Letras de las canciones: Joan Manuel Serrat, excepto «Historia conocida», poema de José Agustín Goytisolo
Música de las canciones: Joan Manuel Serrat
Arreglos y Dirección musical: Josep Maria Bardagí
Músicos:
- Piano: Josep M. Durán
- Guitarras y mandolinas: Josep Maria Bardagí
- Bajo: Jordi Clua
- Batería: Francesc Rabassa
- Percusión: Tito Duarte
- Moog: Josep Mas «Kitflus»
- Tenora y saxo alto: Ricard Roda
- Flautas: Manolo Morales
- Primer violín: Juan Luis Jordá
Compañía Discográfica: Ariola
Referencia del LP: 25.645 I - Dep. Legal B. 7.845/1978
Grabación: Estudios Sonoland, S.A. de Madrid,
entre el 13 y el 26 de Febrero de 1978
Ingeniero de sonido: J.A. Álvarez Alija
Ayudantes: A. Gil y M. Gaudenzi
Fotografías y diseño gráfico: Francesc Guitart
Colaboración artística: J.M. Caballero Bonald
Texto de Joan Manuel Serrat para una edición mexicana del disco:
«Nápoles es una ciudad tan hermosa como caótica en la que si usted camina distraído o
más bien ensimismado detrás de las cadenciosos y turgentes andares de una de las miles de 'Sofías Loren'
que la transitan, puede acabar engullido por un profundo agujero y aterrizar en una ciudad paleo-cristiana.
En Nápoles, resulta de lo más común ser testigo alucinado de cómo un chófer de camión conduce
a contramano y a toda velocidad mientras da cumplida cuenta de una jugosa pizza de mozzarela, pepperoni
y anchoas con la misma naturalidad que año tras año la sangre de San Genaro se licúa a fecha fija para
redimir nuestros pecados.
Pero Nápoles la sucia, la desordenada y tumultuosa Nápoles, es al tiempo una ciudad mágica
y sugestiva. Del mismo modo que la guarida de la corrupción y de la camorra, es también el escenario
natural de Peppino di Capri y de Caruso. La cuna del Comendatore Imparato y de Irene.
Irene vive en una casa pequeña, en una calle estrecha y oscura del ruinoso barrio
de los españoles donde apenas llegan los rayos del sol que el buen Dios reparte a su manera.
Cada mañana, cantando (en Nápoles la gente canta), ella se asoma a la ventana a tender la ropa y
estimula así la curiosidad del transeúnte a completar el rompecabezas de sus misterios con sus
intimidades tendidas flameando al viento.
Igual que Irene, Claudia, Rosa y más allá Gabriela, tienden sus trapos al sol y todas
nos excitan con este juego de adivinanzas, y juntas componen un cielo de verbena de punta a punta
de la calle. Cuando el caos y la imaginación se dan la mano el resultado es explosivo. Nada se parece
tanto a la alucinación.
Ver Nápoles y morir... Yo anduve por allí en 1978 y antes y después no me he muerto.
Aunque la verdad siempre estuve a punto.»