Texto en el interior:
NUESTRAS CANCIONES TRADICIONALES ¹
¹ Nota aclaratoria Este texto está escrito en 1967, bajo la dictadura franquista, con lo que ello suponía de falta de libertades y que, en Catalunya, se incrementaba con la represión de la lengua y de las tradiciones populares. El texto que sigue debería leerse con la perspectiva de dicho momento porque, por fortuna, hoy día posiblemente el texto sería algo distinto.
Desde hace mucho tiempo, por propia e inicial inclinación personal y por algunos de los lugares a los que me han llevado las circunstancias, me preocupa enormemente el hecho de cómo habría que revivir, revitalizar y, en muchos casos, repopularizar nuestro riquísimo cancionero tradicional. Y os puedo asegurar que no acabo de verlo claro, excepto en unos poquísimos casos concretos y, casi sin excepción, en el ciclo navideño, verdaderamente tradicional, vivo y popular al mismo tiempo; pero de esto, ya hablaré más adelante.
Como que aquí se trata de presentar un disco, y no de hacer un trabajo de pretensiones etnográficas y musicólogas, más o menos ligadas con problemas sociológicos -cosas para las cuales tampoco me considero capacitado-, me parece mejor intentar ver qué planteamiento presenta el problema de nuestra canción tradicional a una persona medianamente interesada por estos aspectos artísticos, culturales y sociales, hoy -1968- y aquí -tierras catalanas-. Y esquematizando un poco, quizá podríamos decir que hay que intentar resolver el problema mencionado tomando como puntos de partida tres tipos diferentes de datos:
a) Una serie inmensa y riquísima de materiales, reunidos con extraordinaria competencia, ya hace años, en libros, colecciones y estudios, por eminentes músicos, filólogos y folkloristas. Y no hace falta decir, hablando de este tema, cuan injusto sería no mencionar ni aunque sólo sea de pasada, el nombre de una empresa tan loable como la de la añorada "Obra del Cançoner Popular de Catalunya". Ahora, parece como si, en general, todo este material, toda esta obra, durmiesen plácidamente y ya no fuesen aquello que habían sido: alimento del pueblo; en todo caso -y no debemos omitirlo en absoluto- ahora sólo lo es de los músicos creadores que en ellos buscan y encuentran temas y fuente de inspiración.
b) Una innegable repopularización de algunas de estas melodías, pero a través, no de sus fuentes directas -aquellos cantores de los que nos hablan las memorias de búsqueda de la Obra del Cançoner-, sino a partir, por así decirlo, del mismo hemiciclo del Palau de la Música Catalana barcelonés. Es desde allí -y de lugares más o menos similares- desde donde se repopularizaron y aún se repopularizan muchas de estas melodías, gracias a las versiones corales (colectivas) o a su incorporación al género "liederístico" (individual). Pensemos, como ejemplos más típicos y con valor de pioneros, en toda la obra de Lluis Millet y de su Orfeó Català (continuada hasta nuestros días por tantos y tantos, con más o menos proyección hacia el futuro) y, en el otro sentido y como primer fruto de una cosecha muy abundante, en el volumen de las Cançons populars de Francesc Alió.
c) Un pueblo, una juventud principalmente, que ya no canta espontáneamente este tipo de canciones y que, si canta alguna, es a través de su reencuentro a partir de aquellas repopularizadas versiones colectivas o individuales, o bien, eruditamente, a través de la lectura en colecciones y cancioneros. La única verdadera excepción, que ya he mencionado antes, son los villancicos, ya que, éstos, sí que son canciones que continúan transmitiéndose oralmente de padres a hijos y que unos y otros sabemos -y los cantamos espontáneamente en ambientes familiares y amistosos- sin saber a ciencia cierta cuándo y de qué manera los hemos aprendido, como si ya estuvieran en nuestro interior al nacer.
