El título del volumen hace referencia al saludo con el que Salvador Escamilla daba la bienvenida a su audiencia cada mañana en su programa de radio Radioscope. A lo largo de todo el libro aparecen múltiples referencias a Serrat, que conoce a Escamilla en 1965, aquí se refleja lo que implica directamente al cantautor.
CAPÍTULO 7: CUARENTA AÑOS REPARTIENDO ILUSIÓN
Como encabezamiento de este capítulo aparece una estrofa de la canción de Serrat “Com ho fa el vent”:
“Jo vaig néixer com neix la brisa a la vora del mar.
Amic del sol i de la pluja, vaig aprendre a volar.
Com ho fa el vent. I és així com jo vull viure.
Com ho fa el vent,
El vent que es mou i que és lliure entre la gent.”
Y en este mismo capítulo aparecen la palabras de Serrat en el Homenaje que se le brindó a Salvador Escamilla en el concierto del Palau de la Música de Barcelona el 13 de Junio de 2002, día en que Serrat reapareció tras su problema de corazón cantando "Paraules d´amor" en honor a su amigo y descubridor:
"Buenas noches y gracias por estar aquí. Gracias por hacernos compañía a todos, y nosotros contentos de haceros compañía a vosotros, desde esta fiesta en la que todos estamos diciéndole a Salvador gracias. Gracias por todos los años que nos ha dado trabajo (él, que ha trabajado tanto).
A mí me ha hecho mucho trabajo, me ha ayudado mucho en este oficio. Si esta noche estoy aquí, sin duda él es un responsable directo. Pero lo más importante que me ha dado Salvador no ha sido la posibilidad de poder tomar el camino de esta profesión que tantas alegrías me ha dado en la vida, lo más grande que me ha dado Salvador no ha sido la posibilidad de grabar discos (porque él me llevó de la mano a Edigsa para hacer posible aquel primer disco), ni tampoco lo más importante que ha hecho por mí Salvador fue pagarme (porque fue el primero que me pagó un bolo bien pagado). Sí, claro, eso también es de mucho agradecer en la vida!
Pero la cosa más importante que ha hecho Salvador es regalarme su amistad y abrirme, de par en par, las puertas de su corazón y de su casa.
Gracias a Salvador, gracias a Elena (su esposa) y gracias a toda la familia Escamilla".
CAPÍTULO 8: EL EFECTO BOOMERANG
Capítulo compuesto por una serie de dedicatorias a Salvador Escamilla escritas por sus amigos, lo que el autor del libro denomina “el efecto boomerang”. La siguiente está escrita por Joan Manuel Serrat, y en ella describe como fueron sus primeros pasos en el mundo de la música:
¿QUIÉN SOY?
¿...Y cómo se hace ésto...? Yo no conozco a nadie del rollo de la canción, tío...
Pero Jordi, siempre insumergible, convencido de que yo apuntaba ciertas posibilidades, insistía:
Podemos ir a ver a Escamilla a Radio Barcelona... Hace un programa por la mañana donde presenta gente nueva, incluso si cantan en catalán. No te acojones, hombre. ¿A tí te gusta, no? Además, sirves para ésto, te lo digo yo. Piensa en el éxito, la pasta y la esperanza de una vida sexual más satisfactoria.
Hay que reconocer que Jordi Romeva utilizaba argumentos sólidos y animosos. Más de una vez la solidez de sus convicciones le han llevado al desastre a lo largo de su vida, pero en este caso a mí ya me iba bien su seguridad. ¿Por qué no...?
Vamos a la radio. De manera que entonando el patriótico: Zapador, minador, valeroso..., cargados con una guitarra y magníficas fantasías, nos plantamos en la calle de Caspe y después de saludar al buey del vestíbulo y a Maite, la de la centralita telefónica, pedimos a un conserje, ligeramente bizco y vestido de azul, audiencia con el señor Escamilla.
Nota 1
El año 1965 estrenaba primavera, y como cada mañana de lunes a viernes desde las diez y media hasta el mediodía, Salvador Escamilla levantaba en EAJ-1 Radio Barcelona el telón de Radioscope, y mientras trataba de pintar las ondas de colores, pasaba de contrabando suspiros de país robado: “Buenos días, Catalunya, y una canción...” («Bon dia, Catalunya, i una cançó.»)
