vencer con la excusa de nuestra debilidad? Y, con todo, la remota posibilidad de un Serrat cantando en catalán nos atraía como un imán. Era como sentirse empujado, atraído, absorbido. Y Serrat también sentía el vértigo por mil razones diferentes. Serrat nos veía a su lado, veía que nosotros jugábamos limpio y él jugaba limpio. Veía que no nos movíamos por intereses económicos sino por intereses de país. Pero a la vez nos veía débiles, mínimos, de una debilidad verificable, desesperante, si otra fuerza que el testimonio crudo y desnudo.
SEGUNDO MILAGRO
Reflexionaba sobre todo esto cuando, de repente, los padres de Serrat y yo nos quedamos helados: como una aparición, entra en la sala del hotel Joan Manuel: radiante, contento como unas pascuas. Había recuperado la sonrisa. Había recuperado aquella cara pícara y viva. Con los hoyuelos en las mejillas haciéndose el desganado. Entre dientes, como si no hubiera pasado nada, nos dijo que los había enviado a hacer gárgaras, “me querían enredar”. “Me decían una cosa e iba a ser otra”. Nos abrazamos franca y abiertamente. Bajó la madre, perpleja; perpleja pero contenta, como el padre, como Joan Manuel, como yo. Todavía no nos había explicado que les había dicho. Exactamente no lo sabemos. Sabemos como lo había hecho. En un stop, el taxi se había parado. Él había abierto la puerta y los había dejado. No lo pudieron retener. Le faltó moral. Vieron como se alejaba con la guitarra en la mano. ¿Qué debía haber pasado en el aeropuerto con Lasso y los demás que iban en el otro taxi? ¿Dónde estaba Serrat? La presencia del espíritu, en último término, había podido más que todas las promesas, que todo el dinero, que todas las perspectivas de futuro, que toda la gloria que podía producirle ganar un festival. Serrat había preferido ser fiel a sí mismo y a su palabra. Había recuperado su camino. Porque Joan Manuel había triunfado en el festival, podría haber tenido un éxito arrollador aquel día. Pero, como decía Alfonso Comín, la conciencia siempre sobresale por encima de cualquier creencia, y estoy seguro de que si Serrat se hubiera hecho atrás, su conciencia le habría pesado por siempre. Ahora él había añadido una nueva dimensión a su vida: en un momento clave hizo un inmenso sacrificio, se lo jugó todo a una sola carta, fue sacrificado, pero mantuvo la dignidad y la palabra.
El resto de aquella tarde pasó rápidamente. Los mismos padres de Serrat comprendieron claramente el peligro que habría corrido su hijo si se hubiese retractado. Nos contagiamos nuestra alegría. Llegó Jaume Picas en medio de abrazos y explicaciones. Jaume Picas se instaló en el mismo hotel que yo, el Monthabor.
“AU PIED DE COCHON”
Hicimos una gran cena de celebración, y fuimos a Les Halles, Au Pied de Cochon. Hicimos una cena de campeonato pero carísima. (La pude pagar porque antes de salir hacia París, como he dicho, Manuel Ingla había pedido a un amigo suyo que me solucionara cualquier problema económico que pudiese tener en París. Y yo venga a hacerme “el grande”). Lasso de la Vega ya había aparecido. Había vuelto del aeropuerto como un cohete. Lasso volvía a hacerme buena cara. Joan Manuel, que había recuperado el apetito, repitió de todo. Después de cenar volvimos a pie desde Les Halles, pasado por la calle de Rivoli, hasta el hotel. Fue un paseo reconfortante con aquel airecillo fresco y cortante de la noche de París. Al llegar al hotel dormí por toda la semana.
Al día siguiente Joan Manuel Serrat empezó a hacer planes. Habían llegado también Guillermina Motta y Marià Albero, que se alojaban en otro hotel muy contentos de que Serrat se hubiese resistido a las presiones de TVE. Se decidió que Serrat iría a Mallorca, donde estaba Josep Puvill, su fotófrafo (y el de Edigsa), y que sus padres volverían a Barcelona.
LA BOMBA FINAL
Todos estábamos impacientes esperando el desenlace del Festival de Eurovisión. Sabíamos que los festivales no era una cosa limpia, que los votos no era precisamente unos votos inmaculados; pero lo que no nos podíamos llegar a imaginar es que los comprarían en su totalidad. Nosotros, con Maria Carme, no quisimos escuchar todo el Festival de Eurovisión y nos fuimos a dormir antes de que acabase. Yo no podía escuchar ni ver cantar a Massiel, era demasiado; pero mis hermanos y mi madre sí. Y cuando ya estábamos en la cama, nos telefoneó Ignasi, o Xavier o Mireia, y nos dijo que Massiel había ganado el Festival. Era la bomba final, no solamente porque me daba rabia que hubiese ganado Massiel, sino porque representaba un golpe más para Joan Manuel Serrat y su sacrificio.