Me parece que, con todos los matices que queráis, la realidad se acerca mucho a esta situación que acabo de describir, si, de verdad, queremos referirnos estrictamente a la canción tradicional catalana. Si nos situásemos en otro ángulo (desde hace tiempo, gracias a Dios, ya hemos comenzado a acostumbrarnos a considerarlos diferentes), quizá las cosas serían distintas: me refiero, naturalmente, al más vivo y actual repertorio popular, en el que, según las edades, la formación y los núcleos ambientales se mezclan, codo con codo, canciones tradicionales o no, viejas o nuevas, buenas o malas, anónimas o de autor conocido, ambiciosas o sencillas, de más o menos calidad estética y de más o menos intención ética, originales catalanas o traducciones de textos extranjeros, etc. Unos cuantos títulos, recogidos al azar y ordenados de cualquier manera, quizá lo explicarán mejor, sin necesidad de que yo haga comentarios: Rossinyol que vas a França, Kumbayà, Al vent, Romanç de Santa Llúcia, La muntanya venerada, Cançó de matinada, A vint-i-cinc de desembre, Vencerem, L'Empordá, etc.
Y bien: alguna cosa se respira en el ambiente que hace pensar que, a pesar de que el panorama -bueno o malo, según como se mire- es éste, posiblemente dentro de algunos años las cosas habrán cambiado. Y si es así, quizá habrá sido, en parte, gracias a un largo y tortuoso viaje, concretado en dos nuevos puntos que nunca hubiéramos podido pensar que nos iban a llevar hasta aquí: la llegada a nuestra tierra de la corriente norteamericana del Folk Song y el interés despertado en algunos de los elementos de la denominada "nova cançó" (¡qué nombre tan desgraciado, Dios mío!) hacia nuestro repertorio tradicional.
Como podéis ver, ni sigo un plan excesivamente cartesiano, ni quizá me ciño a aquello que esperabais de unos comentarios a unas canciones tradicionales catalanas cantadas por Joan Manuel Serrat. Más bien son unas reflexiones -una vez más, pero ésta de cara al público- sobre dos temas que tanto y tanto me apasionan: la música en sí misma y las características -en este caso, sólo algunas de ellas- que tiene planteadas nuestro pueblo en tanto en cuanto unidad cultural y social. Y son unas reflexiones aún no suficientemente estructuradas -quién sabe si nunca las tendré- para poder convertirlas en un cuerpo de doctrina coherente o para poder sistematizarlas y normalizarlas; pero tampoco lo están, entre nosotros, ni los mismos problemas musicales ni -por muchas y diversas razones- aquellas características. Si todos reflexionásemos, buscásemos y experimentásemos, quizá, poco a poco, avanzaríamos por este camino aún tan lleno de maleza.
Y hablando de experiencias -ahora empiezo, por fin, a acercarme al tema propiamente dicho- debo confesaros que cuando supe que se estaba planeando esta grabación, me sentí fuertemente interesado, sobre todo desde este punto de vista experimental, ya que no hay nada que yo crea más conveniente, en todos los órdenes, que las experiencias, cuanto más arriesgadas y aventuradas, mejor, mientras tengan una razón de ser y una base sólida sobre la que apoyarse. Después fueron pasando los días y ya no supe nada más hasta que escuché las pruebas de prensaje del disco, totalmente completado y acabado, pues. Y la audición, en un momento inesperado y sin ninguna preparación psicológica (no tenía la más mínima idea de qué criterios habían presidido la grabación), me proporcionaron una gran sorpresa: me parecía, escuchando, que se me revelaba uno de los posibles caminos que podían llevarnos a la solución tanto tiempo buscada. (Entre paréntesis diré que también soy de los que creen que problemas de este tipo o parecidos no tiene nunca una sola y única solución; tienen muchas y, a veces, incluso algunas que parecen divergentes y opuestas). Que me perdone Joan Manuel, pero no era en él en quien pensaba escuchándolas sino en una voz anónima, en un hombre de nuestro pueblo que espontáneamente volvía a cantar -por el puro gozo de hacerlo, hallándose identificado