Nos encaminanos hacia el bar de Fayos para tomar una cerveza mañanera esperando que el señor Escamilla despidiese el programa para recibirnos -pero que no nos preocupáramos que al acabar nos esperaba- y mi cabeza no paraba de pensar y pensar... Qué coño estaba haciendo allí, con el sonado de Romeva, esperando que un descubridor de talentos me lanzase al estrellato, en lugar de estar en la facultad haciendo compañía al pobre doctor Ponz, que inútilmente debía estar tratando de hacer entender a un grupo de descerebrados sin interés el ciclo de Krebs del ácido cítrico!
DE DÓNDE VENGO
Aclaramos que Romeva, que ya ha sido presentado, juntamente con Anoro y Nogués, que no aparecen en esta historia, y yo, éramos los restos de lo que se denominaba un conjunto.
Cuatro amigos que por necesidades humanas de desfogarse de alguna manera más creativa que las habituales en la postadolescencia formamos uno de aquellos típicos cuartetos musicales de guitarra solista, guitarra rítmica y voz (servidor), batería y bajo, que en los años sesenta eran el no va más de la modernidad juvenil musical.
Nos animaba la afición y nada más, sin ninguna esperanza ni propósito de triunfar los domingos por la tarde en el Pinar, prestigioso local del Poble Sec donde grupos como Los Sirex o Los Mustang dieron sus primeros pasos, ni de lucir en las fiestas del paso del ecuador de la Facultad de Letras, que era donde estaban las tías más buenas, y que miraban a Los Gatos Negros o a Los Catinos de aquella manera melancólica y húmeda que queda tan bien en los ojos de las señoritas y que irremediablemente provoca perversos temblores en la regatera de la espalda y en las ingles de los jóvenes machos necesitados.
La verdad es que nos lo pasábamos de miedo ensayando en el local de la calle Olzinelles. Cada uno tenía su “groupie” personal e intransferible -algunos fueron más allá, como Romeva y Montse, que acabaron casados- y nos daba igual el futuro de aquella aventura musical. Eramos conscientes de que nuestro conjunto por lo que respecta al futuro había nacido herido de muerte y que nuestra historia de amor con la música era más que nada una aventura.
No se podía ir a ningún sitio con guitarras acústicas empastilladas, amplificadores de estar por casa, un repertorio heterogéneo todo terreno y poco definido que iba del «Ma vie» al «Twist and Shout» y pocas ganas de trabajar y muchas de divertirse. Todo presagiaba que aquel pastiche se iría a hacer gárgaras a la primera de cambio. Por eso, cuando el grupo se deshizo antes de debutar, ninguno de nosotros resultó herido. Cada uno se llevó lo suyo y tan amigos.
Nota 2
Yo también lo habría dejado como los demás y no me hubiera sumergido en el mundo de la música si no hubiera sido por Romeva, que, además de ser muy catalanista y tradicional, es insumergible, y convencido como estaba de mis posibilidades nunca se hubiera quedado tranquilo sin intentarlo.
¿QUÉ ESTOY HACIENDO AQUÍ?
Antes de que acabase el programa y después de la segunda cerveza, el conserje bizco desde la puerta del bar nos hizo una señal invitándonos a seguirle por las tripas de la emisora. Un laberinto de pasillos, locutorios y escaleras que llevaban a una pequeña habitación donde no había más mobiliario que un par de sillas, al lado del escenario del Estudio Toreski, y donde los artistas y los invitados esperaban su turno para saltar a las ondas, como se decía. Desde allí, de refilón, tuvimos tiempo de ver como Salvador Escamilla se despedía, medio cantando, medio hablando, de un público fervoroso, que en pie le decía hasta manaña.
¿Queréis hablar conmigo...? -nos dijo sin perder el paso, mientras se secaba el sudor-. Pues venga, venid...
Y para arriba otra vez Romeva, la guitarra y yo, volviendo a andar el laberinto, pero ahora a toda velocidad, persiguiendo al conejo de Alicia. Aquel hombre caminaba por delante nuestro a paso ligero, casi a saltos, los brazos arriba y abajo, aireando la radio con un fajo de papeles, restos del programa. Hablador, simpático, curioso. Satisfecho de la última hora y media delante del micrófono, que siempre se le hacía corta.
Este tío lleva el motor trucado, hostia... -mascullaba Romeva resoplando asmático.
Ya hemos llegado. Pasad.