Como una exhalación nos vestimos y fuimos disparados a El Correo Catalán a ver a Ibáñez Escofet, que en aquel momento era el subdirector del diario. Creímos que podríamos explicarle todo lo que nosotros sabíamos de la compra de votos, aquello de Mónaco, lo que nos había dicho Lasso de la Vega, etc, etc. Lo que no nos podíamos imaginar, con todo lo que había pasado, era que se coneguiría el primer puesto. Precisamente yo había pedido a Josep M. Manyé, Jorge Marín de la BBC de Londres, que es pariente de mi mujer, que en uno de sus comentarios semanales en Destino hablase del problema del “La,la,la” y de sus perspectivas. Jorge Marín había hecho salir un precioso artículo en Destino hablando del Albert Hall y de las pocas perspectivas que veía en la canción española antes del Festival de Eurovisión.
Ibáñez Escofet tenía una situación muy comprometida. El Correo Catalán era el de 1968, no podía decir lo que quería. Nos fuimos de El Correo Catalán bastante nerviosos y no dormí en toda la noche. Me pesaba como una losa sobre mí. El comentario que al día siguiente hizo Ibáñez Escofet sobre la canción ganadora, que naturalmente tenía que salir en primera plana de la edición del domingo, fue muy breve, como si se tratase de una noticia de poca importancia. Del comentario se podía deducir que todo esto de los festivales no era una cosa demasiado limpia, pero supongo que para mucha gente lo que se leía entrelíneas debió pasar desapercibido.
“LE MONDE”
Como he dicho, durante la estancia en París Ramon Vila-Abadal me presentó al matrimonio Trias. Los Trias me hicieron alguna gestión con el diario Le Monde y descubrieron que TVE tuvo un interés especial en hacer notar que Joan Manuel Serrat, hasta el momento, no había pretendido nunca cantar la canción en catalán. Exactamente, TVE escribió a Le Monde diciendo que consideraba incorrecta la posición de Joan Manuel Serrat, ya que, según ellos, no habían ejercido nunca discriminación y siempre habían actuado con el más gran respeto por una lengua que forma parte del patrimonio cultural de España. Esto lo recoje Le Mondel el día 29 de marzo de 1968 y nos hace darnos cuenta del interés que tenía TVE en mantener las apariencias ante la opinión pública europea.
SERRAT SE REHACE
La valentía de Joan Manuel Serrat se manifestó pocos días después del desenlace del “La,la,la”. Vino de Palma de Mallorca a Barcelona. Claudi Martí, Lasso de la Vega y yo lo fuimos a recibir. Lasso de la Vega le había preparado ya unas actuaciones, precisamente fuera de Catalunya, y su primera actuación después de todo este asunto se organizó en Oviedo. La reacción de la gente en esta ciudad fue anti-Serrat casi al cien por cien: los carteles de promoción que se habían pegado habían sido rotos o pintados, o cubiertos de frases insultantes. El hecho de que el hombre se presentase a actuar ya representaba una valentía considerable. Joan Manuel Serrat cantó en castellano y después en catalán. En el momento en que Serrat empezó la parte en catalán un sector del público se puso a gritar y a insultarlo, y abandonó la sala. Otros que insultaban se quedaron en la sala y Serrat tuvo la serenidad de capear el temporal. Al final del festival, la mayor parte del público que quedó pidió la repetición de algunas piezas. Si bien es cierto que una pequeña parte del público que estaba en el acto eran catalanes que vivían en Asturias, también es cierto que la mayor parte no lo era. Sea como fuere, Joan Manuel Serrat tuvo la valentía de romper moldes, de volver a ser, y a partir de aquí fue recuperando puntos allí donde iba cantando. En Catalunya, su éxito después del Festival de Eurovisión fue arrollador. Recuerdo que asistí en Sant Just a una de sus primeras actuaciones y el público joven deliraba a favor suyo.
TREN DE MADRUGADA
A nosotros nos pareció que le teníamos que ofrecer nuevas oportunidades, y habíamos estado intentando con producciones Balcázar, el proporcionarle unas películas que ellos ya tenían pensadas. Miquel Porte y Antoni Ribas entrevieron la posibilidad de hacer una película con Joan Manuel Serrat. Pero los problemas se fueron sucediendo. Se hizo un guión que no fue el que nosotros hubiéramos querido que fuese y, por otra parte, se vio claro que los Balcázar no harían ningún esfuerzo en absoluto para hacer copias de la película en catalán. Entonces, como vi que Joan Manuel Serrat ya había vencido la dificultad de volverse a presentar en público fuera de Catalunya; y visto el éxito que tenía en todas sus actuaciones, y visto también que la película que se disponía a rodar no cumplía con los requisitos que nos parecían indispensables, yo personalmente me retiré del proyecto. Ni recogí el dinero que había destinado para hacer la película.
(El único sistema de hacer una película en catalán era a partir de un guión basado en alguna obra literaria ya publicada. Habíamos pedido una a Manuel de Pedrolo pero me dijo que no podía hacerla por falta de tiempo. Entonces Jaume Picas se decidió a escribir él mismo el “Tren de matinada” y yo le avancé los derechos. Lo publicó Alfaguara. Pero no sirvió de nada. Hay que admitir que las cosas catalanas, y todavía más hacer cine, eran en aquel momento así de complicadas…)