con ello, sintiéndolas como cosa propia y, sobre todo, no haciendo ni arqueología ni trascendentalismos- aquellas viejas melodías e historias que, más que nunca, me parecían aún jóvenes y capaces de reincorporarse a nuestra vida cotidiana de hoy. Tampoco sé -a fin de cuentas, sin embargo, el resultado sería el mismo- si esto era fruto, precisamente, de una auténtica y reencontrada espontaneidad, o si, bien al contrario, de un elaboradísimo y muy erudito trabajo y estudio (una "sofisticación" de la espontaneidad, quizá podríamos llamarle). A mí me parece reencontrar uno de aquellos cantores anónimos de los cuales hablan todos los coleccionantes de melodías tradicionales, y que para mi continúan siendo gente anónima del pueblo, por bien que a veces también se nos den los nombres exactos e, incluso, la imagen física, recogida en una fotografía ya amarilleada por el paso de los años. Y, por otra parte, si he podido pensar en todos estos cantores digamos anónimos es porque Joan Manuel ha querido ceñirse a los textos musicales que todos conocemos, sin pensar ni en actualizarlos ni en personalizarlos; ya sé que aquí o allá se descubre netamente al Serrat al que estamos tan habituados, pero esto es muy normal, y también una misma versión de "La dama de Aragón", por ejemplo, debía ser bastante diferente (un giro, una inflexión, una cadencia, un acento) cuando la cantaba -me invento los nombres- María la del Molino de Arriba o el Juan el del Hostal de Abajo.
Antes de acabar debo decir, sin embargo, que quizá nada de todo esto habría sido posible ni me habría causado esta impresión, si esta experiencia no hubiera contado con los arreglos instrumentales de Antoni Ros-Marbà, llenos de imaginación y de inventiva, de gusto exquisito y profunda musicalidad, de aciertos y descubrimientos, y, sobre todo (y quisiera que me entendierais muy bien), de una extraordinaria discreción, en el mejor y más difícil sentido de la expresión; una discreción que no quiere decir de ninguna de las maneras una grisez o un adocenamiento, sino que, por el contrario, quiere decir que se puede escuchar todo el disco fijándose tan sólo en las melodías vocales y en los textos, sin tan siquiera darse cuenta conscientemente de que hay un magnífico soporte instrumental, o, por el contrario, que puede escucharse fijándose casi exclusivamente en los comentarios que él hace y con los colores y las ideas con que ha sabido envolverlos.
Finalmente dejadme decir, aún, dos cosas. Primera: que amo tanto nuestras canciones tradicionales, que todo aquello que se haga para que de una u otra forma vivan de verdad -o sea, en el mundo sonoro: desde la sala de conciertos hasta cualquier ambiente, popular o culto, espontáneo o erudito, solariego o snob, y no únicamente sobre la artificialidad del papel impreso-, siempre me parecerá un gran paso adelante. Y segunda: que creo tanto en ella, en nuestra canción tradicional, que nunca me ha hecho ningún tipo de temor que esta recreación se haga desde los ángulos más diversos e incluso más opuestos, ya sea de los labios de un "liederista" o de los de un cantante popular, de los de un grupo coral o de los de uno de estos conjuntos que se denominan de música moderna, de manos de un compositor de reconocida solvencia o de las de un simple aficionado cargado de buena fe. Nuestra canción tradicional, uno de nuestros más sólidos y ricos patrimonios culturales- siempre saldrá vencedora de la prueba y con más fuerza y vigor, mientras la experiencia se haga honestamente y con buena voluntad; quizá, más bien, deberíamos ir con cuidado de que no se nos duerma demasiado, si solamente la dejamos respirar y vivir en un aire rarificado por un superpurismo esterilizador.
Para ir a un lugar -sea o no Roma- siempre hay muchos caminos, pero siempre hay que ir por un camino u otro. Unos pueden escoger uno, y otros, otro, pero aquello que de verdad cuenta es el final del trayecto, la meta, y que en todos los caminos la gente se respete y no se tiren piedras sobre el tejado.