Escamilla tenía un despacho pequeño pero polivalente, delante de los lavabos, en el primer subterráneo de Radio Barcelona, desde donde preparaba su programa diario y todo lo que hiciera falta preparar.
Aquella mañana seguramente vestía con un traje gris perla, de alpaca, como el que puede llevar ahora mismo, camisa clara, corbata de punto, zapatos italianos de punta y calcetines a juego. Los cabellos, cortados a la navaja, parecían acabados de salir de la peluquería.
Demasiado elegante... Este tío va demasiado elegante -pensé-. No sé si nos entenderemos.
Demasiado elegante para ser miércoles, y ésto, para tipos como Jordi y como yo, pequeños “révoltés” que íbamos por la vida con tejanos, suéters de cuello alto con coderas y cabellos largos, limpios, eso sí, pero con desprecio por las apariencias, ir demasiado elegante era sospechoso de qué sé yo que colaboración burguesa como mínimo.
La verdad es que si hubiese llevado harapos o uniforme de empleado de tranvía habría dado igual. Yo quería irme con el doctor Ponz y el ciclo de Krebs y los compañeros de la facultad, porque, más que el éxito que Romeva pronosticaba y sus espléndidas perspectivas, me vencía el pánico de tenerle que cantar mis canciones, enfocadas en principio a conmover féminas, a un señor que no conocía de nada. Pero era demasiado tarde para huir.
Se quitó la chaqueta y se sentó a un lado de la mesa.
Romeva, la guitarra y yo, al otro lado.
Nota 3
A Salvador, le gusta ir elegante y gustar, y aunque quisiera no podría evitar dar esa sensación de ir hecho un maniquí. Hasta cuando pasea en albornoz por la arena del Club Natación Barcelona parece que vaya bien vestido.
Mientras un secretario pequeño y gordito entraba y salía del despacho, trajinando arriba y abajo un poco acelerado, le expliqué quien era, o mejor le conté a qué me dedicaba y que me habían dicho que... Y que me gustaría si... Y esto y lo otro, aunque la verdad, era él quien no paraba de hablar.
Otra nota
Este es un tema en que nunca estamos de acuerdo.
Yo le digo que él nunca calla y él me responde que una “calla” es una calle y que soy yo quien no le deja hablar:
Sólo descansó para dejarme cantar. Lo hizo con atención, sopesando mi voz, midiendo las palabras mientras yo, temeroso, no me atrevía a alzar la vista del mango de la guitarra, controlando los acordes que de vez en cuando se escapaban de su lugar. Sentía clavados en mí sus ojos claros, descarados, despiertos e inquietantes, como si quisiese desnudar mis pensamientos.
Una nota más y basta
Aquella mañana conocí la fuerza de la famosa mirada tenebrosa que Salvador siempre tiene a punto, no fuera que todo aquello lo pillara distraído.
Hice todo mi repertorio. Empezando por «El mocador», después «Ella em deixa», «La mort de l'avi» y al final «Una guitarra».
A la mañana siguiente cantaba por la radio. Mi madre lo dijo a todo el vecindario. Más o menos así empezó todo.
POSTDATA
Gracias, amigo.
Por darme la primera, la segunda y la tercera oportunidad de cantar en público. Por ayudarme a aprender el oficio de cantar.
Por llevarme a Edigsa para firmar mi primer contrato discográfico.
Por subir el sueldo base, de mil pesetas por bolo, que Els Setze Jutges igualitariamente compartíamos.
Por confiar en mí.
Por reconocerme cuando me han negado.
Por defenderme cuando me han proscrito.
Por tu fuerza, que aún me hace caminar.
Por ser mi amigo.
Amigo en todos los puntos cardinales.
Amigo a lo largo del tiempo y los caminos compartidos.
A pie por las horas malas o a caballo del Supermirafiori, aquel coche que siempre perdía gasolina y nunca encontrábamos por donde y a bordo del cuál escapábamos al Maresme para hacer de soldados por los pasillos de los hoteles. ¡Me cago en todo y en la mierda que nos persigue...!
Todo a la vez, serio, dramático, indiferente, nostálgico, feliz... ¡Que no escapase ninguna!
Se estaba bien, joder, en aquellos territorios.
Ahora, más tristes, más ariscos, aún intercambiamos miradas en la niebla y agradecemos la propina de una risa nueva empapada en el recuerdo.
Con la vista cansada nos acariciamos el alma y recordamos los días en los que el cielo era nuestro.
Buenos días, Salvador, y una canción.